El calor del frío

Era una mañana espeluznante, de excéntrica permanencia en los huesos, de escarcha delicada. Jamás me hubiera enterado de este remate invernal si no fuera por la pérdida de sensibilidad en mis dedos a causa de la oleada invasora que por la ventana se filtraba.

Temía quedarme congelado, gracias al súbito despertar cerré la ventana y ubique rápido mis pies al fuego. El dormir se había interrumpido, ahora una pava esperaba el agua, y una taza con café el agua misma, ya abrazada por el calor.

Mientras con mis aburridas manos blancas sostenía la taza caliente, se hacía más amarga la interrogación. Qué extraño, que injusto, verme a mí disfrutando y escapando de los brazos del frío, del abismo negro de recuerdos y huesos quebrados, con una simple taza de café caliente y abrigo de lana en los pies.

Un sentimiento afligido, que compartiré ahora, aquí, mientras un cuerpo tirado sobre el sendero de cemento y bajo las luces amarillas no puede disfrutar de ningún calor, solo posee aquel que logra agonizarlo lentamente, que solo quema su mente, adormece la piel, y lo hace recordar un pasado frívolo como la mañana que no logrará disfrutar jamás

De qué color se vestirá el invierno, de qué color será el frío, si aquellos ojos que más lo ven y sienten, son negros como la noche que los destruye.

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