Rosmery

Tuve la suerte de ser arrojada bruscamente a la realidad…

Anne Frank escribió una de las frases más emblemáticas que he podido encontrar en su inmortal diario. Es una oración que remarca personalmente las ocasiones en que olvido el hecho que estoy viviendo en uno de los países más violentos del mundo. Y en este día, la incomprensible muerte pasó cerca de mi casa pero fue a tocar a otra puerta…


“Tal vez sean cuetes” sugirió mi madre poco después de entrar a la casa. Llevaba consigo un trozo de cartón con el número 20 pintado con un plumón azul. Venía de encargar 10 pupusas en una famosa pupusería de la colonia y con la prisa que le arrebató por regresar a casa para concluir el lavado del refrigerador que inició desde las seis de la mañana, la vi entrar para continuar con lo empezado cuando se escucharon detonaciones…

“Sí, creo que son cuetes” supuse mientras prestábamos los oídos a los siniestros estruendos que se escuchaban repetidamente. Pero ambos sabíamos que nos engañábamos. Mi corazón se estrujó por la salvedad; me decía que era algo más que simple pólvora explotando.

El destino le recordó a mi madre que había visto a Rosmery, la chica pequeña de cabello rizado y sonrisa natural, hija de una vecina cercana que fue tortillera por un par de años, sentada en una banca esperando la entrega de las pupusas mientras mi madre hacía el encargo. “Ahí ví que estaba Mery” se refirió mientras su rostro no salía de su perplejidad ante la serie de estallidos que se percibieron hace unos instantes. “Contá veinte minutos a partir de ahora para ir a traer las pupusas” me dijo. Mire el reloj de mi celular malfuncionado, eran las 8.55AM. Ella continuó lavando el refrigerador. Yo me tumbé en la cama.


Se acercaba las 9:13AM cuando escuché unos gemidos. Me horroricé. Mi hermano menor, con quién comparto habitación, estaba en la cama posterior chateando por el celular cuando su abrumador gesto me hizo entender que ambos escuchábamos el mismo lamento. “¡Mi hija! ¡Mi hija!” gritaba con una voz quebrada y sin consuelo. Ambos sabíamos quién era la pobre mujer que echaba sollozos en todo el pasaje. Mi habla se perdió; no contuve la aflicción y tan sólo intercambié miradas con Javier que tenía la expresión de no querer escuchar algo tan terrible como un lamento de una madre. “¿Por qué Dios! ¿Por qué mi hija! ¡POR QUÉ!” continuaba y al poco rato los demás vecinos salieron al encuentro. Yo tan sólo escuchaba el crujido de las puertas al abrirse y pasos marcados con un barullo de voces incomprensibles. Mi madre exclamó “Es Norma” con un sentimiento de lástima… mientras continuaba limpiando el refrigerador para acallar un poco los terribles lamentos de nuestra vecina. Eran las 9:18AM

El nudo en mi garganta se hacía más grande. No podía concebir algo tan inminente. Los gritos seguían pero no me atrevía a asomar por la ventana. Tuve miedo. Un miedo que jamás había experimentado en mucho tiempo. Estando en cama acerqué mi laptop y busqué exasperadamente noticias de última hora. En internet, en Facebook, en Twitter, en cuentas de periódicos locales. Ninguna página se había actualizado. Chateaba con un amigo. Le había escrito anteriormente al momento de escuchar esos misteriosos estallidos. “No sé si son disparos o cuetes” le sugerí. “Uno sabe cuando son cuetes y cuando son disparos” me replicó.

“Si fueron disparos” le afirmo
“¿por qué? qué pasó? preguntó mi amigo
“Mi vecina está llorando” le dije
“¿Por nervios?” insinuó él
“No, creo que le pasó algo a su hija”…

Eran las 9:23AM, los quejidos cesaron y tan sólo se escuchaban los pasos que iban y venían comunicando la terrible noticia. Me contenía por no llorar, pero se me hacía difícil. Mi interior se negaba aceptar la incómoda verdad. Habían asesinado a Rosmery, la hija de mi vecina, la pequeña niña de cabello rizado y con sonrisa natural, que mi mamá vio segundos antes de su deceso…

El trozo de cartón con el número 20 pintado con un plumón azul seguía ahí. “Ya pasaron los veinte minutos” recordó mi hermano. “Si pasó algo cerca de la pupusería, debe estar cerrado” aseguró mi mamá. “Mejor no vaya” reforzó Javier. El refrigerador casi estaba limpio y la olla de fríjoles se encontraba puesta en la cocina, “No creo que estén echando pupusas, mejor que queden para la noche y mejor comemos huevos picados”. Dicho y hecho. 
Eran las 9:31AM cuando dejé de mirar el reloj y mi mamá se decidió por ir a averiguar los detalles del percance. Llevó consigo el trozo de cartón. No volvió por un buen rato.


“Dicen que fue un pick up y pasó disparando al grupo de gente que estaba en la pupusería” relató mi mamá poco después de su regreso. No logró pasar debido a la policía a reclamar su encargo de pupusas. El trozo de cartón lo traía de vuelta. Un señor, familiar de los propietarios de la pupusería narró lo sucedido: Dispararon a quemarropa a los inocentes, el resultado fue de dos muertos y cinco lesionados… “las cosas que pasan ¿verdad doña Carmen?” le dijo después de dejar al hospital a tres de esos cinco heridos de bala.

“No sé a dónde la velarán” preguntó ella mientras preparaba su improvisado desayuno y calentaba agua para su taza de café. “Creo que sólo la velarán y la enterrarán, no hacen novenario” le contesté al recordar que mi vecina no es creyente católica. Había revisado mi celular; los noticieros y periódicos ya tenían algo del crimen en sus redes sociales. El único detalle fue la equivocación del nombre de la colonia donde ocurrió el asesinato… “Aquí no es Prados 4 , aquí se llama Montes 4” pensé en mi interior.

Había un incómodo silencio, el miedo me seguía consumiendo y cada vez que recordaba a aquella niña de cabello rizado de 17 años, que por las tardes platicaba afuera del pasaje, con su novio de menor edad pero su estatura no se delataba. Su voz algo juguetona y una risa contagiosa… El nudo de la garganta casi se desataba.

Tocaron la puerta, “¿Quién es?” preguntó mi hermano. No hubo respuesta. Volvieron a tocar. ¡Diga! exclamé yo. Una silueta se acercó a la ventana principal. Mi mamá estaba expectante. La sonrisa de mi padrino dio un aspiro de tranquilidad. Ella abrió la puerta y él se percató por nuestros rostros que algo malo ocurrió. Siempre con su sonrisa y ganas de amenizar el contexto dijo “¿Están asustados?”. “Vieras lo que pasó” le contestó mi mamá cuando él entró a la casa.


Traté de disimular mi aflicción en esa mañana tan traumante. La visita anual de mi tío padrino distrajo mis pensamientos fatalistas, aunque la mayoría de la conversación se centró en otros casos lamentables. Mi hermano se atrevió a salir para comprar las tortillas, a su regreso comentó “Se ve en la cara de la gente que pasó algo malo”. El miedo y la zozobra es una epidemia que deja efectos secundarios. Se nota en los rostros. Al filo del mediodía, mi tío se despidió y mi mamá lo acompañó a la parada de buses, todo por precaución. El horario de los noticieros llegaron y apareció el evento informado por periodistas acostumbrados a la rutina de la muerte. “El ataque iba dirigido a dos pandilleros que se encontraban en la pupusería… uno de ellos murió y el otro está gravemente herido… “La agresión fue hecha por rencillas”.

Mi mamá le contó todo a mi papá por teléfono y este a mi hermana mayor que me notificó por chat si todo fue verdad. “Si vos, ella falleció” le escribí. La sopa de fríjoles estaba lista y la refrigeradora totalmente limpia. Almorcé mientras veía TV para distraerme de la realidad. Después de ello tomé la respectiva siesta larga de la tarde.


Eran las 10:48PM, llegaron a tocar la puerta de la casa, preguntando por mi mamá y si ella irá al velorio. Ella se alista rápidamente luego de haberse puesto el camisón y dormido un poco. Estaba muy cansada, pero aún así accedió. El pastor de la iglesia de quien mi vecina es feligrés le cedió el lugar de culto para llorarle hasta el día siguiente. “Yo que encargué las pupusas y veo a Mery y nos sonreímos antes que me viniera a la casa” recuerda mi mamá. Se va al velorio. No creo que regrese pronto.

Es probable que mi mamá fuese la última persona conocida que Mery vio antes que muriera. Y que el último recuerdo que mi mamá tiene de ella es un sonrisa.


Son las 12:47AM de un 31 de diciembre de 2015. Cerraremos el año con más de 6500 homicidios en El Salvador, el más mortífero en mucho tiempo. Rosmery se adiciona a la cifra. El miedo nos controla y estoy a su merced. Mis pensamientos fatalistas regresan a consumirme en un terror incomprensible por no agregarme a la suma y que mis seres queridos tampoco se añadan.


En tiempos de zozobra e incertidumbre, la muerte puede tocar a cualquiera, si el destino decide que tengas un poco de mala suerte. Pudo haber sido cualquiera, conocido o desconocido. No concibo la idea de que si mi madre se hubiera quedado un poco más de tiempo en esa pupusería… todo sería diferente a esta hora.


Esta vez le tocó a Rosmery, la pequeña niña morena de cabello rizado con risa contagiosa, que defendía a su mamá de los insultos de la vecina, que compraba almuerzos en la calle casi siempre, que ayudó a cuidar a su sobrino mientras su hermana mayor laboraba, que salía a divertirse con su amiga que vivía a dos casas y hablaban de típicos temas de chicas adolescentes, que se enamoró a sus 17 años de un niño menor que ella pero que su estatura y en el amor, todo se vale. Rosmery Elizabeth Asencio, que en paz descanses y le des alivio a tu familia por esta perdida con tus buenos recuerdos y tu pequeño gran legado.


11:04AM

Este triste suceso me hizo recordar que sigo viviendo en uno de los países más violentos del mundo. Algo tan cercano que me arrojó bruscamente a la realidad.