Un libro, los años y lugares.

Leí por primera vez Los Detectives Salvajes (Bolaño, 1998) en el otoño del 2013. Descubrí aquel libro y muchos otros en Profética; su biblioteca me ofreció la posibilidad de refugiarme y de conocerme en el silencio de sus galerías.

Al igual que la biblioteca, el libro de Bolaño fue un refugio donde cobijarme, a veces, de la infatuosa realidad. Recorrí a través del diario del poeta García Madero las calles de la Ciudad de México de 1975. La poesía es el vehículo de la novela y sus pasajeros los poetas, poetas detectives que siguen el rastro de un mito o de una figura difusa. Bolaño crea un México efervescente y dinámico, de hombres y mujeres de sombras, de nombres evocativos y singulares. El trazo de las calles de la ciudad suele ser fantasmagórico en el autor, sin embargo, nos conduce livianos por Bucareli, el Café Quito, la Alameda o el Encrucijada Veracruzana y nos sentimos parte de ese mundo donde deambulan rufianes pero también jóvenes como nosotros, jóvenes con sueños.

Mi viaje con Los Detectives Salvajes me ha llevado a recorrer varios lugares del mundo a través de los ojos de sus múltiples personajes y quizá también a ver y recorrer las calles de mi propia ciudad de otro modo. Puedo reconocerme en la novela, en sus distintas épocas, en sus pasajes más brillantes y en otros más opacos.

Son cuatro años de la travesía y sé que de aquella primera lectura, el libro y yo no somos los mismos. El polvo ha caído sobre él y sus hojas han cambiado de color. Llegará el día en que sea polvo y sus letras recorran un camino aleatorio y confuso. Y ese libro que es mi espejo también reflejará mis años, mis viajes y mis sueños.

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