¿Y qué?

Por Pamela De Pablo

Foto: Pamela De Pablo

Prejuicio y susceptibilidad fueron de esas palabras que demoré en entender. No recuerdo el día que comprendí su significado ni tampoco el día que las usé en una frase. Prejuicio fue una de esas palabras que recuerdo, con claridad, haber buscado en el diccionario. Leí la definición y aún así no entendí. Sabía leer, había crecido suficiente para alcanzar los veinte tomos del diccionario de Salvat que estaban en el último estante del mueble del living. Esa colección que mi mamá compró a un vendedor que pasaba puerta a puerta. En ese mismo diccionario busqué todas las malas palabras y dejaron de parecerme tan malas.

Decir que alguien es prejuicioso parece un insulto, pero me pregunto quién no lo es. Si digo que todos nos acercamos a los objetos y los seres con un caudal de información que nos impide notar algunas cosas y echa luz sobre otras, entonces estoy llamando prejuiciosa a toda la humanidad. Bueno, quiero dejar claro que no es mi intención, pero al parecer es inevitable así que acepto el abucheo a partir de ahora.

Hay prejuicios que iniciaron guerras que duraron años, cientos de años algunas de ellas. Pero no voy a detenerme en esos porque es fácil hacerse el desentendido, decir que eso pasó en otro continente, en otro siglo, en otra sociedad.

Estoy pensando en prejuicios que tengo a cada rato, que bien podrían pasar desapercibidos porque aparentemente no generan ningún malestar, ni siquiera en mí. Pero que si los miro de frente me provocan. Estoy provocándome para educarme, en este caso, claro. Y tengo un ejemplo de uno muy común del que he salido airosa. Dirán ustedes que es más fácil hablar de un prejuicio que uno no tiene o que ha superado y, con una oronda franqueza, yo también pienso lo mismo. Por eso lo elijo, porque es más fácil pero no por eso menos veraz.

Tengo una amiga diecisiete años menor. Die ci sie te años menor. No me pregunten mi edad porque, como dijo Oscar Wilde: una mujer capaz de decir su edad es capaz de decir cualquier cosa. Y, les aseguro, no quieren oír todo lo que soy capaz de decir.

Ella nació el mismo año que yo egresaba del secundario. Lo menciono solo para que se horroricen. Pero puedo intimidarlos más aún: su madre tiene un año más que yo. Cuando la conocí ella acababa de egresar del secundario pero, tal vez un año después o dos, comenzó este vínculo que hoy defino como amistad. Y empezó así, como cualquier amistad, riéndonos y permitiéndonos estar de acuerdo en cosas poco importantes. Cualquier amistad necesita estar de acuerdo en pequeñeces: cuál es el sabor de helado que siempre pedís, cuál es la comida del día que más disfrutás, de qué color son tus medias y así, con un buen amigo, uno vive acumulando acuerdos de una importancia escasa. Acuerdos que, un día, salen a relucir frente a desconocidos y que le advierten a todos: ellas dos son amigas, se conocen, saben detalles de sus vidas, ojo, ojito. Y, en realidad, son una sarta de pavadas que juntaste porque pasaste tiempo demás, porque estiraste la mateada y había que inventar temas. Y sí, eso es lo que hacen los amigos, alejar las despedidas.

De a poco, como cualquier amistad, un día llegó para quedarse. Más que amiga podría ser como una hermana bien mayorcita. Pero no. Porque le cuento mis cosas, porque hablamos de mis tristezas, de mis temores, de mis alegrías. Porque me ha visto llorar, porque la he llamado cuando necesitaba decir palabrotas o llorisquear. Porque compartimos viajes. Porque hemos estado en la plaza abrigadas al sol. Porque conocí a su mamá el mismo día que ella conoció a la mía. Porque he cambiado mis planes para que ella estuviese más a gusto. Porque me pongo en su lugar y, ella hace lo mismo.

Quién lo hubiese creído. Una amiga que nacía el año en me iba de la casa de mis padres a estudiar, el año en que me enamoré y sufrí como una condenada, porque así son las cosas cuando una se enamora de adolescente. Una amiga que podría ser mi hija, dicen las probabilidades. Pero perfiero las probabilidades cuando se habla del clima. No quiero sentirme poderosa ni por estar acorde a las probabilidades ni por desafiarlas. Podría ser mi hija, pero es mi amiga. Desempolvé mis prejuicos, abrí la tapa del cofre donde los guardaba, esos prejuicios secretos y discretos, husmeé y me deshice de algunos. Menos mal, porque tal vez me estaría perdiendo una que otra amistad solo porque la gente decide nacer en otra década.

Pamela De Pablo

pamela.depablo@MetodoDeRose.org

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