El mito hackeado

Por Martín Véntola

Hay un tipo de conocimiento que llegó a nosotros gracias a las experiencias de nuestros antepasados. Muchas veces, la vivencia que generó esa sabiduría se pierde en el tiempo, y lo que queda es solo la enseñanza, la reacción sin la acción. Para contextualizarla, y sospecho que también para que sea más fácil de recordar, a veces se encuadra esa enseñanza en una historia, ya sea una moraleja, un cuento o un mito. Así de alguna manera se garantiza la supervivencia del conocimiento. Por ejemplo, no creo que pasar debajo de una escalera traiga mala suerte, pero sí creo que la superstición funciona para evitar que caminemos en una zona potencialmente peligrosa donde pueden llover martillos u otros objetos que seguramente se están usando arriba.

Lo que más me gusta de la mitología es que transmite un conocimiento universal y atemporal. No es necesario equiparnos con alas hechas con plumas, hilo y cera y volar cerca del sol (spoiler: mal plan) para reconocer los problemas que nos puede traer la ambición desmedida. El que transgrede los límites divinos recibe su castigo, una lección destilada por la experiencia.

Me pregunto si esta herramienta pedagógica puede ser manipulada. Si algún inescrupuloso, en algún momento de la historia, se aprovechó de un mito y lo deturpó, lo alteró para satisfacer sus necesidades. ¿Tendrán los mitos esa debilidad?

Antes estaba hablando del mito de Ícaro, claro. Su padre le advirtió sobre los peligros de volar muy alto, demasiado cerca del sol. Las delicadas alas unidas con cera se derretirían, algo que de hecho terminó pasando. Además de enseñarnos a respetar los límites, el castigo de Ícaro se usa para ejemplificar lo que puede suceder cuando la ambición nos lleva más allá de nuestras posibilidades. El destino solo puede ser alterado por los dioses, a los simples mortales no nos queda más que aceptar nuestra parte.

Un alumno, piloto privado, me contó esa versión del mito en medio de una charla sobre el encanto de volar. Es la versión más conocida, pero no la original. La versión alternativa no contiene ninguna mentira, pero sí algo mucho peor, la omisión de una verdad.

Resulta que los consejos del padre de Ícaro fueron dos. El segundo, y menos conocido es el de no volar muy bajo, para que la humedad del mar en sus alas no se convirtiera en un lastre mortal. La lección entonces era doble: evitar tanto la ambición desmedida como la abulia, la pasividad. Al punto medio entre ambas actitudes los griegos lo llamaban sophrosine, la mesura, la moderación, la sensatez. Al no mencionar uno de los dos extremos, ese concepto desaparece automáticamente. ¿Y qué lección queda para enseñarnos a enfrentarnos la adversidad? Con la ambición castigada por los dioses, la única opción es aceptar pasivamente el destino que nos tocó. El peligro de caer en lo profundo del mar no desapareció, solo no lo vemos. Y ahí es donde terminamos, paralizados por el miedo, exacerbado, de aspirar a aquello que nos hicieron creer que no merecemos.

No sé si esa versión del mito fue creada conscientemente, como herramienta de control de masas, tampoco importa: ahora que conocemos la lección completa, nos podemos tomar la libertad de cultivar la ambición, si bien no la desmedida (en griego también tienen una palabra para esa, hybris). Para los que todavía no están convencidos, una última perla: hace unos años, la Universidad de Leicester publicó un estudio sobre la matemática del vuelo con alas de plumas y cera, Chargrilled Icarus’ Wings. Les ahorro la lectura: resulta que a Ícaro le hubiera ido mejor, si hubiera apuntado todavía más arriba.

Martín Ventola

martin.ventola@MetodoDeRose.org

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