Sobre rutinas y otros pequeños (dis)gustos

Roger L
Roger L
Aug 25, 2017 · 4 min read

Son 6:30 de la mañana; el sol naciente, con sus colores abrasadores es un espectáculo que nadie se detiene a admirar. Chirridos de llantas, sonidos de motores y bostezos es lo único que se puede contemplar en la vida citadina.

En el extremo norte de la Ciudad de México tenemos a un joven universitario saliendo de casa trastabillando, con el aliento apestando a rutina absurda y el cabello delatando dificultad para despertar temprano, y mientras camina rápidamente por la acera para tomar el transporte público, atraviesa un festival de sensaciones; el olor del atole caliente que el tamalero preparó seguramente ésa misma mañana — dos horas antes — que lleva rodando con él, dejando un rastro de aromas hipnotizantes para los Godínez. Cruza también por una camioneta estacionada frente a una papelería; dentro de ella se encuentra una pequeña de ocho años aproximadamente, entre sus manos sostiene una maqueta de la etapa mesozoica hecha con plastilina, sus dinosaurios amorfos son de múltiples colores y el pasto está ilustrado con diamantina de colores pastel.

El muchacho llega por fin al pecero y mientras expulsa un suspiro agónico, mira su reloj de mano impacientemente. «Veinte minutos de aquí al metro, treinta del Rosario a Universidad y quince minutos caminando a la facultad. Sí llego. Quince, tal vez veinte minutos tarde. Pero llego.» Se dice a sí mismo en voz baja. Estaba tan ocupado intentando alcanzar el camión que no pudo notar los pequeños placeres que acababan de presentarse frente a él.

Y mientras todo ésto sucedía; en el otro extremo de la ciudad — el extremo sur — , un asalariado despierta temprano, sale puntual de casa, toma su maletín y se dispone a abordar el glorioso metro de la Ciudad de México. Entre empujones y arrimones logra sostener el equilibrio presionando su cuerpo contra la multitud que también se dirige hacia su nauseabunda rutina.

Cuando por fin logra salir del vagón; cruza miradas con una anciana que se encuentra de rodillas en una esquina, sus manos morenas lucen tan cuarteadas como la tierra seca, su mirada a pesar de demostrar cansancio, aún parece lo suficientemente lúcida como para reconocer dónde está, aún hay un poco de esperanza en ella. Pero no esperanza de vivir. Esperanza de no morir aún; y conforme extiende los brazos en señal de súplica, sonidos indescifrables salen de su boca. «Le daría las monedas que traigo en mis bolsillos, pero eso significa que me quedaría sin mi cigarrito del descanso. Y eso sí que no lo puedo concebir. Lo siento.» Se murmura a sí mismo el Godínez mientras apresura el paso entre su transborde de una estación a otra. Sube escaleras, esquiva gente, evita hacer contacto visual con vendedores ambulantes y continúa su camino. Lo que no notó es que en esa misma estación, un joven de aspecto demacrado, tocaba entre notas arrítmicas y armonías a penas construidas, un cover de La vie en Rose. Cuán afortunados serían los enamorados de escuchar a ése mismo joven pidiendo limosna algún sábado por la noche. Pero desafortunadamente los hechos no sucedieron así.

Porque los pequeños placeres de la vida no están diseñados para poder ser disfrutados en un sistema capitalista como el que nosotros vivimos. Eso que nosotros tanto anhelamos, el sonido de un ave al despertar, el olor a pan recién horneado por las mañanas, el calor de un amanecer mientras descansas tranquilo junto a la persona que amas. Todo eso está muy alejado de la realidad; porque la felicidad, el amor, es algo que sólo existe en la ficción. Es algo que sólo puedes ver en el cine los fines de semana. Tu vida no consiste en eso, tu vida no se desarrolla en torno a la búsqueda del amor de tu vida. Tu vida no es una escena de La La Land. Tu vida se desarrolla en torno a las deudas que debes pagar, al trabajo que debes conseguir incluso si mentir en tu curriculum es necesario, en la burocracia ridículamente absurda, en la rutina. La rutina nauseabunda. La rutina insoportable.

Y es que una vez que te haces consciente de todo ésto, sólo puedes notar una cosa: el sentido de existir no es vivir; es sobrevivir. Es aferrarte hasta el último aliento de vida a las miserias que logras pagar con tu salario mínimo, a los placeres que te puedes comprar, siempre y cuando entren en la delimitación de lo políticamente disfrutable dentro de éste sistema corrupto, vil y anacrónico que nos destroza el alma desde lo más profundo de lo que somos.

¿Cuántos pequeños gustos no notaste hoy?

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