Fotografía de Aaron Burden en Unsplash

Las maldiciones de quien escribe

Todo aquél que tenga por pasión escribir debe atenerse inevitablemente a dos maldiciones: la pluma inmóvil y la realidad ficticia.

La maldición de la pluma inmóvil siempre aparece primero. El escritor toma pluma y papel. Se predispone: su mente se lo exige, sus pensamientos son canales abiertos a la subrealidad donde la ficción inspira sus letras. Pero la mano no responde. La pluma no se mueve. El papel se mantiene en blanco y el escritor sufre, quiere escribir, lo desea con toda su alma como si su vida dependiera de ello pero las letras no fluyen. Su cerebro se desconecta y su inspiración se convierte en un blanco y frío muro. Ninguna palabra le parece lo suficientemente inmortal para plasmarla. Entonces se apodera de él la única desolación peor que la del coronel que no tiene quien le escriba: la del escritor que no sabe qué escribir. Pueden pasar horas, días o incluso años en los cuales las hojas seguirán tan blancas como las ideas, mientras la vida del escritor se convierte en un cuadriculado suplicio carente de inspiración.

Pero un escritor nunca muere antes de superar la maldición de la pluma inmóvil. Nunca desistirá de su idea, seguirá tomando pluma y papel diariamente a su hora preferida y forzará a la mente, tarde o temprano, a inspirarse de nuevo. Y entonces, tan rápido como la primera maldición desaparece la segunda se toma la escena: la realidad ficticia. Esta maldición es la consagración del escritor en su labor. Cuando llega, quien escribe deja de ser consciente de su realidad. Vive en un mundo intermedio entre la vida y su obra sin saber cual es la verdadera. Sus letras se hacen más fuertes, más pesadas, más sinceras, pues las siente sobre su piel. La incertidumbre de no distinguir sus letras de sus acciones se convierte en la certeza de que todo aquello que escriba será real para él. En ese momento aparece en sus ojos la codicia. Sueña con escribir que gana el premio Nobel, que la vida se hace perfecta, que sus sueños mas profundos se cumplen y sus mayores decepciones desaparecen. Pero es solo una ilusión, la mente de un escritor no funciona así. Sabe que no existe una historia perfecta sin drama, y decide afrontarlo, escribirlo y enfrentarlo estoicamente para que su obra tenga sentido. Es consciente de que su alma se está quedando en sus letras pero no le importa; se convierte en el protagonista de sus propias historias.

¿Por qué he decidido contar esto? Bueno, todo aquél que haya intentado escribir regularmente en su vida conoce estas maldiciones, pero pocos se atreven a confesarlo. Yo acabo de superar la transición. Pasé mas de 6 meses intentando escribir, buscando las letras que hicieran justicia a mis ideas. Cada noche apagaba la mayoría de luces, corría las cortinas y en mi escritorio, bajo la muy tenue luz de una pequeña lámpara, me plantaba frente a un montón de hojas en blanco; cada noche seguían estando en blanco. Después de tanto tiempo llevando mi mente al límite de la subrealidad para encontrar las palabras apropiadas, por fin lo logré. Hace veintitrés días empecé a escribir de nuevo y desde entonces el proceso ha sido vertiginoso. Las hojas han cedido, una tras otras, llenas de letras, tachones y mas letras. Es una novela de suspenso que aún no tiene título. Si todo sale bien, espero que pronto puedan leerla. No profundizaré mucho en detalles pues aún está inconclusa, pero a modo de resumen general puedo contar que trata de la vida de un escritor solitario y callado que se enfrenta a una terrible maldición y cuando cree superarla, aparece una aún peor. Él, sabiendo que su tiempo se agota, escribe incansablemente cada noche en una oscuridad casi absoluta, iluminado solo por su pequeña lámpara. A medida que escribe, sabe que un peligro inminente lo acecha. Lo sabe porque el mismo lo está escribiendo. Siente como de la oscuridad surgen formas en movimiento, que luego cobran vida, manteniéndose a su alrededor pero sin interrumpirlo, porque aún no ha llegado el momento. Estas formas casi humanas se muestran cada vez mas amenazantes y hacen que su escrito se haga mas sufrido, mas intenso. Las hojas empiezan a agotarse y es momento de darle a la obra un desenlace. Las figuras se sienten triunfantes, como si estuvieran a punto de absorber el alma del escritor. El sabe cual es su futuro pero no se decide a escribirlo; lo pospone para alargar su agonía, dejando a un lado su gran obra y escribiendo mientras tanto pequeñas historias alternas, como por ejemplo una titulada “las maldiciones de quien escribe”.