Bailar

Malen Monteleone
Malen.Monteleone@MetodoDeRose.org

Me encanta bailar. Cuando bailo sola, en mi casa, no me importa nada. Pero también me gusta tener un compañero. Al bailar en pareja, aparece una tensión suave. Una incomodidad que me remite a una de las obras que más me gusta de Vasíli Kandinsky, no apenas por su título — Tensión Suave — pero también por lo que me provoca.

Un póster de esa pintura estuvo colgado en mi habitación durante varios años y nunca dejé de mirarlo; como era arte abstracto, nada estaba totalmente dicho. A través de líneas marcadas y colores plenos, generaba en mi mente combinaciones que podían interpretarse como figuras más concretas. Aunque tal vez distase mucho de la intención original de Kandinsky. Eso me incomodaba y a la vez hipnotizaba.

Lo mismo me pasa al bailar en pareja, la comunicación verbal pasa a un segundo plano; la palabra no es tan importante. La mirada, el movimiento, sentir a quien acompaña lo dice todo: para dónde ir, qué paso sigue, la intención, si lo está disfrutando, la confianza que hay — o no — entre los dos. Depende del ritmo de la música y del estilo, si se está más cerca o más lejos, si se baila más lento o más rápido. Depende de la experiencia y de la química (algo para otro día) de los bailarines. Nada de esto es posible si las dos partes no están conectadas, porque lo literal no está presente y las palabras no sirven.

Tensión Suave — Vasíli Kandinsky