La eternidad
Quizás el silencio dura más allá de sí mismo y la existencia es solo un grito negro, un alarido ante la eternidad. Antonio Gamoneda
El silencio de la casa penetra tan fuerte que a veces logra simular ser un habitante más, como aquel que ronda en cada habitación para sepultarse en la principal a la que tanto temo entrar. Su presencia es parecida a un recuerdo doloroso que carcome tu interior y que vuelve solo para reafirmar lo que has perdido.
Iván dice que esa persona es inofensiva, que suelo preocuparme de más. Le he dicho que me asusta y solo responde: “debes aprender a vivir con él”. Así que trato de acostumbrarme a sus apariciones.
Hemos cenado juntos varias veces. No es de los que suele sentarse y hacer mucha plática, solo rodea el espacio de la cocina donde me encuentro y me mira fijamente. Creo que yo también le genero un poco de terror por mi forma escuálida, el poco cabello que logré rescatar de mi enfermedad y la joroba que resguarda mis más de ochenta y nueve años.
También estoy seguro de que le causo curiosidad y por eso me persigue como una sombra pequeña. En cierta cena se acercó tanto a mí que su aliento susurró mis entrañas. Le grité a Iván para pedir auxilio, pero seguía sumergido en la historia sobre el regreso de cierta persona y su encarcelamiento. No quise interrumpir y decidí quedarme en el comedor donde mi acompañante estaba en un rincón.
Desde ese suceso aprendí a estar más con su presencia y, en el proceso, descubrí que la casa es como la vida: una temporalidad de aprendizaje que lleva a la aceptación de todo lo que la concreta.
Después del miedo, él suele traer la claridad del tiempo y los recuerdos despiertan en cada estrago de la casa. El sillón extrae los besos de mis padres y la esencia de un amor inconcluso que dio como origen esta enfermiza persona en la que me he convertido. La cocina revive el olor de la comida de mi abuela, que cantaba mientras la licuadora mezclaba cada ingrediente. Mi risa de felicidad por no estar solo durante ese instante es tan estridente que el miedo parece desvanecerse y cobijar al otro.
Él llena la contemplación del olvido que cada rasgo de mi ser trata de absorber para mantenerse vivo, porque ya no logró reconocer qué es el presente y qué es la memoria. Iván no logra ver estos detalles, para él la casa es sólo un espacio más donde puede estar y seguir realizando su ansiado poema como venganza a su familia. Ni siquiera sé por qué está aquí y si es real, solo está en un estante más, existiendo. Sonríe cada vez que le digo esto y finaliza: “estoy escrito y formo parte del librero, del que no tendrás un recuerdo”.
A veces creo que el otro tampoco es real, pero al estar aquí, presente, vive a través de sus ojos fijos en mí. Me alegra que estemos mirándonos morir, sepultándonos en esta casa que contienen la esencia de la familia que se negó a aceptarme cuando mis manos y piernas no fueron los suficientemente fuertes. Pese al amor que he dado y recibido, el rechazo sentenció mi vida.
El otro me acecha y me hace soportar esta soledad donde me resguarda la casa y que invade con su presencia, como una sombra que con su eternidad agobia la vida.
Quizás la memoria es solo una distracción de la muerte para demostrar lo poco que nos da la vida. El tiempo se detiene en esta casa, en estos recuerdos que van dejándome más solo, porque Iván perdió la razón tras el asesinato de su padre, se culpa y su culpa logra retumbar la casa.
¿Yo también soy culpable de vivir? ¿De esperar la muerte en esta casa? La comida está por terminarse en la alacena y considero también finaliza la bitácora de mi memoria. Estoy listo para entrar a la habitación principal, mi otro lo sabe, por eso toma mi mano y juntos ingresamos a ese espacio del silencio.
