Terror en la fiesta parte 4
Martina estaba parada en la terraza para poder ver toda la fiesta. Los lugares poblados como esos la venían aterrando los últimos días. Tenía miedo de que alguien más se enterara de su embarazo, pero hoy no. Su padre le había prometido que se encargaría del asunto y siempre cumplía sus promesas. Aún así estaba embarazada y sus padres no estaban felices con eso, pero finalmente sintió que recuperaba el control de su vida. Había sido capaz de rechazar todas las bebidas alcohólicas sin levantar sospechas y todavía le quedaba el vestido que había comprado en Barcelona.
Sus ojos seguían a Daniel, quien recién terminaba de hablar con una familia amiga y ahora iba camino hacia arriba. Él sabía que ella estaría allí, porque a ambos les gustaba tener una vista panorámica de los lugares así. En una terraza como en la que estaba, habían tenido su primer beso y también habían hecho oficial su relación.
Él estaba subiendo las escaleras cuando ella oyó el sonido de la alarma de la voz de Avellaneda en su celular. Ella se sorprendió, pero luego se percató de que no podría ser ella. Su padre había hecho un trato con los padres de Felicitas, así ella mantendría la boca cerrada. Era seguro chequear su celular.
Los Stutzen siempre me generaron intriga. La familia de un senador con una mujer tan amorosa, tan perfecta, e incluso dos Reinas del Nacional Buenos Aires bajo su techo. Pero todos saben que los rumores y los escándalos siguen a nuestras Reinas y con las Stutzen no es diferente. Simplemente tratan de mantener en secreto sus errores con mucho esfuerzo. Lo lamento, señor Stutzen, pero no puede denunciarme por decir la verdad. ¿O no es verdad que su hija menor espera un niño?
Sí, me escucharon, gente de Avellaneda. En nueve meses la bebé Stutzen va a tener su propio bebé y apuesto a que alguien más va a tener su preciosa corona.
La mandíbula de Martina se había abierto de par en par y su rostro se había vuelto pálido. ¿Cómo era esto posible? Creyó que su padre levantaría el boicot a los padres de Felicitas, pero aparentemente, trató de denunciar a la voz de Avellaneda. ¿Por qué simplemente no aceptó el trato? Ella miró hacia abajo con terror y se percató de que todos estaban leyendo la bomba de la voz de Avellaneda y hablaban al respecto. Sus ojos se desplazaron del público a las escaleras donde Daniel estaba parado. Él la miraba y su mirada estaba llena de desconfianza. Martina sintió como si no pudiera respirar. ¿Cómo era esto posible? Nada de esto se suponía que iba a pasar. Una lágrima manchó su rímel y ella se agarró del balcón porque sintió como si sus piernas estuvieran a punto de sucumbir. Saltar desde la terraza jamás había sido tan tentador.