Refugiados, senegaleses, democracia

Lo que sucede ahora ya lo vivimos antes. Ahora en Macedonia; en 1939, en la frontera hispanofrancesa y las playas del sur del país vecino. Miles de españoles cruzaron la linde porque perdieron la guerra ante un enemigo con voluntad exterminadora y genocida. Eran refugiados políticos que huían de un fascismo vencedor que pocos meses más tarde comenzaría a extenderse por Europa. Fueron internados en reductos cercados y vigilados, privados de ayuda externa y separados del contacto con la población, donde pasaron hambre, sed, frío, enfermedades y miseria. El trato recibido por sus guardianes fue vejatorio y cruel; eran, otra pirueta de la historia, senegaleses alistados en un ejército colonial, que se buscaban la vida entonces y allí haciendo de apaleadores de mujeres y niños con una dureza que no justificaban ni las órdenes ni la propia condición sino cierta fruición de imponerse físicamente sobre el sojuzgado. (Es mucho mejor, ciertamente, vender manufacturas fraudulentas por las calles sin pagar impuestos y por ende beneficiar estructuras de explotación e injusticia; aunque parezca mentira, el progreso existe aunque se desarrolle en espiral y siempre bajo crueles formas de ironía).

Padres, tíos y abuelos de mi familia nunca olvidaron aquel internamiento, aquel trato, y lucharon por una Europa democrática, socialista y a ser posible federal. Los hombres del futuro, descendientes de los refugiados que han sido gaseados en Macedonia y confinados en Calais, dirán también cosas muy duras de nosotros. Como las que decían nuestros ancestros de aquellos franceses ansiosos de entregarse en brazos de la Wehrmacht. Los refugiados siguen creyendo, antes y ahora, en que los países democráticos son lugares donde los hombres son acogidos en la necesidad. El día que las gentes dejen de creer tal cosa estaremos perdidos.

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