¡Qué bien come el mono vestido de seda!

(inspirado en un relato Sufí)

El Sultán de Diyarbakir, Turquía, para exhibir su generosidad y esplendidez, decidió regalar a su gente un suntuoso festín en su palacio.

Uno de los habitantes de Diyarbakir, Abu Sa’id, observaba a lo lejos como iban entrando todos los invitados a la fiesta con finísimos atuendos. Los comparaba angustioso con las andrajosas prendas que él llevaba puestas y se decía: “vestido de esta manera nunca me dejarían entrar.”

Así pues, al presenciar a lo lejos Abu Sa’id a tan distinguido convite, temía llegar al palacio y hacer el ridículo. ¡Pero sólo de imaginar los delectables platillos que se estarían sirviendo dentro y que seguramente tendría la posibilidad de probar sólo en esta ocasión!, dejó a un lado la vergüenza y más bien le hizo caso al gruñir del estómago que se mostraba ya en ese momento muy desesperado.

Debido a las costumbres de hospitalidad que había inculcado el Sultán a su gente, los guardias se vieron obligados a dejarlo entrar a pesar de su apariencia muy fuera de lugar. No obstante, uno de ellos se encargó de sentarlo lo más alejado posible de los respetables invitados y lo guío discretamente a la mesa más apartada.

Elegantes mozos pasaban sin cesar con bandejas llenas de exquisita comida por las mesas, pero siempre que llegaban al lugar en donde se encontraba sentado Abu Sa’id, ya no había comida; estaban vacías.

Al darse cuenta de la trama de los mozos, y que no probaría bocado alguno (cosa que él había ya intuido desde antes de su arriesgada llegada al palacio), se levantó de su lugar avergonzado y salió de inmediato intentando ser lo más discreto posible.

Sin embargo, no optó por la resignación. Se acordó que tenía un amigo con prendas ¡finísimas!, igual de elegantes que las que aquellos ilustres invitados llevaban puestas esa noche.

Abu Sa’id regresó al palacio igual de atildado que el mismísimo Sultán. Los guardias que lo habían escoltado sólo un par de horas atrás burlándose de él, ahora se inclinaron ante su presencia pensando que era un príncipe que venía de tierras lejanas.

En esta ocasión una comitiva de soldados reales lo acompañaron de la manera más ceremonial al asiento que se encontraba justo a la derecha del Sultán.

Abu Sa’id, junto con el Sultán, era el primero en recibir las bandejas llenas de los platillos más delicados del mundo entero. ¡Pero no probó bocado alguno! Abu Sa’id, ante la perpleja mirada del Sultán y de los invitados, comenzó a llenar sus ropas de comida: echó los platos enteros dentro de sus mangas, derramó el vino encima del turbante, y embarró también la comida sobre los zapatos que llevaba puestos.

“¡¿Se ha vuelto usted loco?!” — le preguntó el Sultán.

“No señor mío” — contesto Abu Sa’id. “Sólo estoy muy agradecido con esta indumentaria, ya que es debido a ella que puedo estar aquí comiendo junto a su señoría.”

***

Si, es verdad, esa es la belleza que aprecian los intereses humanos.

Algunos dicen:
“importa lo de adentro.”
¡Observa bien!
Te sorprenderá otro
fabuloso cuento.

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