Mi vida a través de David Lynch

A los 9 años veía Twin Peaks a fogonazos, en el living comedor de la casa de mi infancia. En mi recuerdo el hogar está encendido; el televisor brilla a lo lejos. La cortina musical de Badalamenti es el indicio de que algo nuevo, algo inquietante, se está por desplegar ante mis ojos. No podría explicar cómo ni por qué, pero sé que algo me ha sido revelado.

Para ese entonces ya había visto escenas de El Hombre Elefante. La historia me volvía loca de un modo extraño e inesperado; siempre me sucede lo mismo con estas formas del horror: una picazón intensa bajo la piel y la ansiedad que late como un bicho en la boca del estómago. Creo que mi mamá y mi abuela miraban la película en la penumbra del living comedor, una noche de fin de semana. O quizás se trate de la clase de engaño que ocurre cuando la memoria y la esperanza chocan.

En séptimo grado alquilé Fire Walk With Me para ver con una amiga, la primera vez que me quedaba a dormir en su casa. Ella no pudo terminarla: le pareció algo obsceno, imposible de soportar. Yo me quedé toda la noche desvelada, la cabeza llena de imágenes perturbadoras, que no dejaban de intrigarme. Una sensación inédita que no lograba descifrar del todo: eran el sexo y lo fantasmagórico entrelazándose. Pero también había algo más.

A mis 19 tuve pesadillas con blanquito, el personaje encarnado por Robert Blake en Lost Highway. Ese hombre misterioso, vestido de negro; su rostro de un blanco cegador. Años más tarde me emborracharía con las curvas que hace un auto para llegar a Mulholland Drive, hipnotizada con las uñas rojísimas de Laura Harring y la cadencia de esos diálogos oníricos, erráticos, entre dos mujeres hermosas. Luego llegarían las tres horas de Inland Empire, un día de semana, al regreso de la facultad, que vi sin darle pausa al DVD, y me dejó un sabor áspero, una confusión absoluta: el sinsentido rebotándome de un lado a otro en la cabeza. Pero mucho antes había sido A Straight Story, que lloramos en familia. Atravesamos, junto a Alvin Straight, cientos de kilómetros en una John Deere para reencontrarnos, tal vez, con nada más que nosotros mismos.

Hace un par de años vi, completa, Blue Velvet, acaso mi favorita de David Lynch: «She wore blue/ velvet/ bluer than velvet was the night». Y recordé que Frank Booth es el personaje más retorcido que jamás haya visto en cine; que Isabella Rossellini es una bomba atómica sobre el escenario y arrojada al piso de una habitación de dos por dos: un cuarto oscuro y depresivo, lleno de faltas y soledades. También volví a ver Twin Peaks. Y barrí de un plumazo todas las series que nacieron después: pobrecitas, tan desafiadas por ese padre enorme, omnipresente. Ese dios-demonio que no deja de aparecérsenos en sueños. Como una obsesión y un enigma.

Comprendí, entonces, que efectivamente algo se me había revelado, solapadamente, 25 años atrás. Y que yo tan sólo había seguido el hilo, ese hilo finísimo, como una detective insaciable y curiosa. Una detective que espera que el misterio termine, algún día, tal vez, de develarse por completo.

(“Life is very confusing, and so films should be allowed to be, too”. 
David Lynch)

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