La chica que dejó de ser invisible parte 4

“Para que sepas, tengo una fiesta el 17" dijo Francisco durante la cena con su padre. Javier la había hecho él mismo, como siempre, y Francisco seguía con la esperanza de que algún día tuvieran su propia empleada doméstica, como siempre.

“¿Quién cumple años ahora?”

“Nadie cumple años” respondió Francisco. Trató de ocultar su emoción, pero era tan difícil que ya iba mostrando una gran sonrisa en su rostro cuando dijo: “Es una fiesta que organiza la mamá de Daniel Cacace. Tratan de juntar plata para la caridad”.

“¿Y vos querés ir ahí?” Javier levantó una ceja.

Francisco tenía el presentimiento de que había algo malo con las fiestas de caridad, así que él también levantó una ceja: “¿Algo malo con eso?”

“No, sólo pienso que es raro que la gente tenga fiestas para juntar plata. Si no la gastaran toda en vestidos, zapatos y trajes, podrían juntar más plata para la caridad”.

Francisco suspiró. Era una parte de Avellaneda que su padre nunca entendería: “Lo sé, pa. Pero así es como piensa la gente de acá. En serio quiero ir, y están juntando toda esa plata para investigar el cáncer de mama”.

Las últimas cinco palabras tuvieron un gran impacto en Javier, porque se congeló justo cuando iba a comer un bocado de su plato. Bajó lentamente su tenedor, enfocando los ojos en su plato: “Yo… ah… yo creo que deberías ir a esa fiesta y… ah… donar algo de plata por mí, ¿sí?”

“¿Por qué no lo hacés vos mismo?”

Javier sonrió y miró a Francisco: “Por favor, no son gente como yo. Vos y yo lo sabemos bien, no me sentiría cómodo en una fiesta así”.

“Podrías intentarlo” sugirió Francisco.

“Fran” Javier suspiró, “yo jamás encajaría con esa gente y sé que eso te desilusiona. Perdón por eso pero no voy a simular que me gustan esas fiestas”.

Por mucho que Francisco quisiera que su padre fuera a la fiesta, no podía negar que de verdad sintió las palabras de él. Siempre había deseado que su padre fuera más de la alta sociedad que otros padres de Avellaneda, pero sabía que eso nunca pasaría. Había aceptado tal hecho hace un buen tiempo y no lo quería menos por eso: “Pa, no tenés que pedir perdón. Pensé que podíamos ir juntos… por mamá”.

Javier no respondió. Agarró el plato de Francisco aunque ni siquiera lo había terminado: “Voy a pensarlo” dijo antes de salir volando hacia la cocina.

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