
El miedo de prestar libros
Recuerdo que de niño me enseñaron que nunca podía compartír mi ropa interior. Las camisas, sí; los pantalones, también; incluso las medias. Pero nunca la ropa interior. Lo mismo ocurría con el cepillo de dientes: ese no se le presta ni a la novia. El cepillo para el pelo, sí, pero nunca el de los dientes. Uno y otro objeto habían sido introducidos en mi vida como elementos míos y sólo míos, y el hecho de compartirlos podía dañarme.
Sin embargo todos esos consejos están profundamente descartados, lo que nunca se puede prestar, y de ahora en adelante debes dejar de hacerlo, es un libro.
No, no lo digo por esa típica — aunque a veces acertada — frase: ‘los libros que se prestan, nunca los devuelven.’ Quizá el mayor miedo sea lo contrario, prestar un libro y que enseguida te lo regresen, tras haber descubierto tus secretos.
Un libro es un objeto lleno de manías no del escritor sino del lector. Un libro tiene notas al margen, escolios, manchas, mocos , tachaduras, saliva en los bordes. Un libro incluso puede tener pequeños tesoros añadidos, suerte de prótesis metatextual tales como los marca libros. Estos a veces no son los típicos que le hacen publicidad a una editorial. En ocasiones los marca libros pueden ser fotos, billetes, entradas de cine, boletas, facturas, envoltorios de confites. También pueden ser cartas de amor, notas amenazantes e incluso hasta un condón todavía sellado.
De vez en cuando esos añadidos en los libros dicen incontables cosas sobre nosotros, pueden llegar a ser más entretenidos, informativos o de mayor densidad que el propio texto en sí de la obra. Son también una extensión del texto, un complemento no previsto. Todas esas marcas no escritas por el autor, sino dejadas por el lector, no siempre deben salir a la luz. Una que otra vez dicen mucho de su propietario y otras veces le construyen un ser doble que nunca fue.