Franco no murió en la cama

Se suele decir con frecuencia para menoscabar el relato de la transición: Franco murió en la cama. Quienes denuestan la transición olvidan que el mérito de aquel episodio fue rehuir la posibilidad de que se repitiera una guerra como la de 1936; en catalán hay un dicho para esto: “De quin pa feu rossegons”. Y para rematar la faena te espetan que Franco murió en la cama, como queriendo aludir a la incapacidad o falta de voluntad de las fuerzas políticas opositoras de entonces para imponer un régimen republicano.

Pues no, Franco no murió en la cama. Lo curioso no es que los susodichos afirmen tal cosa, lo sorprendente es que los aludidos asientan. Y no, Franco no murió en la cama.

Franco murió en el hospital, en la mesa de operaciones, después de una serie de intervenciones dirigidas por su yerno, un medicastro al servicio no del juramento hipocrático sino de los clanes más cavernarios del régimen instaurado por su suegro. El generalísimo fue en aquel momento el sujeto pasivo de una guerra entre facciones fascistas que se hallaban en tensión entre ellas. Por una parte, tratando de posicionarse en la lucha por el poder que la desaparición del dictador suscitará. Por otra, tratando de establecer estrategias para la neutralización y represión de una oposición democrática que había conseguido extender hasta lo impensable las “islas de libertad” que, según afortunada expresión de la dirección del Partido Comunista entonces, eran las zonas, físicas, sociales, culturales e ideológicas que el rechazo del franquismo había instituido entre las gentes. Para ambas estrategias, los fascistas gobernantes necesitaban tiempo, y ese tiempo solamente podían ganarlo alargando la agonía de su jefe en la mesa de operaciones.

La lectura de los partes médicos periódicos del estado clínico de Francisco Franco a lo largo de aquel siniestro episodio es sobrecogedora, a pesar de los eufemismos y lo críptico de los comunicados. Se infiere de ellos un sufrimiento indecible, a veces expresado verbalmente por el propio paciente. Los periodistas que vivimos profesionalmente el seguimiento de los hechos estábamos escandalizados por aquella barbarie pseudomédica. Fue el punto omega de lo más terrible de la España negra, encarnado de manera macabra en la persona del último servidor del ídolo sangriento. A Franco se le mantuvo artificialmente con vida aunque ello supusiera no ahorrarle sufrimientos que superarían a una intensiva sesión de tortura practicada en las comisarías que a él mismo sirvieron, tal y como si se tratase de una cruel ironía del destino.

Franco no murió en la cama porque se les quedó en el quirófano cuando su físico no pudo resistir más. Aquello fue un sacrificio humano en toda la regla: el ofrecimiento sangriento y despiadado al fascismo de su propio líder por parte de los acólitos del culto. Dolor, sangre y mierda fue el escenario de la ceremonia y su legado: los sucesos de Montejurra, Vitoria y Atocha que vinieron después parecen secuelas de aquel acto de violencia primigenio y de la furia sorda, oportunista e inmoral de quienes lo ejecutaron.

Que cada cual valore como quiera la transición del fascismo a la democracia. Pero que no diga que Franco murió en la cama porque no fue así y es de dominio público. Franco murió torturado por los suyos por causa de la maldad, la voluntad de prevalecer y la miseria moral del régimen que instituyó y de sus sostenedores. Podría decirse sin faltar a la verdad que esa muerte a manos de nuestros adversarios fue una victoria de los nuestros. Pero yo no quiero que semejante pensamiento infame caiga sobre nuestras cabezas; nadie dotado de un elemental sentido de la piedad lo afirmaría. No pudimos destruir de un plumazo e instantáneamente el franquismo, cierto, pero Franco no murió de muerte natural ni tras una plácida enfermedad. Y me temo que la afirmación contraria esconde ideas e intenciones que podrían llegar a horrorizarme igualmente. Como una trivialización de la violencia o de la posibilidad de una nueva guerra civil.