Una guerra ideológica que los demócratas europeos no quieren ver

El autodenominado Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) no sólo ataca seres humanos en acto tanto de terrorismo como de guerra (el primero, para desmoralizar a su enemigo; el segundo, para ejecutar su plan de conquista). ISIS ataca también símbolos como parte de un plan determinado, con la intención de dejar claro su mensaje , como lo hacía cuando degollaba rehenes europeos ante las cámaras de vídeo. La lástima es que nosotros, el objetivo de su ataque, nos negamos a darnos por aludidos, a comprender su mensaje y la naturaleza de éste. Les consideramos bárbaros primitivos, cosa que dejaríamos de hacer si viésemos y analizásemos su revista Dabiq y otras publicaciones y materiales de propaganda: igualan si no superan la maquinaria de propaganda del nazismo alemán de los 30.

El ataque con camión a una multitud en Niza sucedió durante las fiestas del 14 de julio, conmemoración de la República Francesa y fiesta nacional, pero asimismo celebración de su lema y valores de Libertad, Igualdad y Fraternidad: ataque en el corazón simbólico de la democracia representativa y la sociedad abierta, un modelo al que liquidar del mismo modo que el nazismo trató de hacer antes. La elección fue deliberada, no sucedió cualquier otro día ni con motivo de cualquier otra celebración. El reciente ataque contra las personas congregadas en un mercadillo navideño de Berlín tampoco era resultado de un terrorista loco que pasara por allí o fuera en busca de cualquier aglomeración; fue el asalto a la idea central del cristianismo representada por la Navidad, y además, perpetrado junto a una de las iglesias más antiguas y representativas de la capital alemana.

Combate contra la democracia, la república laica e inclusiva, la sociedad de las libertades; combate contra el cristianismo y su cultura que encerraba el germen de la sociedad plural y que constituye un fundamento ético ejemplar. Combate contra los valores y sustentos que nos permiten ser quienes somos. Pero los demócratas laicos de izquierdas no entienden lo que se niegan a entender. Soñaron, como John Lennon, con un mundo sin religión pensando que esa sería una sociedad más libre, culta, ilustrada y librepensadora, y lo que hemos obtenido en cambio es que la ética de pensar en el otro y reconocerlo como hermano — por precaria y limitada que pudiera ser — ha sido sustituida por un individualismo que oscila entre el culto al consumo y el nihilismo descarnado. En el fondo, de manera cínica y secreta, muchas personas piensan que de todos modos, si desde dentro tratamos de hacer desaparecer el cristianismo y cualquiera de sus vestigios, los nuevos bárbaros no hacen más que completar el trabajo que otros iniciaron. Así de crudo. Mucho sobre lo que reflexionar, también con crudeza.

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