Especulación antropológica: ¿Pueden los enteógenos haber impulsado la espiritualidad?

Aun así, este órgano del conocimiento debe volverse del mundo para hacerse uno con el alma entera, como la escena que cambia el periacto en el teatro, hasta que el alma es capaz de soportar la contemplación de la esencia y la región más brillante del Ser.
Platón

Un aspecto de los muy controvertidos fármacos “alucinógenos” o “psicodélicos” es si generan experiencia religiosa, y si es así, si esta experiencia es genuinamente religiosa. Una vez podamos determinar eso, o aproximarnos a la verdad, podríamos afirmar o descartar que estas sustancias tuvieron un rol fundamental en el desarrollo religioso/espiritual del Homo Sapiens. La idea de que las drogas alucinógenas desempeñaron un papel importante en el desarrollo de la religión ha sido ampliamente discutida, sobre todo desde mediados del siglo XX. Y es precisamente a mediados del siglo XX donde surge un neologismo fundamental para este concepto: enteógeno. El significado literal de enteógeno es “aquello que hace que Dios esté dentro de un individuo” y podría ser considerado como un término más acertado y académico para términos vulgares como alucinógeno o psicodélico. Con el término enteógeno entendemos el uso de sustancias psicoactivas por razones religiosas o espirituales más que por propósitos puramente recreativos.

Antes de considerar el potencial religioso de las drogas psicodélicas, sin embargo, uno debe tener una definición funcional para la palabra “religión”.

Definir la religión es difícil porque cada individuo la define en base a sí mismo, sus propósitos y quizás sus prejuicios. En este caso en particular, habría que definir la religión como experiencia, porque es la religión experiencial la que se reafirma con el uso de psicodélicos.

Yo (cualquiera puede opinar diferente) veo a la religión como el intento del humano de expresar su relación con la divinidad. Cuando hablamos de divinidad no hablo de una entidad en particular, sino de la esencia de todas las doctrinas filosóficas que conocemos como religiones: es el modo de expresar la relación con el todo, y de explicar la existencia. Hay gente que entiende a la religión como modo de expiación de sus comportamientos irracionales terrenales, excusándose con planes mayores, esquemas supraterrenales. La espiritualidad es una unión simbiótica con el Universo, porque el “yo” pierde la integridad personal para ser uno con la existencia. Es algo intrínseco al humano su unión con el espíritu, ya que desde tiempos remotos, desde que surge la primera mente simbólica, esta buscaría desesperada una explicación a la consciencia y a la existencia. Uno puede explicar el mundo, su composición, su historia, y todo lo relacionado al plano físico, mediante la ciencia. Sin embargo lo físico no es el único plano que le preocupa al humano, y para eso está la filosofía, que está estrechamente relacionada a la espiritualidad.

Platón hablaba de dos mundos: el Kósmos Aisthetós y el Kósmos Noetós. El primero es el plano sensible, donde existen todas las cosas que podemos sentir. Estamos acostumbrados a centrarnos en eso, porque es natural (y racional) poner prioridad a las cosas que efectivamente sentimos. El segundo mundo de Platón, el Kósmos Noetós, era el plano de las ideas. El plano mental se asocia estrechamente con la espiritualidad. Cuando hablamos de ideas, de proyecciones mentales, hablamos de cosas perfectas. Y es aquí donde entendemos que lo racional no es lo único que guía nuestras vidas. Si basásemos nuestra existencia en cosas racionales no seríamos más que autómatas.

La realidad la crea nuestra conciencia, y ésta está compuesta por cosas racionales y cosas irracionales. Hasta bien entrada la adolescencia, somos un anexo a nuestros progenitores y no tenemos personalidad propia. Sin embargo, opino que hay un punto de quiebre cuando nos enamoramos por primera vez. Sentimos un irracional sentido de pertenencia hacia la otra persona, y esto no emana del tercero, o de nuestros progenitores, sino de nosotros mismos. Y como ese primer amor irracional (y muy probablemente fugaz), nuestra vida se llena de pasiones de ese estilo. Cuando nos aproximamos a las artes, por ejemplo, o a cualquier hobby, estamos teniendo un apego irracional hacia un elemento externo.

LA MENTE COMO ALGO ÁPEIRON.

La mente no tiene límites. Podemos limitar la mente, que es algo muy distinto, pero es la puerta al mundo de las ideas, y las ideas son perfectas. Esto es algo de lo que fueron conscientes los primeros humanos, e inmediatamente tuvieron que buscar un modo de relacionar su mente con la infinitud del Universo. Es aquí, en este intento de explicar la magnitud de la consciencia y por ende de las cosas que percibimos con ella (la existencia en su totalidad), donde reside la espiritualidad. Y esta espiritualidad puede representarse de muchas maneras, pero eso es algo tan personal como la definición misma de religión. Estas diferentes definiciones que cada uno puede tener, indican que la religión puede ser un asunto individual que presupone ni iglesia ni institución religiosa.

Tal vez una de las primeras cosas a considerar es si hay alguna evidencia directa de la teoría enteogénica de la religión que derive de la ciencia contemporánea. Un ejemplo famoso que se ha discutido extensamente es el experimento dirigido por el Proyecto Psilocybin de Harvard a principios de los años 60, un proyecto encabezado por Timothy Leary y Richard Alpert, que intentaba investigar el efecto de los psilocibios en la experiencia religiosa. El señor Leary había sido introducido a los psilocibios en México, y estaba con ansias de experimentar con ellos en el ámbito de la psicología. El Viernes Santo de 1962, un grupo de estudiantes recibió psilocibina, y el otro niacina (esta última a modo de placebo) antes del servicio en la Capilla Marsh de la Universidad de Boston. Después del servicio, casi todo el grupo que recibió psilocibina informó haber tenido una profunda experiencia religiosa. Por lo tanto, se consideró que este resultado apoyaba el potencial enteogénico del uso de drogas alucinógenas. Curiosamente, el experimento se ha repetido posteriormente bajo circunstancias algo diferentes y posiblemente mejor controladas y los resultados fueron sustancialmente los mismos.

Una característica sobresaliente de la intensa experiencia religiosa es su tendencia a crear dentro del espectador convicciones profundamente arraigadas que le hacen colocar las consideraciones religiosas por sobre todas las demás. Aquellos que no son simpatizantes de tales convicciones pueden considerarlos como meros fanatismos o locuras, lo que a veces puede ser el caso (véase mi artículo sobre el Fundamentalismo Religioso). Pero es difícil para los hombres contemporáneos, sin el beneficio de la historia, determinar la salubridad de una creencia y el comportamiento que trae consigo. Algunos de los hombres más importantes de las religiones del mundo alguna vez fueron consideradas criminales e incluso locos (muchas veces ambas). Moisés era un fugitivo; los cristianos primigenios fueron acusados de “odio a la raza humana” (me parece muy tierno que los cristianos posteriores quisiesen emular a sus predecesores con cositas amorosas como la Inquisición Española); también varias veces estuvo en prisión George Fox debido a su integridad religiosa; y Martín Lutero se vio obligado a mantener su integridad a cambio del martirio.

El mundo contemporáneo se ha enfrentado a objetores de conciencia cuyas convicciones religiosas les impelen a resistir el cambio.

Esta terquedad en el entendimiento se agrava cuando hablamos de religión mística, que es la la raíz de la experiencia religiosa personal. El estado místico de la mente tal y como ha aparecido a lo largo del tiempo ha sido muy estudiado. El misticismo no es ni superstición ni emoción vaga, sino, al menos en sus características esenciales, un estado mental identificable, probablemente el más intenso y cautivador de que es capaz la naturaleza humana. En el séptimo libro de La República, Platón lo describe como “la región más brillante del Ser”. En el centro de esta experiencia está una percepción del mundo tan diferente de lo que se suele llamar realidad que los místicos universalmente fallaron en transmitir su naturaleza a aquellos que no han tenido la experiencia ellos mismos. Los anales del misticismo revelan que los místicos perciben una unidad sencilla y maravillosa que subyace a la apariencia de todos los seres vivos y de la materia, de donde deriva la compasión, la empatía y la comprensión tan a menudo desarrolladas como un fruto primordial de la conciencia mística. El místico también se siente en contacto con lo santo y lo divino, esa realidad objetiva y definitiva más allá del tiempo y del espacio que trae consigo la “paz que transciende a la comprensión”, pero que no puede describirse sino con paradojas y enigmas. El místico es el artista y poeta de la vida religiosa. Pedir al místico que renuncie a su percepción o que evite el comportamiento al que le lleva el estado místico, equivale a pedirle que se niegue a sí mismo. La posición del místico es como la de un hombre que ve en una sociedad de ciegos. ¿Y como explicarle a un ciego la naturaleza de un caleidoscopio? ¿Cómo justificaría su experiencia de la vista? Sus balbuceados intentos de transmitir a los ciegos su experiencia de la vista sólo lo marcarían como “raro”; y sus aventuras en el mundo basadas en un sentido de la vista sólo aparecerían como la pura locura y probablemente como una amenaza para la sociedad. Platón trata de señalar esto en el séptimo libro de La República a través de su famosa analogía de la Cueva, un pasaje que tiene un significado especial para cualquier místico que se la cruce.

Lo que propone mi tesis es que es de este estado del que han nacido todas las religiones, y precisamente son estados alterados a los que se puede llegar tras consumir ciertas sustancias. Todo lo que percibimos es una respuesta de nuestro sistema nervioso, y cuando este se ve alterado por algún químico percibimos la realidad de modo diferente.

Ha habido una gran cantidad de especulaciones acerca de la identidad real de las drogas utilizadas con fines religiosos en el mundo antiguo. Por ejemplo, ¿cuál es la verdadera identidad del soma, la droga usada por los dioses en los antiguos Vedas hindúes? ¿O la identidad del nepenthe, la “droga del olvido” mencionada en la Odisea? Aunque es imposible responder a tales preguntas en un sentido científico definitivo, se puede especular acerca de las diversas posibilidades.

Por ejemplo, veamos la historia de la Amanita muscaria, el hongo más famoso del mundo. Y para ver donde comienzan las menciones más antiguas, tal vez, del uso de este hongo, tendríamos que analizar el soma. Para entender el significado del soma hay que considerar algunos de los textos religiosos más antiguos conocidos por el hombre: los ya mencionados Vedas, textos sánscritos que representan las escrituras hindúes más antiguas. El más antiguo de estos textos -el Rigveda, una colección de más de mil himnos- fue compilado en el norte de la India alrededor del año 1500 aC. Un desarrollo paralelo pero ligeramente posterior en la antigua Persia fue la composición de los textos religiosos del zoroastrismo, el Avesta.

Tanto en el Rigveda como en el Avesta se menciona con frecuencia el soma (o haoma en el Avesta) (hasta 1544 veces solo en el Rigveda, un promedio de tres veces por página). En estos episodios el soma se describe como una planta de la que se puede producir una bebida o poción que fue consumida por los dioses, dándoles poderes fantásticos que les ayudó en sus hazañas sobrenaturales. Las personas que entendían la identidad del soma de la planta podían usarlo para darse poder y comunicarse más efectivamente con las deidades.

Voy a copiar una sección del Rigveda para que entendamos la similitud con los estados alterados e consciencia:

“Hemos bebido Soma y ahora somos inmortales; hemos alcanzado la luz, la luz
Descubrimos a los Dioses.
Ahora bien, ¿qué puede hacer la malicia del enemigo para hacernos daño? ¿Qué es el Inmortal, sino la decepción del hombre mortal?”

Pero, ¿qué era realmente soma? Hay gente que opina que era ephedra o posiblemente cannabis, pero opino que era Amanita muscaria. Este es un hongo grande instantáneamente reconocible. Esto se debe a su sorprendente apariencia atractiva y su amplio uso en la cultura popular.

Hay numerosos detalles proporcionados en el Rigveda que sugieren cómo el soma era preparado y utilizado. Sin embargo, la evidencia más interesante e influyente a la hora de considerarlo como Soma se origina de informes sobre el uso de Amanita muscaria a mediados de 1700. Varios informes de los siglos XVIII y XIX describieron el uso de Amanita muscaria por diferentes tribus siberianas, y particularmente por los brujos o chamanes que lo usaron para lograr “un estado exaltado para poder hablar con los dioses”. Curiosamente, se observó que el consumo de orina que contenía fármacos podría continuar durante un máximo de cinco ciclos, pasando de un individuo a otro antes de que la orina perdiera su capacidad de intoxicación.

El uso de hongos alucinógenos, presumiblemente Amanita muscaria, por los habitantes de Siberia parece ser una práctica muy antigua. Esto es sugerido por el descubrimiento de varias tallas de roca de la Edad de Piedra en 1967 en el norte de Siberia cerca del Océano Ártico. Estos parecen representar hongos y mujeres con hongos.

Petroglifos en el río Pegtymel, con alrededor de 3000 años, donde se ve a varias figuras antropomorfas con cabezas con forma de hongos (siendo que en esta zona se reporta el uso de Amanita Muscaria como embriagante chamánico).

Este es un área habitada por el pueblo Chukchi, que fue uno de los temas de los informes de los siglos XVIII y XIX sobre el uso de hongos, por lo que se podría suponer que habían utilizado hongos continuamente durante muchos años. De hecho, el uso de Amanita muscaria por sus acciones alucinógenas continúa en Siberia hasta el día de hoy.

Se dice que los efectos psicológicos precisos producidos por Amanita muscaria varían mucho dependiendo del contexto individual y social. Sin embargo, una característica interesante observada en estos informes tempranos era una tendencia a perturbar la escala de percepciones visuales de modo que una pequeña grieta en el suelo pudiera parecer como un gigantesco abismo imposible de cruzar. En particular, esto fue observado por Mordecai Cubitt Cooke, un micólogo británico. Cooke escribió uno de los primeros libros sobre drogas psicotrópicas, en el que describió algunas de las propiedades del tabaco, el hachís, el opio, el betel, la coca, la belladona y la Amanita Muscaria. Dicen que uno de sus libros fue leído por el Reverendo Charles Dodgson, más conocido en el mundo como Lewis Carroll, y así apareció el hongo que Alice podía comer para alterar su tamaño a voluntad en Alicia en el País de las Maravillas.

Entonces, si la Amanita muscaria es idéntica al soma, que tuvo una fuerte influencia en el desarrollo del hinduismo, ¿por qué no todas las demás religiones también?

En base a esto, tomé el ejemplo más claro: el cristianismo. Busqué las imágenes primigenias de esta religión, y me encontré que las primeras representaciones de la fruta prohibida fueron hongos.

Adán y Eva con el árbol de la vida.
Adán, Eva y la fruta prohibida.

Un poco más adelante en mi investigación, me adentré en las representaciones de Jesús. Y me encontré con que éste también era o estaba muy relacionado con los hongos.

La imagen de Cristo siempre parece estar representada cerca de hongos.
Jesús, esta vez representado no con hongos, sino como un hongo.

Trabajo en un centro de lenguas semíticas, y aproveché la ocasión para ir a la raíz de ciertas palabras clave en esta religión, y entonces me topé con Allegro y su libro, El Hongo Sagrado y La Cruz. Este señor consideró la posibilidad de que los pueblos antiguos se hubieran interesado particularmente en dos cosas: la procreación y el suministro de alimentos. Sugirió que pueden haber visto la lluvia como un tipo de semen celestial que luego impregnó la tierra, permitiendo el crecimiento de las cosechas. Sus plantaciones absorbían este sagrado semen, algunas plantas más que otras. Amanita muscaria era una de esas plantas, de tal modo que cuando se consumía, permitía a una persona comunicarse más estrechamente con Dios.

Allegro también sugirió que la información relativa al uso de Amanita muscaria como un sacramento religioso de fertilidad estaba sujeta a un gran secreto, la procedencia de una secta sacerdotal. Él especuló que estas prácticas se desarrollaron muy pronto en la historia humana, incluso antes que la escritura. Sugirió además que la existencia del hongo estaba secretamente codificada en el uso de raíces de palabras sumerias particulares.

Esta codificación secreta del culto de la fecundación de hongos a través de las edades finalmente llevó al desarrollo del concepto de Jesús para encapsular la identidad de la Amanita muscaria en el momento del saqueo del segundo templo por los romanos. Según Allegro, Jesús nunca existió realmente: utilizando el análisis filológico de la estructura de la antigua lengua sumeria, el nombre de Jesús en realidad significaba algo similar a “semen” y que Cristo significaba “Hongo con forma de pene gigante erecto”. La Biblia (y el Nuevo Testamento en particular) es una serie de mitos que describen los secretos del culto a la fertilidad de la Amanita muscaria en vez de personas reales.

Sin embargo, el “mito de Jesús” se extendió rápidamente y se convirtió en cristianismo, olvidándose de sus orígenes en que su principal figura nunca existió y era una palabra en código para un hongo gigante falomorfo.

S. Torres.