El laberinto
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Avanzas, intentando con fuerza revivir la noche anterior; averiguar qué te ha hecho llegar hasta este lugar, tan extraño y familiar a la vez.

El camino se parte en dos. Recuerdas lo difícil que se te hace tomar decisiones, especialmente las que son estúpidas. El ansia por saber qué hay al otro lado de ambos caminos te come. Aun así tomas uno, sin miedo, pero nada más dar el primer paso ya te estás preguntando si habrás tomado la decisión correcta. Fantaseas con el otro camino, éste te aburre.

Sigues dándole vueltas a cómo has llegado hasta aquí, en lo que recuerdas el sabor amargo del alcohol y la música alta que casi no te deja escuchar lo que otros tienen que decirte. Nada que te haga cambiar de rumbo.

El camino no parece terminar nunca. Te preguntas si deberías dar la vuelta, volver a ese otro camino que seguro daba a un lugar más abierto.

Una curva. Otra curva. Otra más. Esquinazo. Esquinazo. Nada te convence. ¿Tiene salida esto? Tiene que haber una. Avanzas. Avanzas. Nada te parece familiar. ¿Es éste un camino de ida o de vuelta? Y entonces, recuerdas.

Al girar sobre ti mismo, lo reconoces. Este es el camino que emprendiste anoche. El camino hacia el laberinto. La forma de hacerlo todo más complicado, pero más simple.

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