“Primitivo”, de Alberto Cardín.

En términos estructurales, la principal diferencia entre esos dos tipos extremos del continuum de las culturas que llamamos “culturas primitivas” y “culturas complejas”, en lo que hace a la concepción del espacio, radica en que, mientras las primeras pretenden una saturación simbólica de su merkwelt, o “espacio virtual cognitivo” (sería ésta la mejor manera de traducir el término de Von Uexküll), correlativa a un cierre simbólico-circular del tiempo, las segundas han elegido como estrategia adecuada a su dinámica intrínsecamente expansiva una simple referenciación convencional del espacio, que varía en relación con un tiempo linealmente concebido.

Esta diferencia tiene connotaciones tanto ecológicas como semióticas. Desde el punto de vista ecológico, es lógico que grupos, como los llamados “primitivos”, que han desarrollado una estrategia de la parsimonia (reducción a un ámbito ecológico concreto, a cuya producción espontánea han decidido amoldar su demografía), conviertan a este pequeño mundo, desde el punto de vista simbólico-cognitivo, en El Cosmos sin más, limitando incluso la idea de humanidad a los habitantes de dicho entorno, y pensándolo en intensión más que en extensión.

En tanto que las sociedades surgidas del desarrollo de la agricultura (estrategia cuasi-decisionísticamente implantada, y no mecanismo causal coercitivo, como suelen explicar las posiciones marxistas sobre los “orígenes de la civilización”) parecen haber elegido una pauta — “desarrollista” en el más moderno sentido de la palabra — , fundada en un incremento de la producción artificial de bienes (iniciada con la domesticación de las plantas y los animales), correlativo a un incremento demográfico que acaba desbordando los moldes de los segmentos sociales primitivos (familias, clanes y linajes, concebidos como módulos mecánicamente ensamblados que se amplían por “clonación”, en las épocas de abundancia que permiten una cierta flexibilización de la estrategia parsimoniosa), para configurarse en sociedad de clases (es decir, ordenada de acuerdo con el papel que cada individuo ocupa en el proceso de producción).

Desde el punto de vista semiótico, esta dualidad de estrategias remite a dos concepciones distintas del signo, como fórmula generadora de la concepción del mundo: 1) una estrategia semiótica fundada en la idea de símbolo, en la cual la relación significado/significante es vertical, alegórico-arquetípica, quedando el mundo visible sometido a las representaciones del mundo invisible — la propia de las culturas “primitivas”; y 2) otra estrategia fundada, como ha dicho Kristeva, en “un encadenamiento metonímico de diferencias que dispara una creación progresiva de metáforas”, o lo que es lo mismo, basada en una concepción horizontal de las relaciones significado/significante, en la que lo que hay es traducción continua de significantes, que crean “operativamente” significados por conmutación, o si se quiere, una concepción puramente pragmática e historicista del signo.

En la primera estrategia, tipológicamente global, pueden discernirse tres modalidades semioespaciales:

a) La que podríamos llamar “saturación narrativo-simbólica del espacio”, que es la propia de las sociedades australianas, y que tan bien ha descrito Chatwin en Los trazos de la canción: el espacio natural aparece redoblado hasta la saciedad de relatos otorgadores de sentido, relacionados con las gestas de los ancestros del “tiempo de los sueños”.

b) La modalidad “metafórico-descendente” stricto sensu, cuyo modelo canónico es la concepción del espacio habitacional de los dogon: tanto la disposición del poblado como la construcción de las casas, se amolda a la anatomía mítica de Nommo, el hijo antropomorfo de la Divinidad Generadora, mientras que el ciclo de las cosechas y la distribución de los sembrados sigue el modelo vorticial del desarrollo germinativo de kize uzi, la Semilla Primigenia.

Una variante de esta modalidad es la adoptada por la mayor parte de los llamados por Wittfoger “Imperios hidráulicos”, donde la metáfora fundante ya no es tan invisible (es el Palacio Imperial, concebido como axis mundi), el espacio de todo el territorio dominado se modeliza sobre dicho lugar onfálico, y los momentos cruciales del ciclo vital se disparan ritualmente desde este centro.

c) La modalidad “metafórico-metonímica”, encarnada modélicamente por los ndembu estudiados por Turner: las metáforas básicas que tienen que ver con las concepciones de la vida y la muerte, están fundadas en el modelo cosmológico dado por el Dios (ocioso) creador, Nzambi, pero esas metáforas básicas (bastante abstractas, por cierto), se conectan con los objetos visiblesmediante un complicado proceso de desplazamientos metonímicos, en el cual cada cosa es lo que es por lazos de contigüidad, más que de semejanza, con las metáforas primordiales.

La diferencia de concepción occidental del espacio respecto de estas tres modalidades semioespaciales es más que evidente, y puede resumirse en tres puntos.

1) La concepción occidental del espacio social es funcional y no simbólica (incluso cuando el espacio urbano aparece concebido en términos de la llamada simbología del poder”): no está relacionada con metáforas primigenias, sino con repartos operativos del universo sígnico (de carácter mudable y diacrónico).

2) La relación vital de los miembros del grupo con dicho espacio no es de tipo simbólico sino praxístico (no praxeológico: no está movida por la idea de eficacia). Lo que quiere decir que, ni la deambulación ni la fijación de las balizas de referencia están sometidas a metáforas in genere, sino a determinantes estocásticos distribuibles estadísticamente, similares a los que dictan la elección del gusto y la distribución por clases.

3) La idea de tiempo prima sobre la de espacio, tanto en la concepción como la utilización praxiística del espacio: la memoria pretende fijarse (en unas épocas más que otras: la idea de monumento arqueológico en Occidente no se remonta más allá del Renacimiento, y en términos reales, no más allá del siglo XVIII) mediante determinados hitos de carácter signicamente más permanente, pero la idea de cambio lineal (“progreso”) prima de tal modo sobre la de significatividad espacial, que la memoria del espacio, incluso cuando éste no varia materialmente demasiado, es básicamente interpretativa (es decir: traduce entre signos, no arquetipiza).

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Ernesto Castro’s story.