Catherine Deneuve también merecía sororidad y se la hemos negado

Soy feminista desde la adolescencia. He tenido épocas más belicosas que otras, pero en mi casa siempre me educaron en la igualdad de derechos y para empoderarme ante situaciones de discriminación. He leído libros y debatido sobre el tema con amigos y amigas, también con mis parejas; he montado pollos a acosadores callejeros; he formado parte de colectivos feministas y luchado contra la invisibilización de las mujeres en el ámbito de la creación. Y, por supuesto, en los últimos meses he vivido con entusiasmo el auge del movimiento #MeToo. También he visto con preocupación algunos sucesos derivados de un feminismo mal entendido. Sí, porque como cualquier otra idea, en ocasiones el feminismo también se puede aplicar erróneamente, y eso no quita que sea necesario y su objetivo, más que justo.

Mi conflicto empezó cuando las intelectuales francesas publicaron su manifiesto en defensa del “derecho a importunar” y me lancé a leerlo con una indignación que no tardó en disiparse. Cierto que el texto contenía afirmaciones con las que no estaba de acuerdo, pero sin dejar de apoyar el movimiento #MeToo, alertaba sobre otras realidades que a mí tampoco me gustaban: la censura de obras de arte, el veto a las películas de creadores cuya moral estaba en entredicho y, sobre todo, el linchamiento y juicio paralelo a determinado famosos en las redes, no en base a una demanda o la condena de un tribunal, sino a acusaciones vertidas en Twitter. Entendí que el manifiesto no cayera bien, pero me pareció un toque de atención interesante que invitaba a hacer un poco de autocrítica.

La respuesta colectiva, en cambio, fue bastante más virulenta. El manifiesto contra el puritanismo fue simplificado y defenestrado. Al margen de algunas excepciones como Elvira Navarro, durante los siguientes días no dejé de leer columnas de opinadoras a las que admiro, en las que como mínimo se calificaba a las francesas de “cómplices del patriarcado”, junto con otros insultos menos finos que las tildaban de privilegiadas, hipócritas, partidarias del acoso o contrarias al #MeToo. Y cada texto que leía era como una bofetada en la cara. Cada insulto a las francesas era en parte un insulto hacia mí, porque había leído su manifiesto y no estaba enfadada. Porque había que indignarse y no era capaz. Porque entendía muchas de sus dudas y las compartía. Y no sólo yo, sino también muchas otras mujeres con las que discutí el tema. Sin embargo, la sensación general al leer a feministas de referencia se resumía en un “estás conmigo o contra mí” que no admitía réplica.

Puedo entender la indignación que sintieron las víctimas del acoso en Hollywood por la falta de sororidad que adolecían algunos puntos del manifiesto de Deneuve, porque yo he sentido algo parecido al leer algunas respuestas feministas contra las francesas. Muchas las han retratado como títeres al servicio de una reacción patriarcal que quiere poner freno al avance que constituye el #MeToo. Como si intelectuales de la talla de Catherine Millet o Joëlle Losfeld fuesen a dejarse manejar por ningún hombre a estas alturas de la vida; como si de la noche a la mañana todas las mujeres que compartimos sus inquietudes nos hubiésemos vuelto incapaces de pensar por nosotras mismas. ¿En base a qué concepto de sororidad puede una feminista decirle a otra que es boba, sólo porque no están de acuerdo al cien por cien?

Porque esa es otra cuestión: al poner en común mis dudas con otras mujeres de mi entorno, tanto partidarias como contrarias al manifiesto de Deneuve, no hemos tardado en descubrir que, en el fondo, estábamos de acuerdo en casi todo; que las cosas que nos unían eran muchísimas más que las que nos separaban. Bastaba con dialogar para entenderse y siento que en el debate público las feministas no lo hemos hecho: ha surgido una corriente discrepante y se la ha acallado de manera fulminante. Lamentablemente, no ha sido el patriarcado quien ha abierto la brecha, sino nosotras mismas y el miedo a que unas pocas dudas frenen el avance del feminismo. ¿Tan frágil consideramos este avance, que reaccionamos con tanta virulencia ante el primer asomo de crítica en nuestras filas?

Entiendo ese miedo, porque cada día se hace patente lo duro que es ganar terreno en materia de igualdad, pero no debemos dejar que el temor nos divida. Escuchémonos, hablemos, permanezcamos unidas en nuestras diferencias, que las seguirá habiendo, porque siempre las hay. No nos aferremos a un discurso monolítico donde no quepa el debate, ya que eso sólo ahuyentará a las feministas que no se sientan representadas por él. Entre nosotras, ahora y siempre, apostemos por una sororidad auténtica.