Una cuestión de moral

Pues ahora que todo el mundo habla de ética yo hablaré de moral. Si creen que la moral está pasada de moda, miren a su alrededor y comprobarán la necesidad. A ver quién, en sus justos cabales, se ve capaz de considerar en meros términos éticos la autoría, tanto inmediata como última, del atentado en una boda en Turquía, en el que han muerto 51 personas, ntre ellas una veintena de niños, cometido por un chico de 12 o 14 años al que se le incorporó un cinturón explosivo. No hay ética capaz de englobar semejante consideración; es necesario a apelar a algo más profundo, de un orden superior, que una versión personal de la normatividad social.

La filosofía académica conserva celosamente sus estudios sobre ética al tiempo que vuelve la cabeza silbando distraidamente cuando se habla de moral. Los contrarios a lo que llaman “relativismo” señalan con el dedo: el relativismo conduce al nihilismo. Pero ahora resulta que el nihilismo realmente existente no surge de los repliegues de la postmodernidad sino de un nuevo proyecto de abolición de la civilización que ahora toma ropajes religiosos, como 80 años antes vistió camisas pardas. Y ese nuevo nihilismo que celebra el asesinato aleatorio del mismo modo que otro nihilismo local olvidado celebraba “la propaganda por el hecho” se presenta no como un desencanto desganado sino en tanto que agresión políticomilitar. Hay que remontarse al terrorismo neofascista italiano con sus matanzas de Piazza Fontana y del Espresso del Sole para tomar las medidas al asunto, y ello sin olvidar el asunto de Hipercor, que puso a sus autores y condonadores a la altura de Stefano Delle Chiaie en lugar de la de Nelson Mandela.

Como las izquierdas occidentales han descarrilado del pensamiento que permite analizar la realidad correcta en la dimensión social e histórica correctas creen que el nuevo nihilismo es una forma de lucha propia de los desheredados de la Tierra, una rebelión rechazable pero comprensible según el agravio sufrido a manos del colonialismo y el imperialismo. Es sorprendente que crean que esta corriente anticivilizatoria tiene algo que ver con el panarabismo socialista que décadas antes defendimos con justicia. Si la socialdemocracia ha visto como su capacidad de cambio social se diluía con el detergente de la cultura de la corrección política, también podemos llegar a ver que la fuerza transformadora de las fuerzas a su izquierda se desmigaje en medio del vitriolo de una prolongación de la mentalidad de guerra fría y de concepción del mundo en bloques. El resultado para ambas alas de la izquierda europea es el mismo: ciegos guiando a otros ciegos.

La combinación de ética academicista, corrección política y mentalidad de bloque — más el oportunismo del tacticismo político más rastrero — convierten a los países democráticos en sociedades inermes ante la agresión anticivilizatoria y ante algo peor: el desarme moral de todo un continente. Por esa brecha se cuela la extrema derecha lepeniana y brexista y no por otro lugar. Que aquellos que extrañamente admiran o disculpan las digamos peculiaridades de la Rusia putinista recuerden el modo como enfrentó las incursiones del terrorismo checheno en suelo moscovita: represión a sangre y fuego y prisión.

Suena a carca pero también a algo tremendamente realista: la moral, lo que está bien y lo que está mal, lo que debe hacerse y lo que no está permitido hacer, aquello sobre lo que reflexionaron Albert Camus y Arthur Koestler, Jean Jaurès y Jean Moulin, el comandante Tagüeña y José Díaz. Porque la moral no tiene que ver con la religión sino con el infierno: el infierno en la Tierra representado por un niño que estalla en una reunión familiar y mata a otros niños. Búsquenme una consideración ética o política con lo que relativizar eso… si se atreven.