La La Land : El triunfo de la pasión

Los créditos caen y recojo mi abrigo, comienzo a bajar las escaleras del cine mientras hablo sobre aquello que acabo de presenciar, pero a pesar de tener una conversación en mis labios, dentro de mi cabeza no puedo parar de repetirlo, ese ritmo se ha grabado en mi subconsciente, me sorprendo tarareando alguna de sus canciones y sonriendo recordando aquellos momentos. Chazelle lo ha vuelto a hacer, esa joven promesa tras la agobiante y soberbia batería que resuena con gotas de sangre y sudor lo ha conseguido de nuevo.

La La Land es una pequeña joya audiovisual que trae de nuevo a escena el antaño popular género musical que a base de acción y grandes desvaríos de espectacularidad se ha perdido en la escena Hollywoodiense y que vuelve a la palestra a golpe de ingenio y pasión de un director que ya con Whiplash demostró su maestría tras las cámaras y cuya mente esconde una obsesión por la música que nos deja degustar en obras como esta “Ciudad De Las Estrellas” en la que Chazelle no deja un segundo de respiro por su ejemplar gusto musical, su magnífica dirección y una fotografía que destila personalidad a cada fotograma y cuyo único ejemplo comparable a nivel de ritmo e identidad que recuerdo es la también soberbia Mad Max Fury Road.

Estamos ante una relación romántica que no se sale del cliché hasta sus últimos compases y que, a pesar de que recorre el camino que el espectador espera desde el primer segundo que ambos aparecen en pantalla y que se fundamenta en el idealismo más ilusoriamente hermoso , destila sinceridad y emoción gracias a la magnífica dupla de un Ryan Gosling que nos deja entrever su paso por el registro cómico en “The Nice Guys” pero que fabrica una gran ecuación entre el ideal masculino que le ha tocado encarnar en cantidad de ocasiones y ese hombre tímido y apasionado por el arte que trata de vivir su sueño y mantener la esperanza en un futuro mejor a pesar de los golpes con el que un servidor conecta de forma especial, y la fabulosa, como de costumbre, Emma Stone que se perfila de nuevo como una de las grandes actrices que tenemos en escena y ante cuyo personaje me es imposible no caer rendido.

Pero ante todo está el manejo tan soberbio que Chazelle hace de la cámara y de los recursos de los que dispone, el manejo de la iluminación, el color, el ritmo que impregna cada plano, la siempre contagiosa música y un guión que se mueve con soltura a cada segundo hace de esta una obra para soñadores, un relato hermoso e idealista que choca con la realidad más cruda y que ante todo transmite pasión, pasión por el cine y la música, por las historias románticas y los sueños, por creer en la superación de las dificultades y que ha conseguido que salga del cine con ganas de bailar, cantar, reir y llorar; Chazelle es en sí mismo ritmo, audacia y auténtica pasión, y es que cuando el arte transmite emociones como La La Land ha hecho conmigo lo único que puedo hacer es aplaudir y pedir un vis, porque esto es cine, puro cine desde el primero de sus compases hasta el último roce con las teclas del piano, una montaña rusa cuyo fabricante se ha ganado mi respeto y admiración. Recordad a Damien Chazelle, es uno de los grandes.

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