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Se habla español, pero regular

El español es el segundo idioma de Estados Unidos. En torno a 38 millones de personas emplean este lenguaje para comunicarse, aproximadamente un 12% de la población de un país donde un 17% de los residentes son hispanos, según datos del censo. Únicamente México (120 millones), España (47 millones), Colombia (46 millones) y Argentina (43 millones) cuentan con un mayor número de hispanohablantes que EE.UU., y las proyecciones vaticinan que para 2020 esa cifra superará los 41 millones. Los más optimistas aventuran que en 2050 la nación de las barras y estrellas hablará más español que nadie.

Esta descripción cuantitativa es usada con frecuencia para defender el auge de la lengua de Cervantes en EE.UU., pero ofrece una visión muy sesgada de la realidad al ignorar el aspecto cualitativo. Sí, se habla español, pero regular. Esta es mi percepción como periodista afincado en Los Ángeles (California) desde 2008, una impresión que no he podido contrastar con ningún estudio ya que en internet, donde abundan los informes estadísticos sobre cuántos usan el español en EE.UU., brillan por su ausencia los análisis que evalúan el cómo se usa.

El español es, principalmente, un idioma casero y familiar, de herencia latinoamericana. Se emplea, sobre todo, en círculos informales, lo que favorece la relajación gramatical, la escasez de vocabulario y conduce, a mi modo de ver, al empobrecimiento de la lengua.

Que en EE.UU., donde manda el inglés, el nivel del español sea deficiente no es irrelevante porque los números antes mencionados describen ya a este país como una gran potencia hispanohablante. El problema es que, a diferencia de lo que ocurre en Hispanoamérica y en España, en EE.UU. los negocios sea hacen en inglés, las élites discursean inglés, la cultura se escribe en inglés, y el español ocupa un espacio de segunda, muchas veces como una mera herramienta de marketing para hacer llegar mensajes a la comunidad hispana.

Mucha gente que se considera bilingüe (inglés-español) lo es solo a los ojos de los angloparlantes que desconocen el correcto uso del español. La mayoría de las veces este bilingüismo es aceptable únicamente en un ámbito coloquial. El bilingüismo en un contexto empresarial, que implica tener una competencia del idioma a la altura de lo que se exige a cualquier profesional en los países donde el español es la lengua principal, es más escaso.

Debido a mi trabajo recibo infinidad de comunicados de prensa y llamadas telefónicas para proponerme coberturas informativas, asisto a multitud de eventos y, en general, trato con muchas personas de diverso tipo y condición. A día de hoy no dejo de sorprenderme con los errores vergonzantes que me encuentro en textos en español publicados por grandes empresas o en nombre de las mismas, otras veces, leo con perplejidad párrafos que, sin tener faltas ortográficas, soy incapaz de entender porque básicamente no tienen sentido (al menos en español). No es infrecuente toparme con responsables de la comunicación en español de compañías e instituciones que sudan la gota gorda cuando tienen que hacer su trabajo. Y qué decir de los políticos que echan mano de su español sin rubor, incluso hacen declaraciones preparadas en este idioma. No oculto que cuando esto ocurre me dan ganas de salir corriendo. Como ciudadano agradezco el esfuerzo, como profesional me parece inaceptable. Si esos portavoces y esos políticos se escucharan en inglés como suenan en español se lo pensarían dos veces antes de volver abrir la boca.

Ese mal uso de esta lengua que sería intolerable tanto en España como en Hispanoamérica se permite en EE.UU. -no sé si con resignación- porque aquí se piensa en inglés. El resto es accesorio. No deja de ser dramático que un país que podría llegar a ser el mayor usuario de español del planeta trate este idioma con ese desdén porque, al fin y al cabo, las lenguas son de quienes las hablan.

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