Angelina Fernández
Las Trompetas de la Selva, 50 años después.
Disney es una compañía que ha sido parte de la cultura desde hace casi un siglo, y es imposible negar que sus empleados y creadores, a lo largo de los 93 años de existencia de la empresa, han sido responsables de algunos de los clásicos más grandes dentro de la industria cinematográfica. Disney comenzó como una pequeña máquina de producir caricaturas, con personajes tan entrañables como Mickey Mouse, o tan divertidos como el Pato Donald; sin embargo, poco a poco la compañía se fue convirtiendo en algo cada vez más grande, hasta llegar a ser el monstruo corporativo que es hoy en día. Hoy, Disney es sinónimo de muchas cosas, ya que ha incursionado en ideas como los parques de diversión, e incluso pasó de las caricaturas a las películas que protagonizan personajes de carne y hueso. No recuerdo realmente cuál fue la primera película con personas reales que vi de esta productora, pero es seguro que actualmente una buena parte de su ingreso viene de esta clase de cine.
Dejando de lado películas como The Avengers, o Star Wars: The Force Awakens, Disney está concentrando la mayor parte de sus esfuerzos en un proyecto muy reciente que consiste en tomar los clásicos animados que crearon en el siglo pasado, para rehacerlos con una combinación de actores en la pantalla y efectos especiales; lo que se conoce comúnmente como live action. Este concepto ya nos ha traído una nueva versión de La Cenicienta, y mientras que el estudio se prepara para el inminente remake de La Sirenita, tenemos hoy en cartelera la cinta dirigida por Jon Favreau, quien fue el encargado de retomar El Libro de la Selva.
El Libro de la Selva es comúnmente reconocido como un filme estrenado por la compañía Disney en la década de los sesentas; sin embargo, es importante recalcar que el material base para esta historia proviene de una serie de libros escrito por Rudyard Kipling en el final del siglo XIX. La historia narra la vida de Mowgli, un niño que fue criado por los animales de la selva, y (como es de esperarse) la orientación que Disney le dio a esta trama en 1967 es, en su gran mayoría, muy alegre y principalmente del agrado de los niños; mientras tanto, los remakes de los cuales se están haciendo cargo últimamente, son adaptaciones mucho más maduras y con un sentimiento de oscuridad. El Libro de la Selva, de Favreau, no es la excepción, y a lo largo de toda la película podemos observar con facilidad la tendencia del autor por llevar su historia hacia un lugar mucho más lúgubre que el de su adaptación predecesora. Realmente, en esto no hay ningún problema hasta que Disney recuerda que es Disney, y ciertas mentes detrás de escenas comienzan a proponer ideas que no dejen fuera a los “pequeñines”, a pesar de que dichas ideas no siempre (casi nunca) vayan en tono a lo que el resto de la película muestra.
A pesar de la ya mencionada oscuridad que Favreau intenta proyectar en su película, ésta termina atrapada con un par de números musicales que le quitan toda seriedad y peligro a los personajes que se nos plantean previamente como feroces bestias de la selva. Para poder concentrarnos en el que creo es el problema más grave, ignoremos la canción que protagoniza Baloo (el “oso dichoso”); pero, lo que se nos presenta en pantalla con el Rey Louie, simplemente no tenía razón de ser. El Rey Louie, interpretado por Christopher Walken en esta versión reciente, está escrito como un jefe de una mafia de primates, la cual me parece una buena idea que va de acuerdo al personaje original. Los efectos especiales utilizados en este orangután, son quizás los mejores de la película, y fueron utilizados justamente para hacerlo lo más intimidante posible. El Rey Louie se encuentra en una esquina sombría en donde solo se le puede ver pequeños detalles de su cara y su hombro gigantesco y largo que busca frutas. La luz viene de arriba y casi es reminiscente a una película de mafia, con el misterio que esto implica intacto. Pero justo en la misma escena, él mismo comienza a cantar y bailar al ritmo de las trompetas de jazz. Sencillamente, no tiene sentido alguno; en la versión de 1967 funcionaba porque el Rey Louie era un auténtico payaso, pero aquí echaron a perder todo el planteamiento intimidante de los simios y convirtieron una parte muy importante de la película en algo absurdo.
Creo que Disney debe tomar una decisión. Si quiere innovar en su cine y tomar una ruta más oscura, perfecto. Si quiere mantenerse por el camino que lo ha llevado al éxito, y no romper la fórmula, se vale. Pero las aguas tibias no le sirven a nadie, y en futuros remakes de sus clásicos, Disney deberá tener en mente que como espectadores tenemos un límite de falta de sentido que podemos aceptar.