El fascismo que se resiste a morir

Cada hombre es hijo de sus actos y padre de sus palabras; en esa constatación radica el concepto de democracia en sentido antropológico. Uno responde por lo que dice y por lo que hace, y esa es la razón de la justicia. Y qué expresión más depurada de la fuerza que constituye la palabra más el acto que una sentencia judicial, pues ese documento es palabra que actúa y que obliga.

Tal quintaesencialidad democrática de la sentencia judicial compromete sobremanera con la radicalidad democrática a quien las redacta y emite, por la razón arriba expuesta. No debería pues haber fascistas en la judicatura pero haberlos, haylos. Sería fácil depurar a los fascistas de entre las filas de quienes están facultados para sentenciar, pero el condicional es aquí obligado porque quienes deberían cumplir con ese imperativo cuentan también con ellos en sus correspondientes estructuras.

Llegamos así al crudo hecho de que ciertas sentencias judiciales sean expresión de un fascismo no ya latente sino explícito en la forma y en el fondo. Que causen escándalo entre la ciudadanía es saludable; lo hacen porque nuestra sociedad es democrática y la intrusión fascista en la sociedad abierta resulta chirriante. Y porque ponen de relieve que una palabra que actúa y obliga justificando el fascismo que nuestro país sufrió durante cuarenta años no sólo es ilícita sino ilegal y socialmente lesiva, y por lo tanto debe ser erradicada de una vez por todas. Así de simple y todo lo demás son excusas. Excusas del fascismo que se resiste a morir.