Las Kellys en pie de guerra

Con la llegada del verano y el aumento de la carga de trabajo, las camareras de pisos preparan concentraciones para exigir derechos

U n grupo de mujeres, cansadas de que no se les valore, comparten en redes sociales sus experiencias como camareras de piso y deciden salir a las calles para reclamar sus derechos. Su oficio puede considerarse un pilar fundamental para el buen funcionamiento del sector turístico, sin embargo, sus condiciones laborales carecen de dignidad para el siglo XXI. Se hacen llamar Las Kellys, las que limpian. Su lucha destaca por el hecho de ser un colectivo mayoritariamente femenino y denuncian que el ser mujeres ha influido en que estén en estas condiciones.

“Los hoteleros se dan cuenta que no nos vamos a callar”, Yolanda García, portavoz de la asociación en Benidorm.

Ya acechan los primeros rayos de sol del verano y con él la temporada más alta para el sector turístico y hotelero, aunque el trabajo de estas mujeres nunca disminuye. “En verano contratan a más gente, pero no todas las que deberían”, asegura Yolanda García. En unas semanas se cumple un año desde que, en junio de 2016, Las Kellys decidieron trasladar su lucha a la ciudad alicantina de los rascacielos: Benidorm. Tras tiempo pensando que las cosas debían cambiar, Yolanda García decide poner un anuncio en la página de Las Kellys: “Las camareras de piso que estén cansadas que vengan a la próxima reunión en Benidorm”. Aparecen así Las Kellys Benidorm-Marina Baixa.

“El hecho de ser mujeres ha influido en que estemos en estas condiciones”, espeta Yolanda García

La Costa Blanca es uno de los destinos con mayor ocupación hotelera en España durante los meses de verano, no obstante, los empleados de este sector, sobre todo las camareras de piso, siguen siendo muy poco valorados. Por esa razón, esta alianza pretende poner fin a todo el menosprecio, el maltrato y la ansiedad a la que están diariamente sometidas. Mediante la asociación, quieren dar conocer las malas condiciones en las que tiene que realizar su trabajo y reclamar los derechos que les corresponden como trabajadoras. De momento, han conseguido que se hable de ellas y que se conozca su trabajo.

En verano, las playas y los hoteles se llenan de turistas ajenos a lo que pasa “de puertas para dentro”.

Cada vez son más las que deciden alzarse y exigir que se las respete. Se ponen en contacto con la asociación para informarse sobre sus derechos, pero el problema está en que muchas de ellas temen quedarse sin trabajo. Entre sus peticiones se encuentran: la jubilación anticipada con todos los derechos ya que “una mujer con 60–65 años no puede limpiar 25 habitaciones por día”; la reducción de la carga de trabajo; que se reconozcan las enfermedades que adquieren trabajando; derecho a la conciliación laboral; mismos derechos laborales para toda la plantilla, ya sean fijas, eventuales o subcontratadas; un convenio de hostelería que las respete y más inspecciones. Estas son algunas de sus exigencias y la portavoz apunta que “poco a poco van perdiendo el miedo a hablar” pese a que “hay camareras que al mandar una carta a inspección no quieren que salgan sus datos”. “Trabajando juntas, intentando mejorar nuestras condiciones”, declara Mari Carmen López, camarera de piso, de forma interrumpida, desde hace dos décadas.

Uno de los mayores problemas por los que están pasando es la externalización, es decir, cuando los hoteles contratan a empresas externas que les mandan las limpiadoras que necesitan. “Lo principal de un hotel (las habitaciones) no puede estar externalizado”, asegura una camarera. Además, “el trato de estas empresas hacia ellas es denigrante”. Las tratan como mercancía y si alguna se enferma y tiene que pedir la baja la despiden sin ningún remordimiento y al día siguiente mandan a otra chica. En algunos casos, Las Kellys han llegado a plantarse frente a hoteles que iban a externalizar su plantilla de limpiadoras, en Benidorm, para denunciarlo y así deciden no hacerlo.

Un día de trabajo

Las siete de la mañana, apenas ha salido el sol y ellas ya tienen que estar en su puesto de trabajo, no sin antes haberse tomado unos antiinflamatorios o relajantes musculares para poder soportar la larga jornada de trabajo. Durante las primeras dos horas limpian conjuntamente las zonas comunes como son la entrada, el salón o el comedor. Al terminar, deben preparar un carro, grande y pesado, con todo lo necesario para una óptima limpieza de las habitaciones, perdiendo así aproximadamente media hora más del tiempo que tiene para limpiar las habitaciones programadas y quedando menos de seis horas para terminar su turno.

“Por intentar hacer bien el trabajo terminamos con un estrés altísimo”, apunta Mari Carmen López, camarera de piso

Tras tenerlo todo preparado comienza lo más difícil. Tienen que limpiar un número aproximado de veinticinco habitaciones con una cama de matrimonio o dos individuales, pudiendo llegar a haber hasta cuatro camas y una cuna por habitación. Con cada cama extra que hay en la habitación y tienen que limpiar — o instalar si hiciera falta — el hotel recibe una bonificación, y, aunque ellas ven incrementado su trabajo no obtienen ningún extra. A todo esto, también se juntan los pasillos y ascensores de su planta. “Para terminar a tu hora tienes 10 minutos para limpiar una habitación”, asegura Yolanda García.

La Kellys contra la precariedad y el maltrato de las limpiadoras de hoteles

Mari Carmen López, en paro y con una rotura irreversible de tendón en el lado derecho y con síndrome del túnel carpiano severo en el izquierdo, declara que tenía que hacer “jornadas ‘maratonianas” y junto con “la excesiva carga de trabajo nos pasa factura y lo estamos pagando con nuestra salud”. “Por intentar hacer bien el trabajo terminamos con un estrés altísimo”, apunta.

El caso de Rosi, una camarera de piso despedida tras un accidente laboral

Rossitze Dimizrova (Rosi), licenciada en económicas, tuvo que trabajar de camarera de piso por falta de trabajo. Llevaba trabajando menos de un mes en una empresa externalizada y aseguraba no tener problemas:“No tengo queja alguna de que me hayan presionado en el poco tiempo que he estado, porque hay casos peores. En algunos sitios los tratan peor que a los animales”. No tenía ningún problema hasta que un día sufrió un accidente en horas de trabajo. La cristalera de la terraza, que no estaba bien encajada, se cayó encima suya aplastándole una pierna, pero con la suerte de que una parte quedó apoyada en una silla.

Dos días después del accidente, recibió una llamada de la empresa informándole que debía firmar unos papeles, para poder recibir la bonificación de la Mutua de Accidentes, pero finalmente resultó ser el despido. Como consecuencia, en lugar de recibir un 100% de la nómina (como se debe encaso de accidentes) solo cobra el 75% por parte de la Mutua. A partir de ese momento no se interesaron en saber cómo se encontraba. “Nunca me han preguntado cómo estoy”, afirma.

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