Semáforo en rojo

Parecía que ya iba a parar. El tic, tic, tic se hacía cada vez más lento, pero nunca llegaba a su fin. Tic, tic, tic. Eterno y lento girar de la rueda delantera, cuarteada y suspendida en el aire. Tic, tic, tic, cadencioso e infinito requiem, la bicicleta golpeada y tendida en el asfalto. ¡Brum!. Estrepitoso golpe sobre el limpiaparabrisas, la cara del ciclista rompe el cristal a la altura de los ojos del conductor, chorreando sangre que inundaba el interior del vehículo. Tic, tic, tic… Y despertó.
Noche tras noche el mismo sueño desde que ocurrió. Se saltó el semáforo, como tantas otras ocasiones en las que no había sucedido nada. Aquella noche fue distinta. El miedo se apoderó de él y pisó el acelerador huyendo de allí. Se enteró por las noticias del periódico al día siguiente: muerto, 22 años. Pero nadie vino a buscarle, nadie vio el atropello.
Entonces llegaron aquellos sueños y ya no aguantaba más, decidió poner fin. Lo haría en el garaje, saltando desde el propio coche con el parabrisas hecho añicos. Saltó. La tensión hizo que la vieja soga se fuera rompiendo poco a poco, lentamente, mientras emitía un eterno tic, tic, tic.
Fotografia:
Plataform’s end. Theen Moy.