¿Qué aplaudió Rafael Alsúa?

Rafael Alsúa era un talento nato de finales de los 40 que llegó al Valencia para aportar savia nueva a un equipo campeón que empezaba a decaer. Su carácter volcánico no hizo más que traerle problemas con el entrenador. Intentó vengarse de su falta de minutos aplaudiendo un gol del Real Madrid al Valencia, que le costó el despido fulminante.

En pleno Santander, bajo la placa que porta el nombre de nuestro protagonista para dárselo a una calle, Jesús Serra no duda, «un fenómeno, Alsúa era un fenómeno». En los Campos de Sport ese apellido evoca a su mejor jugador, y a los buenos tiempos, a aquellos que entre humo e intenso olor a café van recuperando los abueletes que se congregan en locales cuyas paredes están pintadas de recuerdos. «Alsúa era una maravilla, lo dijo hasta Di Stéfano». Todos asienten en silencio.

En Mestalla, sin embargo, ese nombre no dice nada, aun formando parte de su jungla, de ser uno de los villanos favoritos de un público ya enterrado, de una época olvidada.

A pesar de la insistencia de Serra — «era el Maradona de los 50» -, Alsúa quedó como un badboy, uno con calidad, un chico malo de tantos que trajo la posguerra. De carácter volcánico, granjeado por una madre que acudía a sus partidos a montar jaranda y enfrentarse a gritos con quien hiciera falta. Porque en los Alsúa, en todas sus ramas, gobernaba la gresca.

Por algo, en cierta ocasión, Rafael le dedicó una ristra de cortes de manga a Ramallets cuando anotó el gol decisivo que eliminaba al Barça de la copa. Por algo, aquella misma tarde, rechazaría la oferta que le hizo el club catalán para llevárselo a Les Corts, considerándola muy alejada de lo que él creía valer.

Por cosas así acabó jugando en el Real Madrid. Y luego, en el Valencia. También en algunos equipos más hasta ser ídolo en Santander. Con cuya casaca regresaría a Mestalla en octubre del 54, para, en una tarde aciaga, protagonizar esta historia.

Alsúa llegó al Valencia para aportar frescura y ambición a un equipo campeón que iniciaba su decadencia
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Natural de Irún, formado en los últimos instantes del gran Real Unión, con trazas de buen pelotari, Alsúa hacía gala de esa calidad pura y salvaje que poseen los jugadores del norte. Erigiéndose en el rey de los espacios, poseedor de un dribling endiablado, además de ser un organizador notable. Tan bueno como inconsistente. Que no tardó en llamar la atención de los grandes del balón.

¿Pero qué pasó con Alsúa?, ¿qué pasó? Pasó que abandonó Chamartín cuando su hermano pequeño empezaba a despuntar allí. Un benjamín que igual metía goles con la mano que partía piernas o trenzaba jugadas imposibles. Indudable, era un Alsúa. Por ello hizo carrera en el Real Madrid. Ocurrió que Pasarín, que conocía a Rafael de sus años de seleccionador, cuya estancia no fue más prolífica por el miedo del jugador a los aviones, se lo trajo al Valencia cuando se hizo cargo del banquillo de Mestalla.

Y sin necesidad de contar con su madre, supo empezar un enfrentamiento desde la grada.

En aquel equipo de viejos zorros, de ídolos de masas que cuando no coleccionaban trofeos sumaban subcampeonatos, y si no bacanales en la playa, Alsúa, junto a su altivo temperamento, vio la oportunidad de abrirse hueco en el gran dominador del momento. Cuando todo iba cuesta abajo en Mestalla, él llegaba en plenitud. Aportaba frescura y ambición a un equipo campeón. Por ello no entendía que Pasarín, otrora baluarte de aquel Valencia, confiara en jugadores que conocía incluso de haber compartido alineaciones con ellos. Todo se torció al apostar por la veteranía.

No es de extrañar que los entrenamientos se convirtieran en un infierno. Eran constantes los enfrentamientos a cara de perro entre el míster y el mozo de Irún. No saltaba vallas olímpicas, sus ejercicios consistían en propinar patadas voladoras.

Todavía no lo sabía, lo intuía, pero no jugaría ni un solo minuto en el último Valencia campeón de los 40. Le dolió especialmente verse al final de los calores fuera de aquella copa Eva Duarte, la madre de la supercopa moderna, conociendo como conocía que su hermano llegaría alineado con el Real Madrid para llevarse un 3–1 en el petate que pondría el trofeo en vitrinas valencianas.

Si no iba a jugar, ni tampoco le dejaban marchar, había que boicotear. Premeditado o espontáneo ejecutó su final durante el regreso del equipo madrileño en partido de liga.

Rafael Alsúa era por entonces un díscolo, un carácter especial, un jugador problemático; un chico con talento, pero sin cabeza. Cosido al cuerpo llevaba toda clase de etiquetas que se suelen asociar a estos personajes. Porque rara era la vez que él y Pasarín no tenían un enganchón entre semana. En su odio al entrenador, debió entender, que si no se ganaba un puesto por bueno, se lo ganaría por matón. Ni siquiera sus propios compañeros le soportaban más.

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El Racing de los 50 contaba por puntos sus visitas a Mestalla, hasta que se llevó un 8–1 en una tarde estelar de Wilkes.[/caption]

Verdaderos tiempos extraños aquellos donde el Valencia lo ganaba casi todo mientras el Real Madrid deambulaba por la media tabla salvándose del descenso en alguna temporada — precisamente empatando en Mestalla -, en los que el talento y el dinero vivían a orillas del mediterráneo. Faltaba poco para que las tornas giraran. Pero hasta la ascensión al poder de los tecnócratas franquistas, el equipo madrileño solía visitar Valencia para acabar goleado. 4 goles por encuentro se llevaban.

No fue distinto el marcador en la tarde del 7 de diciembre del 47, aunque el desenlace requiriera de una mayor intriga. Una jugada que inició su hermano Antonio, y que acabó en gol de Molowny para poner el 2–2, hizo que Rafael Alsúa saltara como un resorte desde su asiento en la grada para ponerse a vitorear y aplaudir el gol visitante como si hubiera sido obra suya.

Mundo, con un doblete, se encargó de poner las cosas en su sitio y levantar el 4–2 final, quedando el díscolo sin oportunidad de chafar el vestuario tras haberse retratado ante el respetable. No había más. Alsúa sería despedido por aplaudir al enemigo. Y también por todo lo demás. Debió alcanzar conciencia de la fechoría porque intentó defenderse alegando una cuestión de sangre para mostrarse tan alegre. Al chaval talentoso, al prematuro internacional, le dieron puerta aquella misma tarde.

Las crónicas, y los que le vieron jugar, coinciden en que Alsúa era un adelantado a su tiempo. Un buen pelotero, a pesar de su temperamento. Acabó el curso en la Real, salvando su honor regresando a San Sebastián. Luego, buscaría fortuna en Santander, donde además de alzarse en ídolo, convirtió a los montañeses en bestia negra del Valencia en los primeros años 50.

Fue el villano favorito de Mestalla. Aspaventando y sobrexcitado hacía diabluras con la elástica verdiblanca en cada visita, amargando a base de talento tardes que se presuponían placenteras. El odio que escupían las gradas le excitaba. Paladeaba Alsúa aquellas afrentas porque jamás digirió su salida, ni su error, tampoco que aquel entrenador que se lo llevó junto a él jamás le diera una oportunidad para demostrar su valía. Era su forma de reivindicarse, de gritar que él tenía razón y no los demás.

Fuertes, harto de escuchar tanto insulto, le propinó un mandoble que lo tumbaría en el barro

Sentía su fracaso en Valencia como la gran oportunidad desperdiciada. Una puerta cerrada que jamás se le volvió a abrir aun destacando sobremanera en campos de barro y latitudes norteñas. Aquel odio secreto cocinó tal revancha. Pero como todo en Alsúa, su fortuna no se extendería mucho más allá. Ante un Valencia renovado, convirtiéndose él en veterano, llegó una tarde a su antigua casa predispuesto a alargar la leyenda del Racing sin contar con la furia desatada de Wilkes y el orgullo local que amasaba Tonín Fuertes.

El holandés se puso a driblar y a anotar, el de Benímamet, a empujar y asistir para conformar un 8–1 final que bien pudo ser un 12 o 13 a nada. La falta de costumbre ante tales vergüenzas llevó a Alsúa a maldecir al Valencia y a los valencianos con cada gol anotado en el marcador. A cada golpe en su orgullo, un grito más alto, y una furia más pronunciada.

Fuertes, que pasaba por allí en toda ocasión, iba aumentando su hartura ante tanto improperio escuchado, porque él, estando en el Mestalla, también llegó a enfrentarse a Alsúa. Y como todos los presentes, era valenciano y del Valencia. Y por ello, en una de aquellas, hinchado de tanto insulto a algo que sentía como suyo, le soltó tal mandoble al vasco que lo tumbó en el barro.

Tal vez, porque el árbitro también lo escuchaba maldecir y llegó a considerarlo una falta de respeto, o tal vez, por la ovación que se llevó el chico de la terreta por conseguir lo que la grada llevaba años queriendo hacerle al villano, el referí no se atrevió a expulsar a Fuertes, que aquella tarde, con aquel gesto, fue tan héroe como Wilkes, que marcó 4 goles y delineó varias asistencias.

Alsúa puso fin a sus días tras recibir una mortal paliza

«Era un culo inquieto, pero no hubo otro mejor que él». Serra, en ese café lleno de veteranos que se resguardan del frío veraniego mientras relatan mil batallas de un héroe de aquellos lares, insiste en positivzar al personaje. Como ha hecho siempre en las páginas del Diario Montañés, desde donde se granjeó una placa. La juventud acumulada presente en la sala y que le conoció muy bien, se espanta cuando se les pregunta cómo acabó Alsúa.

«Era una familia muy difícil, tenían un carácter de estate quieto y no te menees». Fieros, bravos. Rafael Alsúa, en 1994, acabó muerto de una paliza tras una discusión familiar con su hijo. Días después, el cuerpo del fugitivo, un Alsúa de pies a cabeza, apareció en la playa del Sardinero. Como Serra, la ciudad prefiere recordarle por sus gestas, por las glorias que llevó a aquel Racing poderoso a sus mejores cotas, y que en 2013 le dedicó una calle a su jugador más talentoso.