El escritor frustrado

Y se fue. Lo dejó en lo alto de la ciudad, en aquel lugar en el que pasó tanto tiempo, tantos rojizos atardeceres, tantas noches de estrellado cielo, tantas horas de suspiros e inalcanzados anhelos. Las amarillentas hojas de aquel viejo diario guardaban toda su intima historia de sueños no logrados. Estaba convencido de que, al escribirlos, se llegarían a convertir en realidad. Pero pasaron los días, las semanas y los años y lo único que le quedaba era un viejo cuaderno de añejas pastas. Se cansó. Era un lastre. Decidió abandonarlo donde se gestó, sobre la fría piedra en la que tantas veces, mirando a la ciudad, escribió. Y se fue.

Bajó las escaleras, con la vista perdida. No vio como ella ascendía, casi rozándole. Al llegar al libro lo cogió. Quiso llamarle, pero algo le frenó. Leyó las primeras palabras, un escalofrío invadió todo su cuerpo.


Fotografía: Jorge Manjón Bernal. Realidaz.

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