Castigo al viajero

El mal trato a los pasajeros de las líneas aéreas se debe al espíritu pillastre de las empresas y a la peor cultura corporativa de esquilmar a aquellos de los que vives. Pero en el fondo responde a un prejuicio inveterado que se remonta por lo menos a la edad media: alguien que viaja es de por sí sospechoso y de quien cabe recelar. “Hospes hostis”, decía un viejo refrán. Una persona en tránsito no es normal y es un peligro en potencia: buhonero, pastor trashumante, titiritero, perillán, gitano, quincallero y muchas más posibilidades. El transeúnte, en aquella mentalidad, sólo podía ser dos cosas: alguien que huía de donde hubiera debido quedarse o uno que iba en busca de algo ilícito protegido por la fugacidad de su paso. Un siervo de la gleba escapado del terruño y de la autoridad de su señor feudal; un soldado desertor del ejército real y de sus obligaciones de armas. Rebeldes ambos de obligaciones impuestas por la fuerza. Y así se ha considerado hasta hace poco: en los años 50 del siglo XX se llamaba “desertores del arado” a los campesinos pobres que emigraban a las ciudades con la intención de ser obreros y realizar el dictum de que el aire de las ciudades hace a los hombres libres. Aún hoy se habla de “la Europa de los mercaderes” con desprecio hacia quienes producen la riqueza de la que viven los hidalgos, en recuerdo de pasados siglos de vejación al emprendedor con iniciativa.

A lo largo del camino, el viajero hallaba posada en lugares donde se le servía comida repugnante, a menudo sexo de pago no menos deleznable y dormitorios colectivos que eran verdaderos templos erigidos en honor a la mugre. De tales lugares se salía esquilmado y a menudo agredido, siempre visto como una bolsa de monedas a la que rapar. Hasta hace muy poco, recordemos de nuevo, a los actores no se les podía inhumar en tierra sagrada y los niños campesinos hartos de las palizas propinadas por sus padres patrones se escapaban con el primer circo que pasaba por el lugar.

El transeúnte es alguien que no forma parte de la parroquia que el domingo asiste a la celebración de algo que debiera haber sido la sagrada eucaristía y era en realidad el compartir callado de los secretos a voces acumulados por la comunidad de vecinos, igualados todos ellos en cuanto a culpa y envidia. El viajero que atravesaba aquella tierra era alguien de quien se ignoraba la cuota correspondiente de culpa y pecado; mal asunto que desequilibraba la homeostasis social y agudizaba el flujo de la mala voluntad. El protestante ha sido odiado en España por el propio vecindario feligrés, ofendido por su libremente decidida disidencia del rebaño. “Pero éste, ¿qué se habrá creído?”. Esa funesta manera de pensar permanece y de qué modo: véase el resultado de las últimas elecciones. La coleta, la coleta, señores, que debe ser cortada para que no se sobresalga, como decía aquel cuplé llamado “La chica del diecisiete”, a la que se recriminaba: “¿De dónde saca, pa’ tanto como destaca?”. Y eso que entonces no se sabía dónde estaba Venezuela.

La comida mala, escasa y cara que se sirve tanto en aviones como en autopistas; el tufo de los compartimentos de los trenes donde uno debe viajar de noche; el trato de revisores, maquinistas e interventores; el corporativismo pseudosindical de pilotos formados en disciplina militar; el tono de las “informaciones” proferidas por megafonía; uno se pone a enumerar, y no pararía, los anecdotarios denotativos de la conciencia del maltrato necesario para el viajero y el obligado castigo a su osadía de, válgame Dios, pretender irse de vacaciones honradamente ganadas con la fuerza de su trabajo. “Pero estos, ¿qué se habrán creído?”.