Mi otra yo

Mi otra yo vive en un departamento angosto, en una ciudad de Japón, un pueblo desde donde se puede ver el monte Fuji o el mar. La casa tiene pocos muebles; todo está siempre lustroso e impecable.

Mi otra yo toma el té en una mesa baja, de madera noble, sentada sobre un pequeño almohadón. Las cortinas son de papel de arroz: dejan entrar la luz amable del día y el resplandor leve de la madrugada. Las sábanas son delicadísimas y huelen rico, a apresto y a infancia.

Mi otra yo no es pequeña ni alta, es saludablemente delgada; tiene los huesos finos y la piel blanca, casi transparente; pero no da miedo. La nariz y los pómulos están cubiertos por pecas que arrastra de la niñez. El pelo de mi otra yo es soñado, profundo y negro como una cueva. Sus pies son chicos y suelen estar fríos, por eso usa pantuflas de lana de alpaca para ir y venir por la casa. Nunca va en tacos.

Mi otra yo vive con una gata tricolor, de orejas cortas y dobladas, y un perrito mediano con dientes de zorro. Pasa los días leyendo y escribiendo sus cuentos largos; a veces, rezando. Cuida su jardín de orquídeas y suculentas, siguiendo el linaje maternal. En la calle, cuando lleva al perrito de paseo, saluda con una reverencia. Mi otra yo habla muy poco y a menudo se olvida de que tiene una voz. Entonces se pone a cantar y suena como un arroyo en medio del bosque.

Mi otra yo no se apena por no tener hijos ni marido. Tiene treinta y seis años pero podrían ser noventa, y estaría igual de feliz y saludable. Viste prendas de buena calidad: vestidos de tafetán, bermudas de lino, remeras de algodón peruano, camisas de hilo. Se perfuma con aceite de flor de loto, y aromatiza la habitación y el baño colocando velitas de vainilla en los rincones.

Mi otra yo habla el japonés a la perfección. Pero aprende francés mirando películas de la nouvelle vague o leyendo poemas de Arthur Rimbaud. Mi otra yo se apasiona con la vida de Rimbaud en París y en Etiopía, con la historia del amante que le dispara en la mano, y se entristece con la juventud perdida por el cáncer de huesos. Mi otra yo le tiene terror a los médicos.

Mi otra yo escucha música clásica, pero con moderación; no quiere que los vecinos la consideren snob. Cuando llueve, enciende la radio. Tiene poco equilibrio y le cuesta coordinar los pies si tiene que ponerse a bailar.

Mi otra yo come despacito y liviano, nunca repite el plato; tampoco toma vino ni gaseosa. Muchísimo menos pan. Mantenerse delgada es otra de sus misiones. Mi otra yo no tiene que ir a la oficina; sale temprano en su bicicleta para hacer las compras o pasar el rato. El viento le sienta hermoso en la cara. No tiene amigos ni amantes, mi otra yo. Jamás usa el teléfono. Cierta vez, hace años, invitó a cenar a un extraño.

Mi otra yo no le teme a los terremotos ni a las tormentas. Mira fotos viejas, familiares, y de vez en cuando se estremece. Usa anteojos con marco de carey como la hebilla con la que se recoge el pelo. Ahora está decidida a aprender a tejer al croché o la técnica del bonsai. Alguien en el barrio seguro le va a enseñar. Mi otra yo le cae bien a la gente; es suave y educada. No se entromete en la vida de los demás, y pregunta lo justo y necesario.

Mi otra yo no lleva la cuenta de los libros que lee o del dinero que lleva gastado. Los billetes se multiplican como hormigas en la cuenta del banco. Los días se deslizan gentilmente en el tiempo. Los recuerdos se borran como la orilla bajo la gran ola de Hokusai.

Mi otra yo va a ser, algún día, tal vez, una buena escritora. No escribe en la computadora: se niega a encenderla. Para escribir, mi otra yo usa un viejo cuaderno de tela, con motivo floral y papel cuadriculado.

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