UNA LUZ AL FONDO DEL PASILLO

EnglerGT
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Sep 4, 2019 · 6 min read

Para Annegret, la alemana

Una mujer camina al fondo del pasillo en medio de una simetría perfecta. El pasillo es uno de varios en este lugar con distintas formas geométricas dispuestas de forma muy armoniosa. Quien haya sido el responsable seguramente buscaba de manera racional, transmitir una sensación de orden, de tranquilidad. Buscaba construir un remanso. Y sí, eso es, pero para quienes estuvimos alguna vez viviendo en las cercanías y para quienes aún lo están, el lugar es el símbolo de un pasado luminoso -o de un presente- lleno de recuerdos y emociones.

Veo los pasillos y me pierdo apreciando cómo las ventanas permiten la entrada de la luz y cómo junto con los arcos, las vigas de madera del techo y la disposición de los pisos hacen resaltar cualquier elemento colocado sobre las paredes. Los cuadros, las cintas y perrajes con colores vivos que dan cuenta de una de las partes identitarias del lugar. También resaltan los avisos o los viejos teléfonos que quién sabe si aún funcionan. O algún cuadro con ilustraciones y sentencias que recuerdan la naturaleza del espacio. El Dios te ama, por ejemplo.

Estos elementos fueron los que me llamaron la atención la primera vez que entré a este lugar. Había cierto misterio y curiosidad por estar dentro de estas paredes de ladrillo. A pesar de vivir enfrente, pocas veces pudimos entrar. No podíamos porque las instrucciones más estrictas eran mantener el orden y a cada quien en el espacio que nos correspondía ocupar, de acuerdo a lo que teníamos que hacer. Y si se trataba de correr y jugar, lo que hacíamos nosotros, para eso estaban los espacios atrás de casa. Así que nada que hacer por aquí.

La casa donde vivía con otros niños y otras niñas, estaba enfrente pero es parte del mismo complejo. Ésta es la de las alemanas y de las guatemaltecas que se encargaron de proveerme, cuidarme y educarme cuando fui niño. De darme todo el amor del mundo que les es posible. Es decir, absolutamente todo el amor del mundo.

De las cosas sobre las paredes de los pasillos, muy cerca del suelo, de mi vista y de mis manos de aquel entonces, había unos artefactos pegados a los tomacorrientes que aparentemente no tenían ninguna función. O al menos mi cabecita de poco más allá de quizás seis o siete años no lo logró descifrar.

Y es que la primera vez que los vi era de día y su utilidad es nocturna, como lo comprobé cuando por alguna razón que no recuerdo, estuve dentro de estas paredes en alguna noche que debió ser especial. La luz amarilla en medio de la oscuridad me sobrecogió tanto que aún más de treinta años después la recuerdo con especial claridad. La luz estaba más o menos por donde camina la mujer al fondo del pasillo, más o menos por donde Annegret tenía su oficina y su habitación.

Cuando pienso en ella, la reflexión inmediata que tengo es sobre su apariencia física y que por lo tanto no es guatemalteca. También en algo menos obvio, algo que cualquiera que no la conozca podría concluir y que a quienes estuvimos cerca nos causaría gracia, que no es gringa. Y la pienso así porque tan acostumbrados estamos a describirnos con los adjetivos que tenemos más a la mano, productos de la costumbre, del estereotipo y que nos parecen definitivos. Es decir, pienso en Annegret, la alemana.

Y pienso en que en Alemania seguramente se harán las cosas muy distintas a como se hacen en Guatemala, pero que a pesar de que tendrán su cultura y su forma de entender las relaciones personales, muy seguramente no todos los alemanes encajan a plenitud dentro de lo que pensamos deben ser. Es decir, habrá alemanes que no son tan ordenados ni tan disciplinados y férreos, ni tan fríos o poco cariñosos como a veces pensamos, como a veces les describimos. Las describimos en el caso de quienes vivieron dentro de estos muros y pasillos.

Pero no es cierto. Había alemanas muy cariñosas y con la sonrisa dispuesta siempre. No digo que Ánnegret no, pero la relación que teníamos con ella era de autoridad. Era la responsable principal de que todas las cosas caminaran como se debe. Fue de las que vino a fundar esta comunidad. No teníamos una relación de cotidianidad con ella que es donde uno se termina sintiendo más cómodo y donde se terminan creando vínculos más cercanos. Es el caso de nuestras mamás y nuestras tías, todas guatemaltecas. Y de algunas alemanas que nos tomaban fotos, que nos entretenían o que nos curaban.

Entonces describir a Ánnegret como la alemana se me hace muy corto. Muy injusto. Ella que vino del otro lado del mundo, de un país donde supongo tenía la vida solucionada, aunque quizás no porque debe ser heredera de la posguerra alemana, pero decide venir a Guatemala y a mí me cuesta encontrar una razón que no sea la descripción exacta de ese concepto tan poderoso: convicción. Ánnegret la de la convicción mayor, y esa sería una descripción un poco más precisa, un poco más justa.

Y esa convicción que se transmitía a manera de estructura, de disciplina y en forma de que las cosas se hacen bien o se hacen bien. Y punto. Por ejemplo, la iglesia a la entrada de este complejo, que es uno de los espacios más hermosos en una buena cantidad de kilómetros a la redonda. El epítome de este remanso.

El lugar destinado para el ejercicio espiritual más importante de esta comunidad. Cuando las he acompañado, la experiencia siempre me ha parecido la materialización perfecta, no de un anhelo, sino de un ritual comunitario pleno, lleno de esperanza y absoluta fe. Y cuentan que Ánnegret, durante la época de levantar los cimientos, mandó a botar un par de veces alguna pared porque no estaba alineada. Sí, Ánnegret, la de la convicción mayor.

Alguna vez tuve la oportunidad de compartir un almuerzo con ella en Casa San Benito, la casa de la comunidad en ciudad de Guatemala y desde donde se dedican, con la misma convicción, a dar orientación y proveer educación a mujeres que vienen a trabajar en casas de la ciudad. Ánnegret hizo la oración, una que ya había escuchado muchas veces, pero sin dimensionar en lo poderoso del mensaje. Ahora pienso que era necesario escucharla decir esa oración, en un momento cotidiano como compartir los alimentos, para conocerla mejor.

Bendice estos alimentos y dáselos a quienes no tienen pan. Y a nosotros, hambre y sed de justicia.

Sí, Ánnegret la de la convicción mayor y la de la claridad de acción. Y aunque pueda sonar fuera de lugar, la de la claridad ideológica. Aunque en realidad no tanto, porque en términos católicos podría ser también la de la opción por los pobres y los necesitados. O algo así. Entonces para mí ya no es sólo la alemana. Es la mujer convencida de donde poner su fe, su vida y su acción. Es la que lucha por la justicia social.

Ella se regresa a su tierra natal con Guatemala en el corazón. Como lo dijo al final de uno de los discursos más emotivos que le escuché, en otra frase que creo me ayuda a entenderla mejor. Les llevo en el corazón porque no se puede de otra manera. Y guardó silencio mientras su rostro era la muestra más completa de alegría y realización. Y nosotros que la describíamos como la seria y la que estaba a punto de reprender y corregir con severidad.

Una mujer camina al fondo del pasillo por donde vi aquella luz. Es Ánnegret yendo hacia su habitación la mañana que nos reunimos a intentar hacerle un homenaje y una despedida. Pero sobre todo a darle gracias. Una mujer que cuando yo tenía apenas un pushito de años, apareció al final del túnel muy oscuro que era aquel presente y que quizás estaba destinado a permanecer así por el resto de mi vida. Pero ahí estaba ella. Y con ella, ellas. Y poco más entonces puedo decir.

Y a ella, pues este poquito de mis palabras. O quizás lo único que tenga por decirle en realidad: gracias por su luz.

Mit tiefer Dankbarkeit.

EnglerGT

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