De carne y política

Supongo que a estas alturas no hará falta decir que la noticia científica del día es la inclusión de las carnes roja y procesada en las listas de cancerígenos de la IARC, aunque vistos los disparates que están contando algunos medios me permito recomendar esta entrada con la que Centinel, como siempre, pone las cosas en su sitio.

¿Lo han leído? Bien. Como habrán visto, la relación entre el consumo de carne y los cánceres colorrectales no es algo nuevo, y la IARC se ha limitado a constatar que existen esas evidencias y facilitar la información correspondiente. Dudo mucho que sea la mejor manera de hacerlo (me remito de nuevo a esos titulares escandalosos que estamos viendo), pero en cualquier caso lo que es innegable es que se trata de eso, de la constatación de lo que dice la evidencia científica. Nos guste o no, es lo que hay.

Sea como sea, todo este asunto me ha traído a la cabeza un curioso incidente que se produjo hace unos días en twitter, y que provocó una justa indignación científica: el de José Antonio Pérez Tapias atacando a los transgénicos. Como recordarán, la cosa empezó con tuits tan elegantes como este…

…y cuando varios tuiteros le señalaron que científicamente no se ha acreditado la peligrosidad de los transgénicos autorizados para su cultivo respondió con perlas como esta…

…esta…

…o esta otra:

Todo ello entre diversos intentos de cambiar el objeto del debate, descalificaciones y acusaciones más o menos veladas (vuelvo a recomendarles que lean la entrada de Científico Indignado).

Pero quedémonos con eso de si los científicos son o no demócratas. Viendo el tono de sus intervenciones, por lo visto para este señor el carácter democrático de los científicos consiste en que estén dispuestos a dejar de lado las evidencias si al pueblo (en este caso personificado en el propio Pérez Tapias, claro) no le gustan.

Así que volvamos a lo de la carne. Aunque es difícil relacionarlos directamente con las definiciones de la IARC, según los datos del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medioambiente (pdf), en 2014 los españoles consumimos una media de 17,61 kg de carnes “rojas” frescas y 11,93 kg de carnes transformadas, cantidades a las que habría que añadir las consumidas fuera de casa. Vamos, que parece que está claro que nos gusta la carne, y si tuviéramos que decidir democráticamente si es o no cancerígena probablemente nos gustaría votar que no lo es para seguir disfrutando de ella, ¿verdad?

Pero las cosas, como deberían saber los Pérez Tapias de turno, no funcionan así. La evidencia nos dice que el consumo de carne está directamente relacionado con el incremento de riesgo de padecer cáncer, y lo democrático no es votar si aceptamos o no ese dato, como tampoco votamos si aceptamos la gravedad o la forma de la Tierra.

Lo democrático es debatir y decidir qué hacemos con ese dato. Y con otros: lo que supone realmente ese incremento de riesgo, los beneficios de comer carne, las consecuencias económicas y sociales de la decisión que podamos tomar…

A partir de ahí podremos hablar del modo en que se tome esa decisión, de si nos parece mejor una votación asamblearia o debemos esperar de nuestros representantes políticos que asuman un papel de liderazgo social incluso en cuestiones impopulares, de las consecuencias de una decisión errónea…

Y, por supuesto, podemos pensar que, como dice el genial tuit de Cuentos Cuánticos, la carne es mala pero está buena, y decidir democrácticamente que queremos seguir comiéndola a pesar del riesgo. ¡Faltaría más!

Pero lo haremos a pesar de las evidencias científicas, no negándolas. El dato, guste o no a Pérez Tapias, seguirá estando ahí.

Bonus track: y ya que hablamos de transgénicos y carne, conviene recordar que la calificación de la IARC no tiene nada que ver con su procedencia o con la alimentación del ganado.

Aunque aún no se haya determinado con seguridad, la clave de este incremento de riesgo parece estar en los compuestos N-nitrosos con los que descomponemos el grupo hemo de la sangre de la carne roja, y con esos y otros compuestos contenidos en la carne procesada y que son consecuencia de los procesos de conservación y cocinado. Sangre y compuestos que se encuentran tanto en un filete de vaca o un salchichón industriales como en los procedentes de la ganadería más ecológica, “bio” y guay que nos podamos imaginar. Otros sospechosos son el propio hierro contenido en la sangre y la carne o incluso nuestra muy natural flora intestinal.

Así que ya saben: de lo que hay que preocuparse no es de lo que haya comido la ternera, sino de si nos la comemos nosotros o no. Y por si les interesa mi opinión, si al final deciden comérsela yo me apunto ;-)

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