El lugar más peligroso del mundo
¿Me creerías si te digo que encontré el lugar más peligroso del mundo? Es el miedo.
Es como un pequeño pueblo viejo. Todo está lleno de polvo de sueños no realizados. Hay techos enteros cayéndose por el peso de vidas no vividas. Hay oportunidades con la piel arrugadita meciéndose afuera de las casas, quizás envejecieron esperando que las fuéramos a tomar. En el patio trasero vi a unos niños muy parecidos a nosotros jugando pelota con todos los deseos no cumplidos de cada torta de cumpleaños de todos los que olvidamos que somos nosotros los hacedores.
Hay cajas llenas de telarañas con boletos de tren y pasajes de avión vencidos debajo de las camas. Hay coyotes riéndose con tus dudas. Hay remolinos hechos con todas las preguntas que nos hacen movernos en espiral. A lo lejos a través de algunas ventanas se pueden ver pedacitos de fuego de nuestra alma que no alimentamos resignados solo a calentar un viejo caldero.
Allí el aire se siente pesado. Allí escuche el silencio más fuerte que he oído en mi vida, en un lugar como ese no puedes escuchar a tu buscador de estrellas.
Así que salí y me senté un rato afuera de ese lugar con un revoltijo loco de memorias y el mismo gnomo travieso de aquella vez de pronto estaba sentado a mi lado preguntándome ¿Quieres estar cómoda en este lugar o quieres crecer? Y así fue como decidí levantarme a comprar suficiente pintura para pintar lo que sería mi nueva historia y un poco de extra de chocolate y botas de lluvia porque si, el tiempo puede ponerse feo, pero mi imaginación es mucho más loca y mi fe en las galleticas de la fortuna es más alta que cualquier gigante.
