Dale un pez a un ego y comerá

Ser mejor se siente mejor. Empecé ayer cuando vi a Carlos, un vagabundo comemierdas, chupando la envoltura de unos pingüinos en la esquina de Bucareli y Reforma. Su postura era tan escatológica como su olor, que combinaba con el esmoquin café que llevaba puesto desde la época de Salinas. Fui corriendo al Superama a comprar un pescado para regalárselo; bueno, no corriendo corriendo, pero sí con un paso firme, constante como mi devoción. Me paré frente a él, cubriéndole el sol al pobre, sonreí con una admiración como hace mucho tiempo no me tenía; dile el pescado para que comiera un día, un día a la vez, pasito a pasito suave suavecito. Miró el producto del mar y de mi mano en la suya y se quedó sin palabras. Pobre. Me fui mientras murmuraba palabras de agradecimiento.

El kilo de tilapia está en noventa y cuatro pesos. Supongamos que de un kilo salga un filete, y acá atrás hay un callejón con cinco gentes en situación de no se han bañado, con Carlos tenemos un total de seis hambrientos… híjole, necesitaría seiscientos pesos al día para alimentarlos. No a ver pérate… Jacinta, ¿cuánto vale el kilo de pescado barato en el mercado de por la casa? Ajá. ¿Y cuánto vale en el mercado de por tu casa? Ajá. ¿Oye, y con espinas y todo lo demás? Ajá. Sí entonces mañana me compras seis kilos antes de llegar a la casa. Siete para que tú también comas.

Carlos debería estar deprimido desde que se fue su ¿esposa?, ¿amiga?, ¿free?… No sabía que había vagabundas mujeres, ¿también les baja a ellas? No creo porque pues cómo se limpiarían o con qué se taparían. Tiene cinco meses que no la veo, que nadie la ve.

Mañana les llevo pescado fresco a todos. Y la próxima semana, al Río de los Remedios. Les voy a enseñar a pescar.

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