Noche

Bajé del colectivo con ella, el 168. Era de noche pero temprano. La luz tenue de la ciudad iluminaba todo, dejando las sombras en la calle. Caminamos todo derecho por Juramento. Ella dijo de correr si algún extraño nos amenazaba, yo bromee diciendo que me quedaría para que ella pueda irse, al menos parecía una broma. Nuestros pasos resonaban en las cuadras vacías, su risa alegraba la noche. Una cuadra antes de la vía doblamos, evitando la plaza donde esta la tétrica calesita con su pequeño tren. Mientras le conté nuestra anécdota con la música de terror. Se rió todo el trayecto. Pasamos por la heladería, una pena que estuviese cerrada, me hubiese encantado invitarla a un helado. No doblé en Washington cuando se separaron nuestros caminos, seguí hasta Naon, me salió natural, ni siquiera se cuestionó que yo caminara un poco mas, por ella, por mi. Suelo caminar rápido pero esa ultima cuadra la alargué hasta el infinito, como la carrera de Aquiles y la tortuga, si podía dividir mis pasos y hacerlos cada vez mas cortos pasaría una eternidad con su sonrisa. Hablamos de sueños, de sueños lucidos. Me dijo que intento varias veces, que los escribía al despertarse pero que hace tiempo que no lo lograba. Le conté lo que yo sabía sobre ellos, lo que podía ayudarla para que sueñe, recé para que sea conmigo. Llegamos hasta su puerta, quería llorar siendo el hombre mas feliz del mundo. Me sonrió, me dijo que iba a soñar, que me contaría, que yo haga lo mismo. Suavemente besó mi mejilla y se retiró mirándome fijo, sus orbitas se perdían en mi cara captando mi rubor y mi timidez. Dijo algo entre dientes, no la entendí, creo que fue alemán. Volvió a su actitud despreocupada y entró en su casa mientras me saludaba con alegría.

Di media vuelta, sonriendo, me llevé las manos a la cabeza, simulé ser el personaje de alguna de mis series, realizado, seguro, con una buena historia que vivir. Mientras caminaba repetía lo que sentía por ella, hablaba en voz alta, no me preocupó, después de todo estaba solo. Como siempre. Mis zapatos ahora resonaban solos y no se escuchaba mas nuestro murmullo. Ya no la veía acomodarse el pelo al mirarme y pasar su delicada mano al lado de su cara. No la vería mas pensé. En poco tiempo ya no estaría conmigo, no viviría a mi alcance. No la vería mas, volví a pensar. Ante mi destino trágico decidí pensar en otra cosa, refugiarme en el pasado, en los recuerdos. Reconstruí nuestra historia, recordé cada una de nuestras anécdotas. Cuando la conocí hace dos años, esperando el colectivo a la salida del colegio, acompañarla a su casa cada vez. Luego cuando viajamos a Cuyo, me senté a su lado para enseñarle a jugar al Truco con nuestra cartas españolas ya que en el resto del mundo no se conoce nuestro juego. Al final, cuando terminé de enseñarle comenzamos a bostezar y decidimos dormir. Como estábamos en el micro de vuelta me pidió si podía taparla mientras se cambiaba al pijama, decidí no mirar pero cuando me dijo que ya estaba al darme vuelta entreví sus piernas delgadas y claras por un segundo antes de que suba su pantalón. Luego sacó una almohada que llevaba bajo el asiento, entonces me acosté sobre mi asiento duro mientras ella acomodaba sus cabellos sobre la blanca almohada. Al verme tan incomodo me preguntó si no quería compartir conmigo, que tenía lugar de sobra. Respondí tímidamente que me encantaría pero que no quería molestar, jamás querría molestarla.

Llegué al frente de mi casa, abrí la reja delantera rápidamente y la cerré con llave. Luego caminé hasta la puerta de madera, a su lado las plantas de mi mama había florecido como cada Primavera. Nunca recordé sus nombres. Giré la llave hacia la derecha, mi puerta se abre al revés, es extraño, siempre se sorprenden y puedo hacer alguna broma. Entro y dejo las llaves en la mesa al costado con mis zapatillas. Camino hasta la heladera, saco algo para tomar a tientas ya que la luz se rompió. Los perros ladran, me asustan. Vuelve la imagen de ella a mi cabeza, pero ahora recuerdo, esta en conflicto, ya se porque mi futuro no puede ser con ella, al menos en mi estado. Guardo las cosas en la heladera, comienzo a subir la escalera, mis pies apenas tocan la madera, la rozan suavemente, no hago ni un solo ruido, solo se escucha la fuerte respiración de mi padre en su cuarto. Estoy pasando por el pasillo, tengo que subir al ultimo piso, el silencio es absoluto. Choco el canasto de la ropa que cae con estruendo y dejando caer su contenido por el piso. Recojo todo y lo guardo con rapidez. Subo a toda velocidad, recuerdo su respiración, cuando dormimos juntos, sus labios tan cerca de los míos, pero jamás me pertenecerían, ni a mi ni a nadie. Quiero ser alguien mas, quiero ser quien los merezca. Mientras pensaba ya estaba arriba, cerré religiosamente todas las persianas en mi ritual diario y me metí en la cama al desvestirme.

Soñar, quería soñar. Me recosté con la panza hacia arriba, tapado hasta el cuello con la frazada. Los brazos extendidos a los lados con las palmas hacia arriba como le había explicado en un francés regular “rêve lucide”, ni siquiera se si se dice así. Quise poner en practica mi técnica, debía quedarme inmóvil e imaginar mi cuerpo visto desde afuera, examinarlo de arriba abajo y convencerlo de que duerma. Pero las imágenes eran interferidas por sus pecas, el color rojo suave de sus mejillas, su manera fascinante de caminar, como cruzaba sus pequeños brazos al simular estar enojada. No podía concentrarme, no lo lograría, la necesitaba. No podía mantenerme inmóvil, no quería estar quieto pero estaba mal que actúe, lo tomarían mal, que la engañé, que soy infiel, como si mi nombre no afirmase lo contrario. Irónico. Mis pensamientos revoloteaban incansables, inseguros, inconfesos. No podía seguir de esta manera, necesitaba decirle, contarle, confesarle lo que sentía, lo que habíamos pasado juntos, ella debía darse cuenta, tenía que entenderme, al menos ella. Seguía acostado, logré inmovilizar mi cuerpo liberando mi mente. Una cascada de imágenes cayeron sobre mi, nadé en ellas, observándolas una a una, desee ahogarme en los recuerdos y morir pero me disolví, se volvieron uno conmigo, creando un ser abominable, oscuro por la nostalgia y la memoria. Ya no quería pensar, resolví que lo mejor sería volver a soñar y vivir lo invivible. Imaginé ese instante entre el sueño y la vigilia, justo antes de caer en el abismo, cuando el ser se apaga y entra en transe. Quise retenerlo en mi cabeza, vivirlo, analizarlo. Mis pestañas cayeron para encontrarse, en ese contacto encontré la solución.

Debía salir a buscarla, debía expresarme una vez. Enseguida ya me encontraba completamente vestido y bajando las escaleras. No pude leer el reloj en la obscuridad, pero poca importancia tenía la hora. Salí con rapidez y sin las llaves pude abrir la reja frontal. Caminé a toda velocidad, nada podía detenerme, ya no había posibilidad de error, nunca había estado mas seguro. La cuadra se hizo eterna. Sentí que no avanzaba, el miedo paralizaba mis piernas, la noche negra, la soledad. Siempre odié estar solo. No era capaz de avanzar, mis pies eran uno con el asfalto sucio, al levantarlos se estiraban como una gelatina deforme y escurridiza. Volví a imaginarla, intentando lograr el sueño lucido, acostada en su cama, supuse que al pie de la ventana, nunca había entrado a su casa. Su cara me llenó de fuerza que me impulsó nuevamente hacía algo desconocido. Giré en la esquina, solo faltaba una cuadra y media. Veo venir a alguien hacia mi, habíamos dicho de correr si encontrábamos peligro. El hombre comenzó a acercarse con mirada sombría y pasos largos. Imaginé que la tomaba de su manito con dedos largos y finos, la agarraría con suavidad pero fuerte para darle confianza. La veía correr a mi lado, no miré atrás, nunca supe si el hombre me siguió o solo fue una ilusión. Tras la carrera me había alejado unas cuadras de su puerta, debía volver, pero no debía usar el mismo camino. Comencé un largo rodeo por el barrio de casas bajas, debía pasar por la estación de tren, un tanto tenebrosa a esta hora de la noche pero no debía alertarme, ya nadie se encontraría allí.

Caminé a paso lento por el andén. Estaba nervioso, un viejo tren ingles se encontraba del lado de enfrente. Al parecer lo estaban reparando pero los maquinistas no parecían obreros comunes. Llevaban uniforme y raros instrumentos, uno de ellos me sonrió desde la distancia mientras llevaba una botella de whisky a sus labios violáceos. Debía continuar mi camino, ir hacia delante sin importar que. Mis ojos no creyeron lo que veían instantes después, una chica se encontraba sola en silla de ruedas. De atrás podía ver su cabello rubio caer por su espalda erguida. Pasé a su lado y me detuve a preguntarle que hacía allí. Respondió que debía pasar por el túnel pero que sola no podía. Entonces decidí ayudarla a cruzar el túnel que nunca había notado en la estación tan cercana a mi hogar. Agarré la silla por los costados y sentí su mano posarse sobre la mina, giró su cabeza y sonrió mostrando pequeños dientes blancos y perfectos. “J’ai moins peur avec toi” le escuché decir con suavidad. Miré su perfil que dejaba ver una nariz tallada en mármol y ojos azules donde se escondían todas las estrellas de la noche vacía. Mi pulso se aceleró al cruzar por el túnel ya que la oscuridad era absoluta. En la obscuridad la recordé a ella, pero diferente, ahora en la silla, como si estuviese en un lugar que no debía, intentaba ocuparlo en lugar de otra. Todavía en la penumbra sentí que apretaba ahora mis dos manos con las suyas. Cada vez mas fuerte, ya casi llegábamos, falta poco, cerré los ojos ante la luz. Al abrirlos la encontré, las nebulosas de su mirada se clavaban en la mía. Ya no había rastro de la silla por ninguna parte pero eso no importaba. Mi mente podía solo centrarse en ella, en la nueva ella, la que ahora ocuparía el trono. Sonrió ante mis ojos tímidos, llevó mis manos a su cintura, el azul de sus ojos se extendía ahora mas allá de ellos, coloreando su piel con la luz de la oscuridad. Cerré mis ojos. Besé sus labios, o quizás ella besó los míos. Nos fundimos en un beso, eterno, apenas recordable, un instante. Al separarnos cruzamos sonrisas, es tímida, como yo, soy suyo. Me llevó de la mano, el color azul de su piel se había ido, solo quedaba su piel tersa, suave, resplandecía compitiendo con las luces de la noche. Pensé en mi objetivo original, en que me había llevado a salir, que me trajo a este lugar, le agradecí.

Subimos al tren, el hombre del whisky parecía dirigir todo, prepararon una cena. Parecía que todo estaba arreglado. El maquinista me dio una caja, ya sabía que era, me arrodillé. Prepararon una mesa en el tren, habían pensado en todo. Terminado mi acto procedimos a sentarnos. Durante la cena quería preguntar su nombre pero mi voz moría en la garganta, sentía que mis cuerdas vocales estaban oxidadas. Al final ella lo dijo, sin preguntarle, sentí que podía leer mi mente, que era una parte de mi, de mis pensamientos. Supongo que esa fue mi felicidad, por efímera que fuese esencialmente, por efímera que es. En el momento ya nada importaba mis vida pasada se esfumaba de a poco, ahora había comenzado algo nuevo, ahora podía volver a empezar, un vago recuerdo de tiempos lejanos traía otra ella a la memoria, una que olvidé hace ya tiempo.

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