Seminare

Y ese sábado a la madrugada me di cuenta que ya no había retorno, que estaba ciego y desquiciadamente enamorado. Que la ambivalencia del llanto y de la sonrisa me había dominado, que mi humor dependía del de ella y mi vida misma giraba a su alrededor.

Me quedé solo escribiendo esto, que nunca lo va a leer nadie, que nadie lo va a entender, ni siquiera lo entiendo yo. Solo, de nuevo, escuchando Seminare, con eso de “si pudieras olvidar tu mente” y toda la cosa.

No estoy releyendo esto porque a nadie le importa. No se si está bien redactado, si tiene sentido. Porque nadie lo va a leer. Qué pedazo de canción Seminare. La puta madre no puedo tener otra cosa en la cabeza. La puta que lo parió, qué ganas de pegarle una piña a la pared.

No me sale una puta lágrima del ojo encima, estoy con una mano en la cabeza, duro, escribiendo esto. Y no se qué más carajo hacer. Me dijo que no tenía que hacer nada. Pero la cabeza me acelera más rápido que las motos de Seminare.

No tenía ganas ni de pasar la página para seguir escribiendo, pero si no me desahogo aunque sea con un lápiz y papel siento que voy a eclosionar. Sigo escuchando Seminare a todo esto. En la misma posición, con la mano izquierda en la cabeza y la derecha en el lápiz y en el celular. Cada tanto me agarro el pelo y suspiro fuerte y pesado.

No hay fuerzas alrededor, no hay pociones para el amor.

La amo, la puta madre. La amo, la amo y la amo. La quiero mucho, muchísimo. Y no puedo creer el mal humor que me genera. Me dan ganas de sacudirle la cabeza a la distancia y hacerle entender. Porque lo sabe, pero no entiende, no entiende nada.

Bueno, ya no tengo ni ganas de escribir, estoy decididamente de mal humor, enojado. Enojado y enamorado. Me voy a seguir escuchando Seminare.

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