Las ballenas no tienen tetas

Por Pamela De Pablo

Fotos: Nicole Pieper

Corrió a mis brazos y ya lloraba. Las luces eran tenues y todos se abrazaban y reían, felices de haber compartido aquellos días. Era el final y ella no podía parar de estar triste. Nos ocultamos en el baño de nenas. Un baño ridículo en el que al sentarte en el inodoro contemplás en toda su extensión el cementerio.

No supe cómo evitar hacerle preguntas a esa catarata de tristeza, así que le dije si podía ayudar en algo, si lo mejor era callar y ser testigo o hablarle cariñosamente. Ella no sabía o sabía demasiado sobre su lágrimas. Intentó calmarse pero siguió llorando.

Mientras la miraba y le acariciaba la espalda eligí ser su testigo y me quedé allí, escuchando ese llanto y sintiendo un cariño que no podía expresar. Veía su cabello delgado y enroscado empañar sus rasgos.

Sabía que el baño era público, que podía entrar cualquiera de los cientos que a pocos metros bailaban y charlaban. Había que salir de ahí. En breve. La miraba y no encontraba la forma de detener esas lágrimas. Pero tenía que parar para no quedar expuesta, para que no preguntaran qué le pasaba, para que no se enteraran. Ella solo humedecía más y más sus mejillas, su mentón y el piso mientras la gente saltaba y se despedía deseando volver a verse mañana. Se despedían detrás de la puerta, demasiado cerca, demasiado.

Los azulejos de un azul tan verde o un verde muy azul, brillosos, cursis apretujaban más las lágrimas que se arrojaban de sus ojos desesperadas. Y los azulejos achicaban el espacio para su angustia. Además el piso gris, la puerta marrón, el anochecer, la luz amarillenta le impedían encontrar un final; y del otro lado de la puerta todos ellos, inquietos, ajenos.

Alguien va a entrar y la va a ver, la va a sentir y voy a tener que decir algo. Buscaba una frase que liberara a todos del momento sin poder dejar de mirar el desodorante corporal y la crema de manos. Las flores desubicadas pero coquetas. Una frase para que no tuviera que hablar ella.

Las voces rozaban la puerta pero no la abrían. Agradecida y tensa, me miré al espejo que no hacía más que duplicar los azulejos agobiantes y sus lágrimas. Por suerte las flores no se espejaban, ni el desodorante.

Pasos variados traían cuerpos tan cerca del baño que parecía que iban a irrumpir en su tristeza y, solo tal vez, llevársela. Tan cerca los pasos que seguramente se dirigían a brazos abiertos, a palabras cándidas, a deseos de felicidad. Y nosotras ahí, encerradas. Salvándonos de la exposición y tan solas como acompañadas. Las dos inmóviles desde hacía minutos.

Sentí en los huesos la urgencia de que parara y le dije: ¿sabías que las ballenas no tienen tetas? Pobrecitas… Y ella bruscamente pasó de llorar a reírse y por primera vez me miró a los ojos y siguió riéndose y poco a poco pudo respirar y me abrazó. La mirada pedía más, pedía una explicación.

Sí, dije: las ballenas no tienen tetas, tienen una hendidura. Entonces ella pudo hablarme y ya no lloraba, preguntó: ¿cómo come el bebé? Bueno, le dije, el ballenato se tira sobre su madre y golpea cerca de la hendidura muchas veces hasta que la mamá expulsa la leche combinada con un aceite pesado que evita que se disuelva en el agua y el ballenato abre su boca y lo traga.

Muchas risas más y pudimos salir del baño y mezclarnos con la gente, con los amigos, con la alegría.

Pamela De Pablo

pamela.depablo@MetodoDeRose.org

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