Escándalo final parte 3

Era gracioso qué tan rápido la vida podía cambiar, pensó Candelaria mientras veía a Gonza surgiendo de entre la multitud con dos tragos. Ella le había dicho que podía conseguirse su propio trago, pero él había insistido. Había sido imposible declinar la oferta. Ahora él estaba yendo hacia la multitud, sonriéndole, ella le sonreía también. ¡Ella le estaba sonriendo a Gonza Múnitzcher! Eso era algo que ni siquiera imaginaba haciendo seis meses atrás. Y aquí estaba: en la fiesta de invierno con Gonza Múnitzcher. Un sueño se había vuelto realidad.

“Acá tenés” Gonza le entregó una tazade té frío: “¿La estás pasando bien?”

Candelaria asintió. A pesar de que se sentía algo nerviosa estando cerca de sus compañeros después de la escuela, también se sentía feliz: “Sí, me gusta”.

“¿Mejor que la biblioteca?” Gonza preguntó con un pequeño guiño.

Candelaria soltó una carcajada: “Bueno, no estoy segura si tanto”.

“No te culpo. La biblioteca tiene historias mucho más interesantes que esas personas. Digo, la mayoría de ellos no contiene más que algunos chismes y dudas sobre moda en su haber, A diferencia de los libros, no están llenos de aventuras”.

“Sumale que no tengo que usar estos zapatos mortales en la biblioteca” Candelaria agregó a modo de broma, refiriéndose a sus zapatos, unos negros con pequeños tacones combinando su vestido oscuro.

“No tenías que usar esos, lo sabías. No es como si tuvieras que preocuparte por la diferencia de altura” Gonza guiñó un ojo.

Ella se rió nerviosa: “En realidad no son tan altos. Me las puedo arreglar por una noche”.

“Bueno, si en algún momento querés sentarte, mi silla es toda tuya”.

Candelaria quiso preguntarle por dos segundos dónde se sentaría Gonza, si ella se sentaba en su silla y luego se dio cuenta de lo que él quiso decir. Quiso decir que ella se podía sentar en su regazo. Sus mejillas inmediatamente se enrojecieron y miró hacia abajo. No estaba segura de por qué se había sentido tan incómoda repentinamente. Le gustaba mucho Gonza y no le importaría tocarlo, y aún así se sentía nerviosa. Una parte de ella tenía miedo de arruinarlo todo. ¿Dónde apoyaría sus manos? ¿Las dejaría sobre el pecho de él? ¿Cuáles eran las reglas cuando surgía esto? Ella no las sabía y eso era lo que provocaba su nerviosismo repentino.

Ella no lo escondió aparentemente, porque Gonza dijo con una expresión de preocupación en sus ojos: “Perdón, no quise decirlo de esa forma. Digo, no tenés que…”

“No, no. Sólo estoy un poco…” rápidamente dijo Candelaria. “Gracias por la oferta”.

Bueno, eso no vuelve para nada incómodas las cosas, pensó Candelaria. ¿Por qué siempre arruinaba los momentos como esos?

Afortunadamente, Gonza era mejor tratando con situaciones incómodas que ella. Levantó una ceja y dijo: “¿Qué, pensás que mi silla no puede aguantarlo?”

“Yo…” Candelaria empezó.

“Porque puede” Gonza le aseguró. “Y tampoco se va a romper. Así que si querés, podés intentarlo”.

Candelaria dudó. Esaba todavía con miedode arruinarlo siendo torpe, pero ya había hecho eso una vez, ¿así que qué tan mal podía ir? Usualmente ella era una experta en responder esa pregunta con las peores respuestas posibles, pero esta noche se obligó a sí misma a sobreponerse. Así que sonrió: “Bueno, si vos insitís”.

Así que se sentó en el regazo de Gonza, su brazo derecho sobre el hombro de él, inclinándose un poco sobre su pecho. Para sorpresa de ella, no era incómodo ni complicado, simplemente se sentía bien. La tela de su esmóquin era suave y ella podía oler su desodorante. Y su cara… De repente, sus caras estaban tan cerca. Ellos se habían besado antes, pero nunca así. Ella podía ver un vago reflejo de ella misma en los lentes de él, sus ojos marrones brillaban detrás de los lentes. La boca de él estaba torcida en una de aquellas hermosas sonrisas, viniendo más y más cerca y…

“¿Vieron a Martina? Yo…”

Candelaria de verdad quería golpear a la persona que dijo eso, quien se atrevía a arruinar este momento. ¿No podía esa persona ver eso y dejarlos solos? De mala gana, ellos se distanciaron entre sus caras y voltearon hacia la persona que los interrumpió. Era Daniel Cacace. Él se veía con tal malestar que Candelaria inmediatamente quiso perdonarlo. Eso hasta que recordó lo mucho que quería besar a Gonza.

“Perdón” dijo ahora Daniel, probablemente dándose cuenta de que había interrumpido algo. “No me di cuenta… Dios, en serio es una mala noche”.

“¿Qué pasó?” preguntó Gonza.

“Tuvimos una pelea, Martina y yo” Daniel suspiró de nuevo. “Sobre toda la situación. Y ella piensa que Felicitas Alighieri mandó esa publicación sobre los viejos de Shiana y Junior a la voz, así que quiere enfrentarla o algo así. Ella dice que es por Shi y Junior, pero yo sólo sé que también quiere vengarse por lo que Felicitas le hizo. Sigue siendo egoísta como antes e ignora que va a ser mamá en un par de meses. Y me vuelve loco, porque es mi nene también”.

Hubo silencio por un momento. Daniel suspiró por tercera vez: “Perdón. Me doy cuenta de que no es lo que quieren escuchar ahora. Pasa que es tan frustrante”.

“Está bien” dijo Gonza inmediatamente, “lo entiendo, pero no creo que debas preocuparte. Martina sabe lo que está haciendo”.

“No lo sabe” dijo Daniel amargamente. “Ella sólo pretende saberlo. Puedo ver que me está evitando, como si estuviera ocultándome algo. Sólo que no sé lo que es”.

Candela asintió de manera comprensiva. Pensó que era dulce que Daniel se preocupara tanto por su novia. ¿Gonza haría lo mismo si estuvieran en esa situación? Inmediatamente canceló ese pensamiento. No estaba planeando quedar embarazada para nada pronto, así que no necesitaba pensar en eso.

“Estoy seguro de que hay una explicación para eso” dijo Gonza mientras tanto. Candelaria le echó una ojeada a él, sorprendiéndose por su cara de estupefacción. ¿Algo andaba mal? Ella no se atrevía a preguntar, y menos especialmente frente a Daniel. “Y no vi a Martina. Perdón”.

“Yo tampoco” Candelaria agregó a aquello.

Daniel suspiró profundamente: “Bueno, gracias igual. Tengan una linda noche. Y perdón de nuevo por la interrupción”.

Y así se fue, todavía explorando el lugar en busca de Martina. Candelaria sintió lástima por él: “De verdad espero que la encuentre”.

Gonza suspiró a aquello y lentamente sacudió su cabeza: “Perdón, Cande, pero voy a tener que pedirte que te pares. Hay algo de lo que necesito encargarme”.

Candelaria confundida dio vuelta su cabeza en dirección a Gonza: “¿Qué?”

“Perdón. Yo… yo sólo necesito hablar con Capu”.

El sentimiento agradable y cómodo que Candelaria había tenido antes, había desaparecido repentinamente. Lentamente se levantó, quedando un poco inestable sobre sus propios pies de nuevo: “¿Por qué?” preguntó en voz baja.

Gonza suspiró de nuevo, como si tomara demasiado esfuerzo decir esto: “No puedo decirte. Perón”.

“¿Por qué no?” Candelaria racionalmente sabía que él tenía derecho a tener secretos, pero no era así como ella se sentía. Se sentía excluida. Habían accedido ir juntos a la fiesta de invierno y ahora él la estaba dejando. Por Miguel Cápumann, de entre todas las personas. El chico apenas había hablado con Gonza desde su accidente, al menos eso es lo que Gonza le había dicho. Ella sabía que él quería volver a estar en contacto de nuevo con sus viejos amigos, pero esta noche era la noche de ellos. ¿Por qué no podían continuar donde se habían quedado?

“Se lo prometí a Capu. Perdón, Cande. Vuelvo antes de que lo sepas. Sólo esperame acá”.

“¿Pero no puedo…?” Candelaria comenzó. Pero antes de poder terminar aquella oración, Gonza ya había volteado su silla de ruedas, moviéndose hacia la multitud, buscando a Capu. Las lágrimas comenzaron a fluir en sus ojos, su labio inferior se estremeció y sus piernas estaban temblorosas. Se mordió el labio inferior muy fuerte para evitarse a sí misma de llorar, mientras se daba cuenta completamente de lo que había pasado. Candelaria Bazanis estaba como siempre había estado y como siempre estará: sola.

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