Y nada dolía: Góspel en el espacio

En su primera acepción, el diccionario no le impone, ni sugiere, un destinatario a la palabra plegaria: “Deprecación o súplica humilde y ferviente para pedir algo”.
Para suplicar, se requiere, sí, de un necesitado, pero también de un otro, el que es capaz de darle respuesta. Quizá también de un poco de fe: la convicción absoluta de que ese otro — comúnmente, Dios — puede atender a la súplica con sólo un golpe de su poderosa voluntad.
Ya desde 1997, J. Spaceman (Jason Pierce) había formulado la plegaria que, creo yo, resume la poética de su trabajo en la banda Spiritualized: All I want in life’s a little bit of love to take the pain away / Todo lo que quiero en la vida es un poquito de amor para llevarse lejos al dolor.
Ahí, en la canción homónima que abre su primera obra maestra, Ladies and Gentlemen We are Floating in Space, Spiritualized enuncia con simpleza el leitmotiv que guía su trabajo. En el universo autocontenido de sus letras, la condición primigenia de la existencia es el dolor; una condición cuyo único remedio es ese poquito de amor que se suplica — y aquí lo más importante — a través de la infinitud del espacio, como lanzando una sonda hacia lo desconocido, a la busca de una frecuencia de cariño que viaje a los oídos del suplicante desde una galaxia lejana.
Como el rock es una mezcla afortunada entre el talento, la mística, la biografía y el mito, conviene recordar algunas cosas.
Spiritualized, surgida tras el fin de Spacemen 3, heredó la estética espacial que Pierce y Peter Kember, fundadores de esta última, idearon como metáfora de los viajes lisérgicos y extracorpóreos de su muy particular manera de abordar la psicodelia, con ellos como pioneros de algo que, tomando prestado un término setentero, terminaría por llamarse space rock.
Tan conocida como la ruptura amorosa que dio origen a Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space es la siempre precaria salud de Pierce a causa de años y años de abuso de sustancias. Su voz, una suerte de susurro lastimero, añorante, funge en cada disco como un recordatorio constante de los roces de J. Spaceman con la muerte.
Es ahí, en la confrontación temprana con su final, donde entra el góspel para situarse en la cartografía espacial de la banda. En ese género musical de alabanza cristiana, refinado por la comunidad negra de Estados Unidos — al que el blues, el soul, el R&B, el bluegrass, el rock y el hip-hop le tienen una deuda impagable — , está el núcleo de Spiritualized.
Si la vida es dolor, la música es un viaje interestelar y la canción es una forma de la plegaria amorosa, entonces el góspel en el espacio de la banda, como lo sugiere su nombre, es una manifestación eminentemente espiritual. No importa si el destinatario es un Dios todopoderoso (Shine a Light), uno al que se le trata con sospecha y sorna (Walking With Jesus), u otro al que se le niega por completo (No God, Only Religion), lo importante es la plegaria que se lanza en ese cohete, propulsado por los tempi desacelerados, las guitarras lánguidas, los soniditos satelitales, los órganos eclesiásticos y los coros evangélicos hacia la infinita negrura. Una plegaria de amor en el vacío.
Recuerdo que cuando Spiritualized vino al teatro de la Ciudad por primera y única vez, en el 2013, escuchar So Long You Pretty Thing me hizo envidiar por unos momentos a la devoción religiosa genuina, a la creencia mística en un creador todopoderoso de la que, desde hace ya muchos años, carezco por completo.
Y si bien es cierto que la canción que cierra el Sweet Heart Sweet Light tiene como base la línea “Ayúdame, Señor. Ayúdame, Jesús”, el cierre coral es deliciosamente secular, o al menos de una religión distinta: “So long you pretty thing, save your little soul. The music that you play so hard on your radio. All your dreams and diamond rings, all that rock n’ roll can bring. So long, so long”.
Así, mientras la coreaba, arropado por la distorsión y un coro angelical de voces negras, el Teatro de la Ciudad se volvió una iglesia flotando, claro, en la soledad del espacio. De eso, creo, se trata la banda.
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Hace unos años, J. Spaceman había declarado en una entrevista que su siguiente disco, el sucesor de Sweet Heart Sweet Light, sería el último de su carrera. Hace unos días se desdijo, pero poco importa.
Fechado para el 7 de septiembre, And Nothing Hurt ya puede escucharse completito en NPR. Si al final Pierce decidiera hacer valer su palabra inicial, sería una fantástica forma de decir adiós.
En la primera canción, una vieja conocida que nunca se había grabado, Spaceman hace una promesa que se dispone a cumplir en los 43 minutos subsecuentes: “Me gustaría sentarme aquí y soñarte un milagro perfecto”.
Así lo hace. El disco es A Perfect Miracle porque, a pesar y a propósito de su tortuosa hechura — más de 200 pistas ensambladas una por una casi exclusivamente por él mismo y de forma casera — , representa una especie de arribo, de regreso, al lugar anhelado.
Desde el pequeño vals espacial de Let’s Dance hasta la desmesura psicodélica de The Morning After, el disco no carece del tradicional desasosiego de sus antecesores, pero, puesto en una balanza, resulta un álbum mayormente, extrañamente, optimista.
La clave está en el título, tomado de una famosa frase de Kurt Vonnegut en Slaughterhouse-Five: “Everything was beautiful, and nothing hurt”. A ese estado utópico de plenitud, donde todo es bello y nada duele, es al que aspira llegar esta nave.
Cada una de las canciones, como satélites naturales que orbitan alrededor de una misma idea, tiene su propia atmósfera y color. Rock progresivo, country, blues, soul — todo bajo la manta protectora del góspel — se suceden de una pista a la otra, dejando al escucha ante el asombro de que un disco tan expansivo, tan amplio en sus alcances musicales y sonoros, pudiera grabarse casi por completo en una laptop casera.
De ahí, creo, sale el conmovedor intimismo de mi favorita del disco, Here it Comes (The Road) Let’s Go, donde Spaceman se limita a darle a un interlocutor desconocido las indicaciones para llegar a su casa (Toma el camino que sale del pueblo / Checa que tu gasolina y aceite estén en orden / Atento al camino y estarás bien / Y puedes manejar a través de la noche).
En una entrevista para el New York Times, Pierce describe el sonido que quería para su disco como un clásico de Capitol Records siendo transmitido desde un satélite lejano.
Uno se imagina entonces atrapando esa frecuencia en cualquier dispositivo disponible y recibiendo las indicaciones para llegar a su cuarto.
“Sube la colina en segunda velocidad / Puedes ver mi casa dese ahí / Y la forma en la que late mi corazón / Escucharás su sonido / Y te espantará el sueño”, te canta, antes de que la canción se rompa en secuencias de sonidos espaciales, trompetas y un coro de iglesia.
Cuando la vida duele, quizá los más livianos visos de resignación calmada se toman como una forma de optimismo. Puede ser el caso aquí, pero me gusta pensar que J. Spaceman, en este disco, se encuentra bien, donde todo es hermoso.
I’ll sail on through for you / Seguiré navegando por ti reza con devoción en el coro que cierra el disco, mientras una tímida señal en clave morse emite un “Y nada dolía” a través del espacio.
Y es que tal vez un día, ya sea por causa de Dios o por un ser cualquiera, todas nuestras plegarias de amor serán respondidas. Y no dolerá nada.

