El legado de Sara Rus: la mujer que sobrevivió dos veces

Vivió y enfrentó el odio en los campos de concentración nazi y como Madre de Plaza de Mayo. Su relato en primera persona es un paradigma de lucha que se sobrepone a la violencia ya la persecución política.

Dura como la roca, frágil como el cristal. Su llanto ahogado y recluido por el tiempo tiene memoria. Mira hacia el horizonte desde el balcón y sus pupilas se funden entre los edificios de Belgrano mientras cuenta, recuerda y se emociona. Es probable que las telas color pastel y un collar de perlas vistan su piel de porcelana. Así, ella lucha. Ella que llora lágrimas lentas que relatan fuerza. Ella que pide. Pide que no hay silencio, que no hay olvido, y pide memoria. Ella es la atención que escucha, es el deber de contar, pero sobre todo es la necesidad de saber. ¿Por qué ella? Sara Rus murió dos veces y sobrevivió otras dos: A los 12 años cayó en las manos de los alemanes en su Polonia natal y fue liberada después de pasar cinco años en los campos de concentración; hoy integra Madres de Plaza de Mayo línea Fundadora y ya no tiene esperanzas de recuperar su hijo que sigue desaparecido. Pero sí tiene fuerzas para cortarlo. Ella, con 90 años, está más viva que nunca y que tiene una sola razón para seguir viviendo: llevar a cabo su voz al mundo para que la historia no se repita.

Nació y pasó su niñez en Lorz, una de las ciudades más pobladas de Polonia. Su infancia fue como la de otra niña de su edad. Su padres, Carola y Jacobo, la enviaron a una escuela judía y clases de violín.

12 años cuando estalló la guerra y el ejército alemán irrumpió en su casa. Las bestias entraron con prepotencia y uno de ellos en el violín sobre la mesa.

-Y este violín?
-Mi hija está aprendiendo- contestó orgullosa Carola, como si hubiera sido hablando a un ser humano.
-Ah, ¿le gusta el violín?

Y con una violencia ensordecedora reventó el instrumento contra la mesa. Así comenzaba el holocausto.

Del calor del hogar a las habitaciones frías del gueto. Corría 1940, y los judíos eran maltratados de una forma truculenta y despiadada por los nazis. Los identificaban con la cruz de David y con cintas amarillas, y eran enviados al gueto –que es como un lugar enorme donde los dejaban a todos, como si juntaran rebaños– donde el trabajo era obligatorio. El gueto era controlado por el Judenrat, es decir el gobierno judío que debía obedecer a los nazis. A Sara y a su madre las enviaron a una fábrica de sombreros. La ley: El que no trabajaba no comía. La verdad: Siempre sobraba hambre y faltaba comida.

Sirve o no sirve. En 1942 comenzaron las selecciones: Cada tanto los nazis elegían a dedo a grupos de personas que eran amontonados en vagones hacia los campos de concentración de Auschwitz, que eran la instancia previa a las cámaras de gas.

La vida dentro de la muerte. Ese mismo año, la mamá de Sara, Carol, tuvo un bebé. Un nene. Carola tenía una enfermedad muy grave que le impedía moverse y la mantenía acostada durante todo el día, prácticamente moribunda, y no podía cumplir con las obligaciones del gueto. Su hija, con catorce años, se llevaba trabajo a su casa, preparaba una producción extra de sombreros y la entregaba en nombre de su madre para que no le quitaran la carta de alimentación. Como Carola no podía darle leche al bebé, Sara se encargaba todos los días de la búsqueda de al menos un pocillo de vida blanca para el esquenuncito. La mayoría de las veces volvía con las manos vacías por la escasez del alimento. El niño vivió tres meses.

“Al año mi madre quedó embarazada de nuevo. Era otro nene. Al nacer, lo asesinaron en el hospital, en una de las llamadas “evacuaciones”. Así es. Muchas historias, muy fuertes”.

Así es. Muchas historias, muy fuertes.

Una de esas historias fue de amor. Un día de 1943, el padre de Sara, Jacobo, conoció a un joven en el gueto y lo invitó a su casa. Sara tenía 15 años y él 26. “No había nada para convidar, y lo poco que había no alcanzaba ni para uno, pero no sé qué hacía mi madre, creo que calentaba agua para servir té”. Entre charlas, Sara se enamoró de Bernardo. Él leía mucho, y les contó que hace poco tiempo había leído un libro sobre Argentina, en donde destacó varios paisajes arquitectónicos de la ciudad de Buenos Aires. “En un momento dado se dirigió a mí y me dijo: “yo te anoto una fecha en esta libretita: 5 del 5 del 45”. Su idea era que si sobrevivían, se encontraran ese día.

La inminencia de la invasión estadounidense les salvó la vida. Después de pasar meses en los campos de concentración, en donde vivieron situaciones tan humanamente denigrantes y devastadoras, el 5 del 5 del 45 fueron liberados de los nazis por los americanos. “Esa fecha quedó grabada en mí. Yo no sabía nada de Bernardo y él no sabía nada de mí.” A los pocos días, Sara recibió una carta de Bernardo, en donde le decía que la estaba buscando. Ella lo fue a ver.

Al tiempo se casaron y buscaron trabajo. Un médico le dijo a Sara que –debido a un accidente que había sufrido en los campos de concentración– no iba a poder tener hijos.

Cuando decidieron viajar a Argentina, en 1948, hubo un milagro. Sara y Bernardo tuvieron un hijo. Daniel Rus. “Era muy inteligente. Entró la facultad y se recibió de Físico Nuclear”. Según Sara, su hijo Daniel no militaba, pero seguramente era peronista. Él les contó que un amigo suyo, Jorge, había desaparecido. En Argentina, transitaba el periodo dictatorial denominado de “Reorganización Nacional”, de 1976.

A mediados de julio de 1977, a las dos y media de la tarde, Daniel Rus fue secuestrado junto con dos colegas en la puerta de la Comisión Nacional de Energía Atómica, donde trabajaban. Otros veinte físicos empleados de ese organismo serían detenidos ilegalmente durante la dictadura. A Daniel lo subieron a una camioneta y esa fue la última vez que alguien lo vio.

“Creo que no hay dolor más fuerte que cuando te sacan a un hijo; eso cambió toda mi vida”

Lo empezó a buscar todos los lados. Sara y Bernardo viajaron al extranjero para buscar alguna ayuda que interviniera con el gobierno argentino. Hablaron con senadores y diputados que trabajaban en Washington. Todos los mandatarios mandaban cartas preguntando por Daniel, pero nunca hubo respuestas. Se encontraron muchos cuerpos y restos de personas desaparecidas y eso hizo posible que sus familias pudieran darles una sepultura digna. Eso es lo que Sara también esperaba: darle una sepultura digna a su hijo para poder llevarle una flor.

"Me toco vivir esta segunda lucha. Sufrí con mi madre por todo lo que hicieron los alemanes, pero lo que sentí con mi hijo es imposible de contar. Ninguna de las madres teníamos tumbas para llorar. Y acá estoy ... todavía luchando ".

Hoy pide que no haya silencio, que no tenga olvido y que no perdamos la memoria. Hoy sus ojos, curtidos por la espera y cargados de historias que parecen ser de ficción, ya no lloran: Hay que tener fuerzas para contar.

"Ya no voy a llorar, porque si lloro no puedo hablar".

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