El ciclismo y el taxismo

El ciclismo urbano tiene su qué: lo que quiso ser concebido como una inyección de espíritu ecologista a la ciudad, una inclinación a la slow life en contraste con el ruido y la furia de la automoción universalizada ha empezado a cobrarse víctimas. Primero Muriel Casals, luego la otra señora que en estos momentos sigue en coma después de haber sido arrollada por un biciclo. Un exagerado diría que es más fácil morir arrollado por una bici en nuestra ciudad que por un automóvil, aunque la negación permanente de tal hecho sea persistente. Ya se sabe que sólo creemos en las estadísticas cuando juegan a nuestro favor.

El taxismo es otra cosa muy distinta. Hace un par de días, un taxista que discutió con un ciclista deportivo quiso cerrar la polémica atropellándole intencionadamente con su vehículo; el ciclista acabó en el hospital a resultas de tan arrolladora decisión y el taxista, imputado por conducción temeraria, daños y lesiones. Hay algo en la comparación de ambos episodios que va a favor de los ciclistas: cuando se llevan por delante a alguien no es por mala voluntad sino por otra actitud: por desidia, aturullamiento o por haber creído en la falaz propaganda de cierta tendencia cultural buenista: lo natural es bueno y no nos puede dañar. Pero hay algo que una a ambas y es el convencimiento secreto de que pilotar el propio vehículo confiere la facultad de estar por encima de la norma general de convivencia y el desprecio de la seguridad de los demás.

El neologismo “taxismo” lo acuñó el periodista Antonio Franco cuando era director de El Periódico en un momento en que Barcelona vivía una particular época de conflictos en torno a la redimensión industrial del negocio del taxi, a principios de los 90. Existían por aquel entonces organizaciones gremiales de taxistas cuya actitud sociopolítica recordaba — seguro que somos malintencionados en la apreciación — al desparpajo con el que décadas antes se comportaban los alegres chicos de Fuerza Nueva o de la Guardia de Franco, por lo menos en su capacidad de intervención e influencia y en algunos rasgos digamos culturales. Unos y otros se habían beneficiado de la laxitud de los poderes públicos, aunque por razones muy distintas. Los falangistas, porque el régimen de Franco halló en ellos una fuerza parapolicial de inestimable ayuda; los taxifascistas, porque la autoridad metropolitana democrática sentía un intenso temblor de piernas ante su obligación de regular debidamente el servicio a beneficio de todos los ciudadanos y no de ciertos intereses particulares. El surgimiento musculado del taxismo nos recordaba, a los viejos reporteros, la preponderancia de los antiguos jerarcas del sindicato vertical recolocados en la industria del coche de punto, de la que quisimos informar a inicios de los 70 y fuimos amablemente persuadidos para dejar de hacerlo. Antonio Franco fue el único director de diario que llamó al taxismo por su nombre, esa palabra que empieza por f.

Los esforzados constructores del sindicato del taxi como Miguel Tomás, muchos de ellos militantes comunistas, lloraban a la hora de intentar que se distinguiera la reivindicación obrera del matonismo fascista, igual que los pacíficos ciclistas de hogaño reclaman que no se les criminalice por circular por donde les pasa por el pepino con el que enriquecen su ensalada. Trabajos de amor perdidos, como dijo el clásico: lo que es es lo que queda. Pero el taxismo de antaño no causó muertes y el ciclismo de hogaño sí: a cada uno lo suyo. Hasta que el atropellador gerundense ha hecho su aparición.

De trasfondo, un silencio ensordecedor. El de las autoridades gestoras de la ordenación de la vía pública, que hallan más rentable reclamar responsabilidades al automovilista que viene identificado por una placa y responde con una nómina domiciliada en un banco que ponerse a trabajar para que que quienes circulan en vehículos de tracción a sangre lo hagan debidamente identificados públicamente y cubiertos legalmente. Un denominador común, pues, entre el taxismo de antes y el ciclismo de ahora: la dejación de responsabilidades de quien está obligado a exigirlas.

La furia emprendedora del taxista embestidor de la semana pasada puede ser un pronto violento pero no deja de verse como la actitud consecuente de alguien que cree que la calle es suya y que ese derecho de propiedad se impone por la fuerza, como le ha sido transmitido mediante una cierta tradición. Es el taxismo que sobrevive. Los ciclistas atolondrados, que no son fascistas sino memos, se limitan a asumir que la calle es suya porque un día les dijeron guapos. Entremedio, esa idea de que el automóvil particular es la causa de los males de la ciudad. Decididamente aquí hay alguien que no ha entendido el mundo en el que vive pero el taxismo que subsiste ha acudido en ayuda de su inanidad.

Por cierto que el temblor de piernas anteriormente mencionado persiste. E incluso se diría que se ha extendido por mor de su causa, si consideramos el ciclismo.

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