Parálisis del sueño.

Es verdad todo lo que puedas llegar a escuchar sobre la parálisis de los sueños, es verdad todo lo que salga de la boca de quien te relata con algo de pudor esta cruel secuencia que tiene lugar ciertas noches inesperadas. “…yo siempre escucho voces, susurros a mis espaldas…” me contaba un amigo una tarde de sol, aprovechando la seguridad que nos da la luz del día “…yo nunca me puedo mover, incluso no puedo gritarle a Natalia, mi hermana, quien duerme en la cama de al lado…” me narraba una chica que conocí en un bar, una morocha pálida, sin tetas, muy linda, que al parecer saboreaba dialogar con desconocidos.

Pero un día, hace un mes, mientras vacacionaba en Córdoba en la casa de un gran amigo que conocí hace poco, sufrí el peor de estos eventos hasta ahora. Lo voy a contar porque por primera vez pude sentir el miedo, el verdadero terror, donde esos monstruos de la niñez se nos presentan queriendo beneficiarse de nuestro estado de consciencia medio tonta e indecisa, quizás en venganza de habernos olvidado de ellos, de haberlos superado, de haber crecido.

En el catastrófico ciclón de la somnolencia, como saliendo de un bar semi borracho sin tener idea donde querer amanecer, me acosté en la cama y cerré los ojos esperando que las aguas se apaciguaran, y, que en consecuencia, el tripulante de aquel barco en el interior de mi cabeza le reconozca al contramaestre que las ordenanzas fueron cumplidas, que estaba todo listo. No supe calmarme. Algo, lo suficientemente horrendo y abominable, se apoderó de mi descanso con la misma pasión que se apoderan los coleccionistas de chapitas de latas, de figuritas de béisbol o de monedas viejas podridas por los nuevos valores. El tiburón, el gran enemigo del barco dentro de mi cabeza, había aparecido.

El gigantesco pez nadaba en círculos alrededor de la nave, contorneando la figura de la muerte y saboreando la cruda carne de mis pobres marineros. La parálisis estaba por brotar a escena, y yo lo sabía. En ese momento no pude hacer nada, sabía que estaba inmóvil y que no iba a salir inmediatamente de ese estado aunque lo quisiera, por un segundo sentí compasión por las moscas que caen estúpidamente en las telarañas condenadas a ser devoradas por el ágil arácnido.

Yo estaba al tanto de que era todo cuestión de tiempo para que termine, pero es muy difícil centrar la atención en un final cuando lo que más se desea es el final mismo, siempre tropezamos pensando en lo que nos acecha. No era solo el tiempo infinito lo que me hacía agonizar del susto, yo sabía, también, que estaba a punto de pasar lo peor, que ahora iba a enfrentarme a la alucinación. ¿Qué será esta vez? ¿Voces? ¿Susurros?

Fue entonces que la vi, yo estaba de costado. Una mujer horrenda de pelo negro sentada en la punta de la cama era el único blanco de mi mirada. No pude reconocer bien su rostro, era muy deforme, aunque pude sentir una leve tristeza, parecía una mamá que había perdido a su hijito jugando en el parque. Empezó a gritarme sin sentido alguno, era un chirrido de vieja agonizando verdaderamente terrorífico, y sentía como su mano se apoyaba en mi pierna. Por causa de la parálisis yo no podía mover mi cuerpo, no podía mirar otra cosa, estaba completamente rendido en el camino de la vigilia y el sueño. Nunca había experimentado tanto miedo en toda mi vida.

El episodio duró unos treinta segundos eternos, me sentí el personaje principal de un cuento de Stephen King. Me creí totalmente ajeno a mi cuerpo porque este no quería hacerme caso, como un cachorro maleducado no reconocía mis órdenes.

De repente como un rayo partiendo un árbol agité mi brazo derecho y desperté gritando. La mujer pálida y triste junto a sus tétricos chirridos no estaba más, había desaparecido. A partir de ese día no pude dormir con tranquilidad, yo había sufrido antes algunas parálisis del sueño pero ninguna como esta.

Es horrible creer que algo como esto pueda volver a pasar, que esa mujer blanca como la nieve pueda volver a aparecer, a gritarme más cosas sin sentido, a reclamarme cosas que yo jamás podre darle. No, señora, yo no sé dónde usted perdió a su hijo, yo no se lo quité, por favor, no se descargue conmigo, no me asuste más.

No puedo acostarme tranquilo sin recordar esas manos frías deslizando por mi pierna. Mi peor temor, ahora, es que ese gigantesco pez vuelva a aparecer para asustar a mis marineros y poner en peligro mi barco, que no me deje pisar tierra firme, que me haga vagar sin rumbo dentro de mi cabeza solo para esquivarlo, me da pavor, pánico, quedarme algún día encerrado en una parálisis del sueño y no poder despertar jamás.

Algún día voy a poder enfrentarte, parálisis, algún día voy a ser yo quien te enseñe sus peores demonios, para que te hagas cargo de ellos, para que te des cuenta de que estoy mal con o sin vos y que me dejes respirar de nuevo, que me tengas compasión…que me ofrezcas el alba al momento de despertar.