Cada vez que alguien dice “el cambio está en uno mismo”, pierdo unos cuantos años de vida.

Así dice un Tweet que publiqué el día de ayer, probablemente inspirado por algún comentario en clase que finalizado con el típico: “Pero bueno, el cambio está en uno mismo”. Siento que apelar de tal forma a la voluntad individual es la puerta que permite que actores sumamente importantes se deslinden cómodamente las responsabilidades adjuntas al rol que juegan en nuestro contexto.

Creo que un buen punto de partida punto de partida podría ser un ejercicio de introspección ¿cuántas veces has permanecido en una situación incómoda evidentemente sin así desearlo? ¿por qué otros factores distintos a tu propia voluntad ganaron la pelea? Erich Fromm en “El miedo a la libertad” argumenta que llegamos a aceptar o reproducir conductas, discursos, patrones, etc. debido al temor al rechazo o exclusión por parte del grupo al que se pertenece. Esto no es del todo criticable — ojo, del todo — pues al final uno de nuestros principales mecanismos de defensa es la pertenencia misma.

Por otro lado, abro otra pregunta ¿cuáles son las condiciones necesarias para que modifiquemos una conducta o percepción respecto a algo? En primer lugar creo que es el pleno conocimiento de que ese algo no está funcionando; en segundo lugar, tener al menos una idea de las posibles causas por las que no funciona; tercero, tener el conocimiento de que existen alternativas para darle solución y por último, tener los medios y encontrarse en las condiciones de hacerlo. Ahora ¿qué pasa cuando nos quedamos en el primer o segundo paso? o, peor aún ¿qué pasa cuando ni siquiera notamos que algo no está funcionando?

Si bien, la voluntad del individuo es importante, el contexto es fundamental. Deben existir las condiciones para que la modificación en la conducta sea viable; es decir, alguien o algo que nos oriente en el turbio camino del cambio de percepción. Un burdo ejemplo, supongamos que una persona tiene un dolor de espalda debido a la mala postura pero por el momento lo único que percibe es el dolor, desconoce la causa; esta persona continuará teniendo mala postura hasta que descubra que esa es la razón de su malestar, ya sea por la opinión de un médico o investigación propia. ¡Listo! la solución es que tiene que modificar el hábito de encorvarse, pero resulta que trabaja cavando zanjas por lo que la mejor alternativa es cambiar de trabajo, alternativa sumamente complicada porque tiene cuentas que pagar. Existe la intención de eliminar el dolor de espalda pero no las condiciones deseables para que lo pueda hacer. Ahora apliquemos la misma lógica para un malestar no tan evidente.

Retomando lo que mencionaba al principio, que apelar de tal forma a la voluntad individual es la puerta que permite que actores sumamente importantes se deslinden cómodamente las responsabilidades adjuntas al rol que juegan en nuestro contexto, me refiero a que actores que se encuentran en la posición de crear las condiciones que motiven que el individuo modifique su conducta o percepción se deslindan de esto argumentando precisamente que la gente “no quiere cambiar”. Si nuestro principal argumento es que el cambio está en uno mismo entonces le estamos quitando peso, y por lo tanto responsabilidad, a las instituciones gubernamentales, a las empresas, la academia, etc. Con ello no quiero decir que la acción de Pepita Pérez de no tirar la basura en la calle no contribuya a resolver el tema de la contaminación, pero sí quiero decir que Señor Gobierno y Señora Empresa pueden promover condiciones para que Pepita Pérez no contamine, por ejemplo, en sus traslados.

Sí, la voluntad propia juega un papel fundamental pero aún más importante es el contexto pues es donde se incentivará el famoso cambio o al menos, se planteará la necesidad de modificar conductas o acciones. Si nos quedamos sentados esperando hasta que todas las conciencias individuales decidan un día que tienen que cambiar su forma de pensar o actuar, habrá problemas que perderán toda posibilidad de ser resueltos.

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