MAMÁ


Alguien me dijo una vez que las personas significan para nosotros lo que las estaciones son al tren. Paradas. Descansos. Tiempo.

A veces, lo que ocurre con algunas de ellas es que llevas toda la vida esperando llegar y pisar su mundo. Sentirte parte de él y esconderte de tal manera que no te encuentren nunca. Los malos ya no son tan malos y todo lo que te rodea huele a esperanza. Te encantan sus colores, sus caminos y su gente. Siempre encuentras la palabra justa hasta que de pronto ya no te apetece hablar. Coges tu maleta y te marchas.

Con otras, las ves en el horizonte y cuanto más te vas acercando menos quieres estar. Y pasas de largo. Sin mirar. Sin hablar. Sin pensar.

La mayoría son paradas casi obligadas. Nunca son eternas pero si llevaderas. Curiosamente, y quizá no te lo esperabas, son las que más te aportan. Te guían en dirección a lugares donde tu alma sí que pernoctará más de una noche. Más de un mes. Media vida.

También existen las que vienen por casualidad, casi estrellándote contra ellas. Con la mente en blanco hasta que caes en la tentación de quedarte toda la vida. Lo intentas. Cedes y lo haces. Pero vuelve el silencio, las ganas de no hablar y la necesidad de llorar. Así que te vuelves a marchar y lo haces solo.

Están las de toda la vida. De las que nunca quisieras haber partido. Donde dejaste tu infancia, tu juventud, tu ilusión y unas ganas tremendas de no volver a hacerlo nunca. Un cúmulo de cosas sobre las que nunca eres capaz de pensar de manera racional y cuando lo intentas, terminas volviendo. Como una herida abierta de la que brotan todos y cada uno de tus miedos.

Y después estás tú, mamá.
Eres de esas estaciones a las que no querría haber dejado atrás nunca. Por las que me quedaría sentado y dando vueltas eternamente en ese tren a la deriva solo por poder volver a tener la oportunidad de bajarme en ella, para seguir teniendo el deseo de volver a casa y poder decirte que lo he conseguido.

Aunque no sepa el qué, el cómo ni el cuándo.