Risky business

Hay dos dichos que me vienen a la memoria cuando pienso en un asunto de la actualidad. Uno: “Quien ama el peligro perecerá en él”. Otro: “Dios me guarde de mis amigos, que de mis enemigos ya me guardo yo”. La verdad es que no sé por cuál optar para definir la situación. Quizás, en estrictos términos políticos, el segundo sea más adecuado. Hincar el diente a un reglamento y sacarle jugo, aunque sea venenoso, es una tentación irresistible para un reglamentista institucional. Más todavía en Catalunya, donde el afán normativo es la pomada que tapa cualquier grieta que deje la gestión sin visión o la mera cruda realidad. En este caso, el reglamentista no se ha podido resistir a la llamada de la selva, aun consciente de que el reglamento que iba a aplicar fue hecho por… la fuerza política a la que derrotó en elecciones y ahora se sienta en la oposición, y por tanto, su acto sería kryptonita pura para el liderazgo político que le dirige.

Quizás por eso quepa aplicar el primer dicho; el gusto por el riesgo innecesario es una insòlita característica de la política de mi país. Solamente se comprende a través de una cruda constatación: a nuestra gente el reglamentismo estéril le impresiona tanto como los gestos de gallardía (pit i collons). De ahí que alguien haya podido haber pensado en dar carne a la fiera que pide castigar al turista y mañana ya veremos. Si con escasos votos y numerosos (casi exclusivos) gestos una sola fuerza política puede condicionar a la vez la gestión de Parlament y ayuntamiento de la capital, ¿por qué no sumarse al risky business? Consideraba todo esto mientras pensaba en la intención municipal de ponerse a trajinar la terraza del Zurich, pero al final he tenido que recordar que Ada Colau no es una tacticista sino una política de raza con sentido estratégico cuyo rostro más luminoso y cuya zarpa más feroz aún están por ver.