Fin.

Silvio Pardo
Sep 8, 2018 · 7 min read

Medico por accidente (parte 5)

Por acá te dejo las partes: Uno, Dos, Tres y Cuatro. Feliz cumple.


Octubre del 2016. Objetivo: sumergirme en la medicina.

Septiembre del 2018: No puedo terminar de escribir el final de esta historia.


Mi objetivo al escribir esta serie de artículos es poder expresar lo que estoy viviendo, me ayuda a entenderlo y atravesarlo. Abriéndome, contando mi vida personal a los que pasan por acá y leen, los conozca o no. A veces me siento raro sincerámendome a este nivel, pero al mismo tiempo muy cómodo. Transparente, genuino. Creo que todos los humanos sentimos más o menos parecido, vengamos de donde vengamos, y podemos sentirnos identificados con lo que vemos en una película que se filmó a 15.000 km de casa, o escuchando la letra de un tema en otro idioma. A esa forma de sentirse identificado por medio de lo que sentimos, yo lo llamo: empatía.

Por eso escribo. Siento una agradable y familiar sensación cuando alguien pasa por acá, lee lo que escribo y se siente identificado con algo. Cuando siente empatía con lo que me pasa. Y mientras más sincero escribo, más empatía se genera. Con mi profesión, aunque practiquen otra. Con una enfermedad, aunque no estén enfermos. Con un relato de amor, aunque no estén enamorados. Con un viaje, una comida, una forma de pensar. Por eso escribo. Para que cada vez seamos más los que venimos a este lugar cibernético sin cuerpo físico a sentirnos identificados, a reflexionar, a removernos con la intención de entendernos, aceptarnos y querernos, cada vez un poco más. A reírnos con algún chiste que tiro para aliviar el peso de ese trabajo interno.

Hoy escribo con ganas de cerrar el último capítulo de esta novelita que empecé a escribir hace unos días, pero no me sale. Convenientemente no encuentro las palabras, los modos ni los chistes para escribir lo que siento. Porque no se lo que siento. Estoy en pausa.


Hace dos años trabajo en una clínica donde tuve la oportunidad de ponerme un guardapolvo blanco, colgarme un estetoscopio y que me digan Doctor. Y todo lo que eso conlleva. Y a todos lo que eso conlleva. El abrir una puerta y ver gente accidentada, con raspones, sangre, cortes, suturas, vendajes inentendibles, incapacitados para moverse por sus propios medios. Gente con enfermedades crónicas, con parálisis crónica, con dolor crónico. Sentir un montón de olores que pueden emanar del cuerpo humano. Ver salir un montón de fluidos del cuerpo humano. Salir corriendo por una emergencia y ver un tipo duro, rojo y temblando en una cama, otro convulsionando, otro en pleno brote psicótico por abstinencia. Hablar con los pacientes, hablar con los familiares, hablar con los enfermeros. Tener que estar a demanda y resolver todo, todo el tiempo. Firmar. Sellar. Indicar. Prohibir. Medicar. Acompañar. Tolerar. Escuchar los problemas que dejó la gente afuera de la clínica, los que no pueden resolver. Los que no puedo resolver. Los cumpleaños de hijos que se pierden por estar internados. Verlos pasar a terapia intensiva. Verlos volver porque mejoraron. Verlos irse de vuelta porque empeoraron. Cruzarlos después de meses en algún pasillo, más compuestos y con cara de gente que te podes cruzar en la calle, y que se acuerden de vos. Y te den un beso, la mano y te agradezcan. Tal vez algunos desviaron la mirada y evitaron encontrarme porque no se sienten para nada agradecidos. También es posible. No se.

Trabajando ahí tuve la oportunidad de mantenerme solo en un lindo departamento en Villa Crespo, salir a cenar dos o tres veces por semana, pagarme un curso de prevención cardiovascular, otro de cocina basada en vegetales, dos vacaciones a Europa, una a Chile, otra a Santiago del Estero, varias salidas y juntadas con los pibes, una cama de dos plazas, incontable cantidad de ropa, más uber que taxis, muchos libros que todavía no terminé de leer, varios café de autor, mi bici, comidas y meriendas con mis viejos.

En ese tiempo me reenamoré de la profesión que elegí y aposté. Me presenté a rendir el examen de residencia para Clínica Médica en 2017. Rendí, en Abril, dos exámenes: U.B.A. y Municipalidad. Quería entrar al Sanatorio Güemes pero quedé muy mal rankeado en el examen de U.B.A. En el primer llamado no pude tomar ese cargo. En el examen de municipalidad me fue menos peor: Cuando me nombraron me paré y tomé el cargo en el Durand. Antes de empezar el año lectivo, el primero de Junio, renuncié porque no me gustaba el lugar.

Entre las tres semanas que separan el primer y el segundo llamado para tomar cargos, empecé a amigarme con la idea de no hacer la residencia ese año. Estaba seguro que era necesaria para formarme y además, lo reforzaba mi mandato social interno de “si no hacés residencia, no sos médico”. Pero… no me quería meter en cualquier lugar. Además, en esos días me dieron mas horas en el laburo con lo cual podría ahorrar, vivir un año más tranquilo y volver a presentarme en el 2018 más preparado. En el segundo llamado de U.B.A. fui sin mucha esperanza. Cuando quedaba libre el último puesto para el Sanatorio Güemes se escucha:

Doctor Pardo Assalian, Silvio.

El puesto era mío. No entendía como, pero era mío. Ese puesto por el que tanto luche, estudié, me esforcé y sacrifiqué. Mi oportunidad para empezar un camino en un buen lugar con proyección a futuro estaba al alcance de mi mano pero… no me paré. No tome el cargo al lugar que realmente quería. Algo más poderoso me convenció que lo mejor era seguir trabajando en la clínica. Que ese no era el momento para meterme a una residencia. Esperé unos minutos y me fui. Salí de la facultad totalmente consternado. No entendía si por haber tenido la oportunidad de tomar el cargo o por la extrema tranquilidad que sentía al no haberlo hecho.

Con la liberación de no hacer la residencia y tener tiempo libre sin estudio, aproveché para salir y hacer todo lo que no había hecho en esos meses ni en todos los años de facultad. Estaba soltero, con guita y un departamento en medio de Capital Federal. Lo dejo a tu criterio.

Mientras en mi cabeza seguía esa voz que me decía “jodé todo lo que quieras, pero el año que viene hacés la residencia”.

Paralelamente seguía trabajando y formándome en ese lugar. En Diciembre ya no estaba tan enamorado de mi profesión. El laburo me aturdía cada vez más y no terminaba de entender que estaba haciendo, cual era mi objetivo ahí adentro y como médico. Sentía que no estaba ayudando a nadie. No contribuía en absolutamente nada para mejorar al mundo. Era todos los días lo mismo: Entraban pacientes, se iban pacientes. Una gran fábrica de poner parches a la salud. Me sentí un pedazo de chapa de esa fábrica cumpliendo protocolos, consensos, tablas. Me di cuenta que la mayor parte de mi trabajo estaba adelante de una computadora escribiendo, pidiendo estudios, viendo laboratorios, hablando con administrativos para pedir cosas. Cada vez tenía menos tiempo para estar al lado del paciente, interrogarlo, escucharlo, revisarlo, dedicarme. Y menos ganas.

En ese mismo Diciembre arranqué a estudiar, pero con muchas menos pilas que antes. En esos días me crucé por los pasillos a Damián, un paciente que acompañé durante diez meses en la internación. Estaba muy bien, muy recuperado. Parado y haciendo sus cosas. La historia de Damián (que me obligó a poner su nombre verdadero si algún día escribía algo) es para otro momento, la cuestión es que cuando lo vi, no me pasó nada.

Para fin de mes desistí totalmente: No tengo lo necesario para dedicarme a esto.

Puedo poner un montón de excusas: que el sistema, que el sueldo bajo, que las condiciones indignas, que la falta de conciencia de salud en la sociedad en general, que las pelotas en escabeche. Pasé mucho tiempo dudando, criticando y echándole la culpa a los demás no haciéndome responsable por lo que me pasa. La realidad es que yo no lo siento. No me siento cómodo en el rol de médico que ese sistema en el cual me formé me ubica. No tengo más ese hambre por llegar a mi casa y leer, por invertir tiempo en formarme, por cultivar mi tolerancia en la enfermedad del otro. Llegué a la conclusión que si seguía por ese camino iba a llegar a grande, amargado y frustrado por no haber escuchado a mi corazón. Mintiéndome a mí mismo.

Este Viernes siete de Septiembre del 2018 fue mi última guardia en la clínica cual formé parte como médico de internación durante esos dos años. Renuncié. Ahí aprendí casi todo lo que hoy se de medicina. Cumplí mi objetivo: me sumergí en la medicina. El resultado no es el que esperaba. Pero es el resultado del cual me quiero hacer responsable. Es eso o instalarme en la queja.

Hoy, en este contexto; con la ley de la despenalización del aborto vetada, el dolar a $37 y el sol haciendo oposición a Neptuno: estoy desempleado. Tal vez en el peor momento económico del país, estoy sin trabajo estable. No, no conseguí otra cosa antes de renunciar porque no la busqué. Fue la decisión entre más sensata y drástica que sentí para cortar con todo esto. Algo en mi corazón me dijo que este es el camino correcto. Este vértigo, este “no saber que”, este espacio sin nada más que yo y lo que me pasa.

El Silvio de los 18 estaría totalmente confundido pero entendería que una persona así no debe trabajar en la salud. El Silvio de los casi 30 entiende, abraza y perdona al Silvio de los 18. Y también piensa y cuida a los Silvios subsiguientes.

En este post no hay fotos, no hay chistes, no hay finales felices ni abiertos. No hay más TO BE CONTINUED porque no tengo idea que viene después de acá. La historia, de ahora en más, la escribiré en vivo y en directo.

Dos semanas antes de irme me lo volví a cruzar a Damián. Dejé todo lo que tenía en la mano y lo abracé muy fuerte. Por ese y por el abrazo que le debía. Me puso muy feliz verlo bien.

Muchas gracias por leer.

Silvio Pardo

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