Abecedario Tour

Sí, todo puede ser dicho en palabras, y, a mí, que me cuesta expresarme oralmente con precisión punzante y que suelo refugiarme como un niño asustado entre las piernas de su madre en mis escritos, me resulta grato pensar en los textos, las palabras y en su composición con mayor claridad. Bueno, con la claridad de quien en realidad no sabe nada pero se pregunta todo. Pero de alguna forma pienso que, como jueces de lo argumentativo, coagulamos en mínimas de segundos lo que estamos a punto de decir dentro de una prisión gramatical. Todo lo que expresamos lleva la anestesia de la gramática. No sé si es culpa de los academicistas, supongo que un poco nos han engañado, pero nosotros quisimos que sea así; y el sol, la luna y los días hicieron que lo aceptáramos como el ser humano ha aceptado todo y naturalizado su propio entorno sin preguntarse qué estaba sucediendo.

Las palabras, que prisión más aterradora. No es en nuestra composición biológica, no; es en las palabras, es en ellas donde realmente pareciera encontrarse el núcleo de nuestra experiencia más vital, nuestro ADN, allí reposa nuestra información más preciada, nuestro código genético, nuestros momentos más significativos, y las palabras se apoderan de todo eso como ladrones sin justicia. Somos víctimas de ellas, somos sus esclavos. No es en vano que el significado de las palabras varíe según la persona que las esté utilizando. Fijémonos en el amor ¿Dónde se encuentra, donde está la concepción universal de la palabra “amor”? En ningún lado, no existe. Para Lautaro, por ejemplo, quien jamás dio un beso con la pasión y la fuerza de las olas que arrematan el naufragio de los navíos, el amor es una cosa, un algo completamente distinto a lo que piensa Micaela, que si sabe lo que son los verdaderos besos, pero que perdió los labios de su compañero a causa de una enfermedad terminal ¿Y acaso la palabra cambia? No, sigue siendo “amor”…sigue teniendo la misma forma exterior, sigue siendo el mismo envase. Es la vida en sí misma la que habla a través de ese fenómeno de diversidad conceptual, se trata de experiencias, de una vida interior que cada uno de nosotros lleva inherentemente, con la imposibilidad de desprenderse.

Y las letras, esas pequeñas diablillas cómplices del plan macabro de las palabras, que siguen su curso y perpetúan el estatus quo. Amor y “a-m-o-r” a, eme, o, ere…malditos súbditos. Todo lo que hemos encerrado en las letras y en las palabras, todo lo que hemos dejado morir dentro de una “a” o una “r”. Cuantos enormes momentos encadenados a algo tan pequeño.

Así fue que, llegando a recopilar tanta información y tantas experiencias en los confines de mi mente, el abecedario se convirtió para mí en una lista de supermercado. En una lista detallada de mis recuerdos más hermosos. No sé lo que es un abecedario, no tengo idea, no le encuentro otro uso. Es eso, una lista, un pastillero para ordenar y saber qué día tomar cada pastilla. De la “A” a la “Z”, todas y cada una de las letras son enumeraciones de lo que alguna vez viví. Por eso cuando veo una “M” pienso en todas las meriendas por la tarde, en las manzanas prohibidas de nuestro frutero, con la “C” recuerdo los columpios amarillos del parque España en mi infancia, y con la “V” los vuelos junto a ellos y mis primeros acercamientos al cielo. La “P” y las plazas junto a mis amigos, como llanuras verdes sin final, la “A” y los ahogados por mis mentiras, mis engaños y mis errores. La “D” y los dados que hemos lanzado sin importar el resultado. Cuando aparece una “J” aventurera pienso en nosotros juntos, con las “S” inundo mi cabeza con imágenes de todas las sábanas en las que nos hemos enredado, la “T” y ese hermoso tajo entre tus piernas, tan tuyo, que te divide simétricamente y que ha cambiado tanto mi vida y sobre todo mi sexo, la “R” y las risas desde el vientre hacia afuera, la “F” y el frío de nuestros cuerpos desnudos, ahí, a la intemperie, junto al futuro incierto que nos acechó siempre, la “L” y nuestras lenguas, danzando juntas, al compás y al ritmo de todo el resto de nuestro cuerpo, inmóviles como percheros. La “H” de tu momentánea huida, de tu falsa presencia, la “E” y el sorbo que bebiste ebria de mi elixir nocturno. La “O” y todo lo que obtuviste junto a mí, la tutela entera de mi ser.

Comprendo entonces que realmente no preciso de la gramática, aunque algunos dirán que sí, para decirte cuanto te quiero y cuanto te agradezco lo que has hecho por mí, tan solo es necesario mirar hacia dentro, a los momentos y las experiencias que nos han endulzado la vida. Todo nuestro asunto es más importante que unas cuantas palabras que sirven como mensajeras, ellas nos han fallado innumerables veces. Entenderás, ahora, cuanto me arrepiento de las cosas que te dije. Sabrás, también ahora, el lamento que siento por la banalidad de aquellas palabras que te escupí sin saber qué era lo que estaba diciendo. Lamento haberte hecho llorar. Pero sé que con el reflexionar infantil y tonto que me rodea aún te amo y te quiero sin tener que decir una palabra, de ser posible las esquivaría todas; y anhelo el momento de escape, fugarnos de la prisión del mundo, huir de aquellas mazmorras y celdas de barrotes oxidados donde dentro reposan momentos y experiencias como pequeñas lucecitas blancas, custodiadas por las palabras, con sus garrotes y su marcha en una suerte de soldados rasos. Es irónico, porque cuando veo una “B” y pienso en todos los besos que he dado, y automáticamente asimilo los tuyos como aquellos que reposan cálidamente en las fauces de mi alma, toda esta teoría se derrumba. Quizás la “B” guarde algo dentro suyo. Tal vez ella no sea tan mala después de todo y se anime a cargar nuestra bandera, pudiendo ser la infiltrada en aquella prisión, engañando al estatus monárquico de las palabras y las letras, dejándonos escapar y así permitirnos ver el albor del nuevo día.

La próxima vez que te vea usaré la menor cantidad de palabras posibles, lo prometo, y antes de desangrarme como una herida abierta, antes de volver a cometer los mismos errores, te atraparé con el silencio de las voces, y todas nuestras letras y palabras conversarán sin tener que salivar su pronunciación. Serán solamente nuestros cuerpos los que declaren el dominio. Habremos engañado a aquella serpiente mitológica, con nuestro silencio como espada, seremos inmunes al veneno de la gramática.