Patada en la bisectriz
“Voluntario ni para comer”. Con esas cuatro palabras cerró mi abuelo la conversación el día que le dije que quería cubrir una guerra. Fue también el culmen de incontables tardes, durante muchos años, en las que me instó a solventar los problemas hablando. De evitar cualquier tipo de violencia. Cosas de perder a un padre en la guerra, supongo.
Tan solo en dos ocasiones modificó su discurso pacífico. Un razonamiento bien fundamentado, siempre, con las lecturas de una biblioteca que se resiste a abandonar, pese a que sus ojos han dicho basta en los últimos tiempos.
La primera vez fue hace mucho. Un matón pelirrojo la tomó conmigo en el autobús y a mí nunca se me ha dado demasiado bien eso de cerrar la boca, así que supongo que pensó que era pura supervivencia.
Sería durante algún partido de pelota, nunca faltaba en su tarde de sábado, cuando le conté el problema con El Zanahorias. Recuerdo que se incorporó del sillón y, levantando la mano, me soltó: “Si vuelve a molestarte, patada en la entrepierna”. No sé si por miedo o sorpresa, pero alguna cara rara debí de poner, ya que al volver a su asiento se giró riéndose y me dijo: “Pero no falles”.
El lunes, en el viaje de vuelta a casa, El Pecas subió tarde al autobús después golpear la puerta de atrás. Se topó conmigo en el pasillo, mientras me cambiaba de asiento, y me empujó. Me han contado alguna vez que me cuadré ante él, le miré a los ojos fijamente y le pegué una patada en los cojones. Ahora recuerdo la escena con un silbido de esos que se escuchan en El Sadar en los saques de puerta que cogen nieve. Fue un empale perfecto.
Sin embargo, de no ser por la rápida actuación del profesor la ira de un tipo que me doblaba en peso y edad hubiera terminado con mi cabeza en el suelo y no contra cristal. Supongo que aquello no salió como esperaba mi abuelo.
Anteayer, 15 o 16 años después de aquel incidente que nunca le conté, fui a visitarle por penúltima vez antes de marcharme a Polonia. Mientras hablaba con mi abuela, me hizo un gesto para que me acercara a su butaca y, sin venir a cuento, me espetó: “Si alguien te señala ‘españolo, españolo’, tú le respondes que te llamas Fermín Torrano Echeandía. De Pamplona, Navarra”.
Y, con la misma cara de pillo que pone cuando cuenta un chiste repetido, me dijo: “Si insiste, patada en la bisectriz”.
P.S: recuerdos para ti, F.M.
